Vamos a ver si lo entiendo. Se supone que uno vota el día de las elecciones basándose en todo aquello que los candidatos han ido diciendo a lo largo de la casi siempre descerebrada campaña electoral. Y si bien, en los tiempos que corren, ya estamos muy lejos de votar a aquel que más nos ha convencido con sus propuestas (es un decir), argumentaciones (esto sí que es un decir) y puesta en escena (¡ufff!), al menos sí que todavía tenemos la oportunidad de prestar nuestro voto (que no de entregarlo, pues la confianza en ellos la podemos perder al día siguiente de haberlos votado, sin esperar a unas nuevas elecciones, algo que ni entienden ni quieren entender: que deben gobernar para quienes los votaron, para quienes los votaron pero ya no confían en ellos, para quienes no los votaron y para quienes verlos en el puesto en que se hallan supone la mayor tortura que habrían podido imaginar) a quien menos ha hecho sangrar nuestros ojos y oídos. Incluso disponemos de un día de reflexión para recapacitar sobre todo lo que han dicho durante todos los anteriores los candidatos y extraer aquello que nos gusta de cada uno y separarlo de lo que no nos gusta y colocarlo sobre nuestra balanza personal para observar cuál de todos ellos (hablo como si en nuestro caso fueran muchos ¿verdad?) inclina más el fiel hacia lo que en rigor sería el gobierno perfecto para cada uno de nosotros. Esto último, además, sin la distorsión constante de sus voces en todo momento, para permitirnos así la crítica personal y el razonamiento, que deberían ser la esencia de toda democracia (y dado que por estos lares ya nadie razona y todos confunden crítica con insulto, la democracia está herida de muerte).
Lo dicho en el párrafo de arriba sería el estado ideal de las cosas, y ya sabemos que el hombre pocas veces alcanza la cumbre de sus ideales, es más proclive a abandonarlos en el camino de su construcción en favor de una suerte de corrupción que después sí que defenderá a capa y espada como el objetivo último ya conseguido. Mucho distamos hoy en día de esa situación, y los que más la defienden como verdadera suelen ser los que más se alejan de ella. Pero si la damos por cierta, si asumimos que el voto de cada ciudadano nace de la reflexión sobre los discursos de los políticos, entonces deberíamos asumir también que, para el correcto funcionamiento del estado, esas palabras pronunciadas en tantas declaraciones, tantas entrevistas, tantos debates (otro decir) y tantas reuniones de los dirigentes de los partidos con sus acólitos (mítines, los llaman), deberían ser poco menos que la palabra de Dios: algo inamovible una vez pronunciado y que debe cumplirse sin excusas. Porque de lo contrario estaríamos (estamos) votando engañados. El ciudadano no podría decir voto a este candidato porque va a hacer esto y esto me gusta, dado que tras el recuento (¿cuántas veces se cuentan?) de las papeletas todo eso quedaría en humo. Si en las relaciones personales la palabra dada debe mantenerse porque afecta a algo tan anticuado como nuestro honor, en política eso debería ser una condición sine qua non para poder ejercer la posterior responsabilidad de gobernar todo un país. Porque, entre otras cosas, se trata de eso, de una responsabilidad que se carga sobre las espaldas del vencedor electoral, y no un derecho como tantos (todos) parecen creer, ni un cargo empresarial adquirido por méritos propios, pues casi nunca son propios los méritos que conducen hasta él. Y si aceptamos todo lo anterior, y en buena lógica creo yo que habría que aceptarlo, un candidato que miente para conseguir el poder debería ser deslegitimado en cuanto se demuestre su mentira, y un gobierno que ha alcanzado el máximo peldaño del poder político en un país debería ser revocado si incumple todo aquello que había prometido, pues es por aquello por lo que lo habían votado y al incumplirlo ha hecho algo que incluso debería ser contemplado en el código penal, aunque sólo fuera para salvarnos a los ciudadanos de a pie de estos estafadores a nivel nacional, pues al obrar así ha perdido instantaneamente el apoyo de todos aquellos cuantos lo votaron.
Dicho esto, pasemos a la realidad. ¿Quién legitima al actual gobierno de España? ¿Las urnas? Lo dudo mucho, pues Rajoy y su séquito ya han demostrado sobradamente que consiguieron dicho gobierno mintiendo. Y dado que fueron votados por algo que queda claro que no tenían ninguna intención de cumplir (cuando se hace imediatamente lo contrario de lo que se dijo es porque nunca se tuvo intenciones de hacer lo prometido) ¿con qué derecho democrático continúan ostentando el poder? Hemos de aceptar que el mayor logro de la democracia consiste en que nadie puede obtener el poder por medios violentos, y del mismo modo nadie puede perderlo por esos mismo medios. Pero para que tal condición se dé, deberíamos acatar una serie de reglas ya expuestas. Si quien está en el poder, el Partido Popular en este caso, ha decidido incumplir todos esos supuestos, mentirnos para alcanzar su meta personal de poder (es personal, puesto que si fuera colectiva no nos habría mentido), actuar, en suma, de manera más bien poco democrática, ¿cómo pueden luego censurar que se produzcan protestas violentas contra ellos? Aceptamos también el hecho de que quien quiera una democracia debe rechazar el uso de la violencia, aceptamos que en una democracia el uso de la violencia debe ser de uso exclusivo de la policía, aceptamos que las reacciones desmesuradas no tienen cabida dentro de una democracia. Pero, cuando los gobernantes incumplen todo lo tocante a ellos ¿seguimos estando de verdad en una democracia? ¿No nos autorizan, ellos que deberían predicar con el ejemplo, a saltarnos las normas nosotros también (y no es que eso nos dé derecho a todo, sino que, como representantes que son de esos valores, deberían ser inmediata y severamente castigados)?¿No debería estar la policía, por otro lado, de parte del los manifestantes, y no de parte de quienes han traicionado el proceso democrático, pues es la democracia y no a los políticos lo que deben defender? ¿Hasta que punto es legítimo este gobierno actual, salido de la urnas, sí, pero dudosamente democrático?












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