Gobiernos ilegítimos

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Vamos a ver si lo entiendo. Se supone que uno vota el día de las elecciones basándose en todo aquello que los candidatos han ido diciendo a lo largo de la casi siempre descerebrada campaña electoral. Y si bien, en los tiempos que corren, ya estamos muy lejos de votar a aquel que más nos ha convencido con sus propuestas (es un decir), argumentaciones (esto sí que es un decir) y puesta en escena (¡ufff!), al menos sí que todavía tenemos la oportunidad de prestar nuestro voto (que no de entregarlo, pues la confianza en ellos la podemos perder al día siguiente de haberlos votado, sin esperar a unas nuevas elecciones, algo que ni entienden ni quieren entender: que deben gobernar para quienes los votaron, para quienes los votaron pero ya no confían en ellos, para quienes no los votaron y para quienes verlos en el puesto en que se hallan supone la mayor tortura que habrían podido imaginar) a quien menos ha hecho sangrar nuestros ojos y oídos. Incluso disponemos de un día de reflexión para recapacitar sobre todo lo que han dicho durante todos los anteriores los candidatos y extraer aquello que nos gusta de cada uno y separarlo de lo que no nos gusta y colocarlo sobre nuestra balanza personal para observar cuál de todos ellos (hablo como si en nuestro caso fueran muchos ¿verdad?) inclina más el fiel hacia lo que en rigor sería el gobierno perfecto para cada uno de nosotros. Esto último, además, sin la distorsión constante de sus voces en todo momento, para permitirnos así la crítica personal y el razonamiento, que deberían ser la esencia de toda democracia (y dado que por estos lares ya nadie razona y todos confunden crítica con insulto, la democracia está herida de muerte).

Lo dicho en el párrafo de arriba sería el estado ideal de las cosas, y ya sabemos que el hombre pocas veces alcanza la cumbre de sus ideales, es más proclive a abandonarlos en el camino de su construcción en favor de una suerte de corrupción que después sí que defenderá a capa y espada como el objetivo último ya conseguido. Mucho distamos hoy en día de esa situación, y los que más la defienden como verdadera suelen ser los que más se alejan de ella. Pero si la damos por cierta, si asumimos que el voto de cada ciudadano nace de la reflexión sobre los discursos de los políticos, entonces deberíamos asumir también que, para el correcto funcionamiento del estado, esas palabras pronunciadas en tantas declaraciones, tantas entrevistas, tantos debates (otro decir) y tantas reuniones de los dirigentes de los partidos con sus acólitos (mítines, los llaman), deberían ser poco menos que la palabra de Dios: algo inamovible una vez pronunciado y que debe cumplirse sin excusas. Porque de lo contrario estaríamos (estamos) votando engañados. El ciudadano no podría decir voto a este candidato porque va a hacer esto y esto me gusta, dado que tras el recuento (¿cuántas veces se cuentan?) de las papeletas todo eso quedaría en humo. Si en las relaciones personales la palabra dada debe mantenerse porque afecta a algo tan anticuado como nuestro honor, en política eso debería ser una condición sine qua non para poder ejercer la posterior responsabilidad de gobernar todo un país. Porque, entre otras cosas, se trata de eso, de una responsabilidad que se carga sobre las espaldas del vencedor electoral, y no un derecho como tantos (todos) parecen creer, ni un cargo empresarial adquirido por méritos propios, pues casi nunca son propios los méritos que conducen hasta él. Y si aceptamos todo lo anterior, y en buena lógica creo yo que habría que aceptarlo, un candidato que miente para conseguir el poder debería ser deslegitimado en cuanto se demuestre su mentira, y un gobierno que ha alcanzado el máximo peldaño del poder político en un país debería ser revocado si incumple todo aquello que había prometido, pues es por aquello por lo que lo habían votado y al incumplirlo ha hecho algo que incluso debería ser contemplado en el código penal, aunque sólo fuera para salvarnos a los ciudadanos de a pie de estos estafadores a nivel nacional, pues al obrar así ha perdido instantaneamente el apoyo de todos aquellos cuantos lo votaron.

Dicho esto, pasemos a la realidad. ¿Quién legitima al actual gobierno de España? ¿Las urnas? Lo dudo mucho, pues Rajoy y su séquito ya han demostrado sobradamente que consiguieron dicho gobierno mintiendo. Y dado que fueron votados por algo que queda claro que no tenían ninguna intención de cumplir (cuando se hace imediatamente lo contrario de lo que se dijo es porque nunca se tuvo intenciones de hacer lo prometido) ¿con qué derecho democrático continúan ostentando el poder? Hemos de aceptar que el mayor logro de la democracia consiste en que nadie puede obtener el poder por medios violentos, y del mismo modo nadie puede perderlo por esos mismo medios. Pero para que tal condición se dé, deberíamos acatar una serie de reglas ya expuestas. Si quien está en el poder, el Partido Popular en este caso, ha decidido incumplir todos esos supuestos, mentirnos para alcanzar su meta personal de poder (es personal, puesto que si fuera colectiva no nos habría mentido), actuar, en suma, de manera más bien poco democrática, ¿cómo pueden luego censurar que se produzcan protestas violentas contra ellos? Aceptamos también el hecho de que quien quiera una democracia debe rechazar el uso de la violencia, aceptamos que en una democracia el uso de la violencia debe ser de uso exclusivo de la policía, aceptamos que las reacciones desmesuradas no tienen cabida dentro de una democracia. Pero, cuando los gobernantes incumplen todo lo tocante a ellos ¿seguimos estando de verdad en una democracia? ¿No nos autorizan, ellos que deberían predicar con el ejemplo, a saltarnos las normas nosotros también (y no es que eso nos dé derecho a todo, sino que, como representantes que son de esos valores, deberían ser inmediata y severamente castigados)?¿No debería estar la policía, por otro lado, de parte del los manifestantes, y no de parte de quienes han traicionado el proceso democrático, pues es la democracia y no a los políticos lo que deben defender? ¿Hasta que punto es legítimo este gobierno actual, salido de la urnas, sí, pero dudosamente democrático?

Letras

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Alguien dijo “habrá que demoler”

No sé cómo no lo vi llegar

Era el día de la gran broma final

NACHO VEGAS, La gran broma final

Citas

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Vuelvo al tema de las metáforas: esconden la inseguridad del conocimiento. Cuando el conocimiento es certero recurre a las palabras que lo expresan más directamente.

MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN, Galíndez

Crónicas asiáticas (8) Inspeccionando

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El mundo cambia a gran velocidad, eso dicen, y ahora compruebo que es cierto, al menos en lo que respecta al mío. Aunque en realidad no es tanto el cambio, pues lo que observé me dejó un sabor agridulce (me pregunto qué sentido tendrá la frase que acabo de escribir en este país en el que tento abunda el “cùtáng” en las comidas).

El caso es que si el otro día expliqué que había visto la imposible imagen de un policía poniendo una multa, en este caso he asistido a la aún más inverosímil escena de un tipo realizando ¡una inspección de sanidad! Y veo que, al igual que lo hice en la anterior ocasión, tendré que ponerlos en antecedentes para que puedan comprenderlo. Aquí los restaurantes acostumbran muchas veces a ser cuartuchos en los que con suerte hay un aire acondicionado tipo “here lies Walt Disney” (esto es, un pie de unos dos metros de altura con una rejilla en su parte superior) y que acumula, sin que nadie lo limpie, la grasa de las últimas cinco mil comidas que han pasado por ahí, mesas más pegajosas de lo que nos gustaría, sin salidas de emergencia y con cocinas y baños que mejor no visitar si pretendemos comer ese día (aunque esto último se extiende también a muchas casas particulares). Los mercados son lugares en los que la carne se expone sin refrigeración de ningún tipo mientras el carnicero le espanta las moscas con la mano y otro tanto el pescado, que de vez en cuando sí que recibe un manguerazo para “mantenerlo fresco”, mientras que los puestos de frutas y verduras van arrojando sin piedad al suelo todo aquello que se va poniendo malo, creando unos charcos en los pasillos que a veces llegan a ser nauseabundos y con los uqe cohabitan vendedores, compradores y el resto de la mercancía. Eso cuando no se aprovecha cualquier puente de los muchos que hay en Pekín para extender bajo él, en el suelo, las hortalizas, y vendérselas a los viandantes o a los coches y bicicletas que paran en la calzada, a la altura del improvisado puesto, para comprar esos productos macerados por el humo de los tubos de escape que se acumulan en el interior del túnel.

Así que ya me contarán dónde, en medio de todo esto, cuadra una inspección de sanidad. Pero la inspección fue en una cafetería de Beijing nanzhan, y éstas al menos sí que guardan las formas.

La cosa es que entraron al local varios trabajadores de la estación uniformados y, tras ellos, un tipo con una libreta en la mano que se quedó mirando dos aparatos portátiles de aire acondicionado que había en la entrada: no, esta vez no era tipo Walt Disney, se trataba de unos aparatos sin instalación que en España no habrían pasado ninguna inspección pero que estaban limpios y cumplían con su cometido, así que perfecto. Pero entonces fue cuando el inspector señaló un tubo (un poco feo, pero nada más) que pasaba sobre mi cabeza y que era el encargado de hacer que los cables de la luz subieran hasta unas lámparas que colgaban del techo. Aquello tenían que arreglarlo, que daba muy mala imagen. Yo no salía de mi asombro. ¿Han leído lo que he escrito antes sobre las condiciones higiénicas de algunos lugares? ¿Y aquí les molestaba que un tubo fuera feo? Luego se marchó sin más.

Pero ya dije antes que en la China no hay control. La inspección la recibieron porque estaban en la más moderna estación de tren de Pekín y quieren dar imagen con ella, y porque era una cafetería perteneciente a una cadena. Porque si lo que quieren es sanidad que se pasen un día por mi anterior barrio (lo tienen bien cerca) donde encontrarán puestos de comida en la calle a todas horas, algunos de los cuales la esconden debajo de los coches aparcados, restaurantes que cocinan en la calle porque no tienen cocina, montañas de desperdicios de la gente que come, salas de juego (¡¡¡3!!!) en un país en el que el juego es ilegal, aceite negro de tantísimas veces como ha sido reutilizado, chatarreros rebuscando en las basuras y dejándolo todo después como un estercolero… Y todo esto ¡alrededor de una comisaría! Y todos ellos sin licencia de ningún tipo pero, claro, nadie tiene ganas de controlarlo.

Crónicas asiáticas (7) La bicicleta de Pekín

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Hoy mis ojos se han detenido sobre algo que de tan improbable en este extraño país rallaba en lo imposible: un policía multaba a una de esas bicicletas con motor eléctrico que tanto (tantísimo) abundan por aquí. Lo extraño del caso no radica en que se multe a una bicicleta, sino en la multa en sí misma. Estaba ya convencido de que el sistema chino no recurría a esta antipática pero necesaria fórmula para poner orden en el imposible tráfico del país.

Por la posición en que la bici estaba detenida, juraría que la infracción cometida había sido circular en sentido contrario por la carretera. Tras leer esto, ustedes estarán pensando que sí, que a una bici que va por ahí cruzándose entre coches que van directos hacia ella es lógico que la multen, pero si en realidad opinan eso es porque todavía no pisaron esta tierra. Aquí las bicis circulan por los muy amplios carriles bici, por la calzada, por las aceras, en un sentido o en el otro, sorteándose unas a otras, haciendo complicadísimos zigzags entre los coches, sin parar jamás ante un semáforo esté del color que esté, no digamos ya ante un peatón, con una, dos o tres personas sobre ellas, con cargas con las que dudaría en martirizar a un coche familiar, con bultos bajo el brazo o cruzados sobre las piernas sin importar su longitud, lo que hace que algunas ocupen el mismo ancho de carretera que ocuparía un autobús (he visto alguna transportar una puerta en estas condiciones). Pero nunca había visto que se multara a ninguna por estas actuaciones, y esto me ha sorprendido agradablemente, porque si existe un país que necesita un buen reparto de multas para escarmentar a los conductores, sin lugar a dudas es este.

Aunque mi alegría no ha durado demasiado, pues enseguida me he fijado en la expresión del multado y me he dado cuenta de que la multa en cuestión era un simple desperdicio de papel, pues su importe jamás iba a ser abonado. El policía rellenaba su libretita con esmero mientras el otro sujeto, al que le calculaba unos veinte años, lo miraba con una media sonrisa en la que el primero no se fijaba o no parecía fijarse o quizá sólo simulaba no hacerlo, sabedor él, mejor que yo, de lo que suele ocurrir en estos casos, en la que se reflejaba, mejor que en una oración perfectamente construida, su escasa, o más bien nula, intención de pagar.

¿Qué se puede hacer, pues, para imponer el orden en un país cuya población sólo entiende el lenguaje del dinero, pero tan dada a la estafa y el pillaje que cualquier actuación en ese sentido resulta inútil? La respuesta es tan evidente como desagradable: todo pasa por el control de la población. Pero no nos engañemos: tal control no existe en la China como algunos medios pretenden. Es más, la población española o de cualquier país europeo está más controlada que la china, pero eso mejor lo dejo para otro momento, porque he visto poner una multa en la China y eso abre un rayo de esperanza con respecto al riesgo que supone en un lugar como éste el solo hecho de cruzar la calle.

Vaga y mentirosa

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Si ustedes son capaces de recordarlo, hace un par de meses un periodista de El País preguntaba a Esperanza Aguirre por qué el metro de Madrid no tenía más opciones de facturación reducida que el bono de transporte de 10 viajes y por qué en la capital no se unificaban los diferentes transportes públicos como ocurre, por ejemplo, en Barcelona con el metro, los autobuses de TMB y los Ferrocarrils de la Generalitat, pudiéndose realizar transbordos entre ellos sin necesidad de pagar por un nuevo billete. La presidenta, como acostumbra a hacer, utilizó la parte que más le interesaba de lo expresado por su interlocutor para irse por los cerros de Úbeda y no responder a la pregunta, pero nos dejó al hacerlo una muestra más de su carácter burlón, despreciativo y mentiroso (sobre todo esto último, pues se me antoja imposible que no tuviera entonces ni idea de lo que iba a hacer apenas dos semanas después). Lo que ella manifestó con orgullo y desvergüenza era que Madrid había mantenido congelado el precio del billete sencillo durante mucho tiempo y que por eso ahora el metro costaba en la capital un euro, mientras que en Barcelona su precio estaba en un euro y treinta y cinco céntimos. No mencionó, por supuesto, el muy superior servicio del metro de la ciudad condal, ni se molestó en responder a la pregunta sobre los distintos billetes de varios viajes que lo hacen más barato que el de Madrid, y por supuesto que no dijo que, mientras que el billete de 10 viajes de Madrid cuesta 9,70 euros, el de Barcelona cuesta 8,45 euros (o costaban).

Lo que pasó dos semanas más tarde fue que el billete de metro de Madrid subió a 1,50, porque “era necesario”, porque “el metro no podía mantenerse con ese precio”. Y digo yo: con esa brutal subida (el 50%, ¿a quién le suben el sueldo un 50%, sobre todo ahora que parece que está de moda bajarlos?) ¿dónde queda esa defensa del pueblo expresada con tanta chulería por la señora Aguirre? (Lo de señora es un decir, pues a mí me enseñaron que las señoras debían aparentar y demostrar serlo).

Después de mentirnos a todos de esta manera y tomarnos por estúpidos, ahora les ha llegado el turno a los profesores de su comunidad. Olvidando que ella no tiene ni una sola hora lectiva a la semana (su vida laboral se limita a despacho y reuniones), ha decidido que este gremio debe tener dos horas lectivas más a la semana y de paso se ha despachado a gusto llamándolos vagos. Ahora todos los periódicos titulan que ha pedido disculpas y esto me preocupa, pues no sé si dichos titulares se deben a la incapacidad de los periodistas para escuchar y redactar o a la de los periódicos para exigir a los políticos lo que deben exigirles.

Lo que la “señora” dijo fue: “Puede que mis declaraciones fueran desafortunadas y por ello pido disculpas”. Pues bien, ni sus declaraciones fueron desafortunadas ni eso es una disculpa. Sus declaraciones fueron mentira y fueron un insulto al profesorado, y si la “señora” es capaz de disculparse por eso, disculpas aceptadas, pero hasta entonces no. Desafortunado es decir “no trabajan lo suficiente” en lugar de “necesitamos que trabajen más en estos tiempos de crisis”. Desafortunado es decir “trabajan poco”, “deberían trabajar más”, “su jornada laboral es insuficiente”… Pero “vago” es un insulto para quien está ahí trabajando a diario, muchas veces sin el reconocimiento ni de padres ni de políticos (en este caso está claro que no tienen el de los políticos, al menos no el de su jefa en Madrid), y es por el insulto por lo que debe disculparse. Porque los políticos son el único colectivo que no tiene derecho a despreciar a los demás nunca, puesto que los demás dependen de su buen hacer y está claro que últimamente no hacen muchas cosas bien. Y esto es evidente, pues si en cualquier sitio se mide la calidad del trabajo de uno por sus resultados y el de los políticos es dirigir y administrar la sociedad, la crisis es la prueba de que nuestros políticos (todos ellos) son unos incapaces por no saber sacarnos de ella y unos vagos por no haber querido prevenirla todos los años anteriores. Inútiles y vagos, por no decir ladrones y mentirosos. Y yo no me retracto.

Crónicas asiáticas (6) Shijiazhuang (1)

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Shijiazhuang es considerada como la ciudad más contaminada de la China, lo que podría equivaler a decir del mundo. Las calles allí no son un lugar agradable, ni tan siquiera aconsejable para pasear. En ocasiones las aceras se vuelven tan estrechas que resultan impracticables, muchas veces con una fila de árboles justo en su centro que lo obligan a uno a caminar como si se encontrara en la fase de mayor afectación de una terrible borrachera, o bien invadidas por los escombros de edificios a sus lados y que parece que jamás vayan a retirarse, las más de las veces con tapas de alcantarillado levantadas o en tan precario equilibrio que resulta del todo desaconsejable poner el pie sobre ellas, o con baldosas levantadas, hundidas o ausentes. Todo eso cuando nuestro camino no lo conforma una especie de sendero horadado en la tierra. A esto, además, hay que añadir el terrible tráfico de la China en general y del pueblo de las casas de piedra en particular. Porque si bien es cierto que en todo el país se conduce se conduce bastante mal, aquí se hace peor que, por ejemplo, en Beijing. Y es que coches, autobuses, taxis, bicis, motos y una larga serie de aparatos que no sé ni cómo llamar, circulan por las calles como un enjambre de abejas, sin chocar entre sí (las más de las veces) pero sin ningún tipo de orden (otro día se lo explico). En muchas ocasiones, por si eso fuera poco, los coches aparcan sobre las aceras, o bicis y motos las utilizan para circular, o éstas se transforman en descomunales aparcamientos para bicicletas.

Así que, como ven, las calles de Shijiazhuang no están pensadas para el esparcimiento de sus ciudadanos. Entonces… los habitantes de esta ciudad… ¿jamás salen a la calle? La cosa no es exactamente así. La ciudad está sembrada de parques a los que sólo las personas a pie tienen acceso. Aunque siempre se plantea el problema de tener que llegar hasta ellos. Y el mayor punto de ocio para los jóvenes parecen ser los centros comerciales, todos en el centro de la ciudad y todos eternamente llenos.

Pero el ocio también se desarrolla en la calle. La gente juega en las aceras, bien en el suelo o bien en pequeñas mesitas que apenas levantan medio metro, sobre todo al majiang y al ajedrez chino, por lo general a la sombra de un árbol que a mi modo de ver protege del calor poco o nada, créanme.

Así que encontramos aquí sólo dos tipos de ocio: gastar dinero en los centros comerciales u ocupar el tiempo sin gastarlo paseando o jugando en las calles o los parques. No esperemos dar aquí con cafetería o bares como estamos acostumbrados, pues los chinos no parecen tener excesivo gusto por beber en compañía, al menos no si esa bebida no está acompañada por una buena comida, lo que provoca una superpoblación de restaurantes por todas partes, que parecen funcionar sin descanso haciendo caso omiso de los horarios de las comidas, siempre con gente sentada en sus mesas; o meros puestos de comida en los que se compra algo y se come mientras se camina por la calle, o en pie o sentado en una acera por lo general llena de polvo, o barro o cosas peores que no merece la pena enumerar.

Pero si buscan un poco sí que podrán encontrar cafeterías, algunas hay, pensadas sobre todo para americanos y europeos. Aunque en ellas no podrán continuar con los precios medianamente bajos de los restaurantes y otros lugares de ocio, pues un café tiene un precio medio de unos 25 yuanes algo que se hace caro también para nuestros bolsillos. Así que aquí los McDonalds y KFC se convierten a su vez en cafeterías, donde puede observarse a los chinos pedir casi cualquier tipo de bebida excepto café.

Shijiazhuang (y toda la China en realidad) parece un lugar pensado para comer, perfecto si se quiere ir de restaurante en restaurante probando todo tipo de platos y mejor aún si se tiene un estómago capaz de resistir el picante en grandes dosis, o para disfrutar de sus parques, pero poco aconsejable si sólo se quiere disfrutas de un café, unas cervezas o bebida en general, o bien recorrerla a pie como buenos turistas.

Citas

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Es lo malo de que se hayan perdido ya todos los códigos, que no sabemos cuándo toca nada ni a qué atenernos, cuándo es pronto y cuándo es tarde y nuestro tiempo ha pasado.

JAVIER MARÍAS, Los enamoramientos

Citas

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Lo que no consigo recordar es el día exacto de la reunión de las Azores, y de aquella foto en la que aparecían Bush, Blair y Aznar. A mí aquello me sugirió esas jerarquías que rigen en las sabanas africanas, donde del búfalo abatido primero come el león, luego la hiena, luego el chacal, y detrás va el buitre, el cuervo, la corneja, el grajo.. Bush era el león, Blair la hiena y Aznar qué sé yo.

LUIS LANDERO, Retrato de un hombre inmaduro

Viaje al Oeste (y 14)

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En uno de los salones del palacio celeste existe una montaña de arroz de 300 metros de altura que un pollo picotea con lentitud, otra de fideos el doble de alta que un perrito pequinés lame con tranquilidad y un enorme candado de oro colocado sobre la débil llama de una vela. Fueron colocados allí, como castigo, cuando cierto monarca ofendió a los dioses, y no volverá a llover en su reino hasta que el pollo acabe con el último grano de arroz, el perro coma el último fideo y la llama funda el candado de oro. Sun Wu-Kung ha aceptado la empresa de llevar la lluvia a esas regiones, pero nada puede hacer contra los designios del Emperador de Jade, así que decide aconsejar al monarca que él y sus súbditos sigan la senda de la virtud para aplacar, así, los ánimos del cielo. Cuando ve tan sincero arrepentimiento, el Emperador de Jade cambia de parecer, y las montañas de arroz y fideos desaparecen y el candado se quiebra, permitiendo así que lleguen las lluvias hasta tan castigado lugar.

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Dos cosas son las que me llaman la atención de esta historia. La primera de ellas, que el concepto de arrepentimiento como medio para la obtención del perdón de los pecados no es tan cristiano como se cree. La segunda y más importante, que la pena por la comisión de un crimen debe estar encaminada a la corrección de las conductas y no al simple castigo, algo que parecemos dispuestos a olvidar hoy en día bastante a menudo.

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Hace tiempo (un año más o menos), con motivo de aquel proyecto de la castración química voluntaria de los delincuentes que hubieran cometido delitos sexuales, llegué a un blog que no mencionaré en el que estaban discutiendo el tema. A mí la idea no me parecía mala, aunque reconozco el problema (sobre todo en este país) de que dicha castración química no fuera del todo voluntaria o de que dicha propuesta pueda ser equiparada a lo de que si robas te cortamos la mano, problemas en los que no voy a entrar ahora, pero lo que allí leí me parecía increíble. Más o menos lo que venían a proponer era que, dado que eran enfermos (aunque la descripción que hacían de ellos era más bien la de viciosos irredentos, me pregunto si ofrecerían la misma solución para lo puteros) que afirmaban no poder controlar sus actos, que los mataran a todos y listo. Y no se trataba de una frase fuera de tono escrita en el cabreo de la discusión, no: era una propuesta “seria y argumentada” que todos los visitantes del blog apoyaban fervorosamente, ni uno solo escribió nada en contra, sino más bien lamentándose porque el gobierno no abriera los ojos de una vez y la llevara a cabo, que buena falta hacía.

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Ante todo esto no sé como me atreví a expresar mi disconformidad con tales ideas por ir en contra de lo establecido en nuestra sociedad (todos se las daban de grandes demócratas), en contra de cualquier pensamiento cristiano (todos eran fervientes defensores de la iglesia y su doctrina) y en contra de lo que en esta historia el Emperador de Jade sabe que es lo correcto (aunque dudo mucho que esa gente conociera el Viaje al Oeste ni la existencia de ningún otro mundo o forma de pensar que no fueran los suyos propios). Ante mis opiniones discordantes con la tónica general de la discusión me acusaron de: desde pobre inocente y blando (los más suaves y paternalistas) hasta estúpido ciego que no sabe cómo funciona el mundo (esto último resultó más común, la verdad). Decidí desaparecer de una discusión salpicada de insultos y de bilis, pero alguien debería haberles dicho que: 1) no eran demócratas, 2) no eran cristianos o al menos no tenían ninguna virtud cristiana y 3) no tenían ningún sentido cívico, humano ni político.

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Hubo, sin embargo, una persona (el bloguer, cosa que me sorprendió agradablemente) que sí argumentó sus ideas con tranquilidad. Lo que me vino a decir (y todos lo suscribían) fue que la cárcel no es reeducativa, sino que sólo es un castigo, y que hay gente que si por su psicología o lo que fuera iba a reincidir, mejor que no saliera de ahí, en otras palabras, perpetua o muerte. Para todos, añadiría yo, puesto que si siempre es un mero castigo y jamás reeduca, todos y cada uno de los que pasan por ahí van a reincidir cuando salgan.

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Si el trono del Emperador de Jade lo hubieran ocupado estos sujetos, el rey y sus súbditos, a pesar de haber somprendido su error y rectificado su camino, jamás habrían alcanzado la libertad, porque su condena habría sido eterna. Y mucho peor sería una recaída por su parte, pues les esperaría la muerte sin remedio.

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