Falcó

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ARTURO PÉREZ-REVERTE, Falcó

Ya he comentado en otras ocasiones que Arturo Pérez-Reverte me parece un escritor bastante desigual, capaz de entregarnos desde historias maravillosas a otras de la mayor simpleza, aunque casi siempre entretenido (con permiso de esa abominación titulada Cabo Trafalgar, o de El tango de la guardia vieja, que abandoné a las pocas páginas). Es por esto que, cuando comencé a leer Falcó, con las altas expectativas que me había dejado la excelente Hombres buenos, tenía la terrible sensación de que me hallaba ante otro de sus patinazos. Pero nada más lejos de la realidad. Por fortuna la cosa mejoró tras el primer capítulo y terminó siendo, si no una obra maestra, al menos sí una novela de lo más sugestiva.

Falcó es la historia de Lorenzo Falcó, un mercenario sin escrúpulos ni ideología que vende sus servicios, sangrientos las más de las veces, al mejor postor, que en el caso de nuestra historia es el bando nacional durante la Guerra Civil Española. Tras la pobre presentación del personaje en el primer capítulo, la historia afortunadamente entra en harina y descubrimos de que irá el asunto: Falcó tiene la misión de ayudar a un grupo de falangistas infiltrados en territorio republicano a liberar a su líder, José Antonio Primo de Rivera.

Se trata, podemos adivinar, de una novela de espías en la que, como viene siendo costumbre en Pérez-Reverte, se pone más peso en el efecto que tienen sobre los personajes aquellas acciones que se ven obligados a realizar que el discurso de los acontecimientos en sí mismos. Y ésa es la virtud y al mismo tiempo el defecto de la novela. Este foco narrativo hace que, como lectores, nos sintamos implicados con todos los personajes secundarios, sintiendo simpatía por unos, odiando a otros, preocupándonos por alguno… pero Falcó, el principal, nos resulta un tanto indiferente. Y es que, a fin de cuentas, se trata del mismo protagonista de siempre: el antiguo fotógrafo de El pintor de batallas, la cazadora de artistas de El francotirador paciente o el cada vez más asimilado a este tipo de protagonista, El capitán Alatriste. De hecho, uno de los puntos a favor de Hombres buenos era que este sempiterno personaje de Reverte, que allí sería Pedro Zárate, permanecía bastante a raya por las tramas secundarias gracias a que no era el protagonista absoluto. Y es que este típico protagonista de Reverte es, además, alguien cuyas constantes disquisiciones metafísicas a cada paso que da o a cada movimiento que hace o en cada conversación que tiene con alguien lo vuelven poco real (aunque eso no tiene por qué ser un problema mientras mantenga la verosimilitud, claro), y que pretende sernos simpático (en cierta medida, al menos), cuando de encontrárnoslo en la vida real nos aburriría y asquearía a partes iguales. No sólo Falcó: cualquiera de sus protagonistas.

Y esa suele ser la zancadilla que Reverte se pone en todas sus novelas: pretender armarlas en torno a un protagonista que, de entrada, ya resulta antipático. Pero hay ocasiones en que la historia supera al personaje, se pone en primer término, y nos hace olvidar aquello que no nos gusta de él. Eso sucedía en El maestro de esgrima, en Hombres buenos, y eso sucede también en Falcó, aunque no de manera tan determinante como en las dos primeras. La historia de espías, si bien no de trama demasiado complicada, o quizá gracias a ello, atrapa al lector y le permite evadirse de la realidad, para fugarse a un mundo emocionante a pesar del dramatismo que plantea. Y es cuando la aventura toma el control cuando las novelas de Reverte ganan enteros, porque, seamos serios, se le da mucho mejor dejar miguitas de pan por la historia que las sesudas disquisiciones morales.

No entraré en la crítica social que Reverte hace en su novela, pues a fin de cuentas siempre es la misma, e Internet está lleno de entrevistas en las que él mismo no se cansa de repetirla una y otra vez. Diré sólo que, en Falcó, la aventura se impone a todo lo demás, y es cuando eso sucede que Pérez-Reverte escribe buenas novelas.

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Desde la sombra

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JUAN JOSÉ MILLÁS, Desde la sombra

No se hacen una idea de lo que daría por poder ver a través de un agujerito lo que esconde la cabeza de Juan José Millás, porque sus protagonistas, incluso cuando él mismo es el protagonista en sus columnas, parecen tener siempre algún tipo de problema mental, o como mínimo alguna rareza. La historia se repite en Desde la sombra, la historia de un tipo algo retraído (muy retraído, en realidad) que, tras ser despedido de su trabajo, roba un pisacorbatas en un mercadillo y, al ser sorprendido por la policía, se esconde en el interior de un armario que será trasladado, con él en su interior, al domicilio de sus compradores.

Si están pensando que la historia no tiene ni pies ni cabeza, están en lo cierto: no los tiene. Y sin embargo resulta verosímil. Si están pensando que resulta imposible identificarse con semejante personaje, también están en lo cierto: pero luego resulta que a uno no le cuesta gran esfuerzo entenderlo e incluso verse algo reflejado. El planteamiento es descerebrado, pero más aún su continuidad. Pues al verse atrapado por el azar en casa de unos extraños, lo lógico habría sido buscar la manera de escapar. Pero no, lo que nuestro protagonista, Damián Lobo, hace, es quedarse a vivir en la casa, como un fantasma, en el hueco de un armario empotrado del que sólo sale cuando la familia sale y deja la casa vacía.

Pero… ¿por qué Damián prefiere quedarse allí, como un fantasma, en lugar de regresar a su existencia normal? Porque no siente ningún interés por esa existencia. Damián es una de esas personas que nunca se han sentido incluidas en la sociedad, y encontrar la manera de vivir una vida en la que casi parece no existir es una bendición para él. Hasta ahora había vivido recluido en la soledad que le proporcionaba su trabajo, pero, al perderlo, tiene que enfrentarse al mundo para buscar uno nuevo, y eso parece ser más de lo que puede soportar. Incluso parece incapaz de establecer relaciones normales con otras personas, lo que ha hecho que los amigos imaginarios de la infancia lo hayan acompañado hasta la edad adulta. Todo lo que le sucede se lo cuenta a un ficticio presentador de televisión llamado Sergio O’Kane que, con el estilo de las parodias de los presentadores americanos de los sesenta, consigue grandes datos de audiencias imaginarias con cada entrevista que realiza a Damián. De este modo, Damián consigue no sólo tener alguien con quien comunicarse, sino también satisfacer su necesidad de atención gracias a la fama que adquiere ante la ficticia audiencia.

Pero poco a poco Damián va perdiendo el control sobre los personajes creados por su imaginación, al tiempo que gana lo que él considera fama en el mundo real. Claro que ese mundo real no es sino Internet, ese espejo que nos ofrece una imagen distorsionada del mundo que muchos confunden con la real (no de otro modo se entiende que tanta gente se sorprendiera de que Trump ganara las elecciones de los Estados Unidos, o de que Podemos no sólo no ganara fuerza, sino que incluso la perdiera en las segundas elecciones generales a las que se presentó). Y ese es el gran error de Damián: conceder carta de realidad a lo que sucede en Internet, creer que eso es más real que lo que sucede en su propia cabeza sólo por estar fuera de ella. Mientras prestaba atención a sus propias fantasías, era consciente de qué era lo real y qué no lo era. A pesar de que aquella fama ficticia satisfacía su necesidad de atención, sabía que era una fama inventada. Pero cuando comienza a escribir en un foro de Internet y todo el mundo comienza a hablar de él, y su pseudónimo salta de la red a la radio y la televisión, Damián siente que la atención que se le presta es real, que de verdad se ha hecho famoso, sensación que crece por la existencia de fantasma que ha decidido llevar en esa casa que no es la suya. Y realmente empieza a creerse un fantasma (incluso su pseudónimo es el Mayordomo Fantasma) y a perder todo contacto con la realidad, lo que lo llevará al desenlace de la novela, que no voy a revelar.

A pesar de las rarezas de Damián, de toda esa cobertura que lo aleja de nosotros, cualquier lector que se haya adentrado en el mundo de las redes sociales, los foros y demás laberintos de Internet, puede sentirse identificado con esa falta de conexión con la realidad (a no ser uno muy tonto). En muy pocos años las redes sociales se han convertido en nuestro día a día (para algunos aún muy jóvenes lo han sido siempre) y tendemos a creer que lo que sucede ahí dentro es la realidad, cuando la realidad es algo muy diferente. Cuando nos movemos en el mundo estamos obligados, queramos o no, a relacionarnos con todo aquel que se cruza en nuestro camino, nos caiga bien, nos resulte indiferente o nos de asco. Esto no sucede en Internet, donde bloqueamos todo aquello que no nos gusta, creando microcosmos en los que todo lo que existe nos da la razón. Así, por seguir con el ejemplo de las elecciones de los Estados Unidos, aquellos que detestaban a Trump estaban convencidos de que Hillary Clinton iba a salir vencedora, y aquellos que la aborrecían a ella lo estaban de que Donald Trump sería el vencedor (al final parece que fueron estos últimos los que se llevaron el gato al agua). Pero ninguno de los dos bandos parecía darse cuenta de que existía otro al que jamás veían en Internet porque lo tenían completamente bloqueado, y ese mundo que permanece bloqueado en nuestros dispositivos, y que a menudo es mucho mayor que aquel en el que nosotros nos movemos, también existe, hay que tenerlo en cuenta. Incluso existe otro, todavía mucho mayor, aunque con los años se irá reduciendo, que ni siquiera existe en Internet. Gente demasiado mayor para engancharse a las nuevas tecnologías, otros a lo que sencillamente no les gustan, otros de zonas rurales o remotas en las que no tienen demasiada importancia, o algunos que sencillamente prefieren el mundo real.

Yo, por mi parte, cuando veo una página que no me agrada, trato de prestarle también atención: salir, aunque sólo sea de tanto en tanto, de mi propia burbuja en Internet, para no verme digerido por ella. Incluso a veces me armo de valor e intento discutir (en el sentido de discrepar, por favor, no en el de pelear) con la gente que la administra o visita, lo que no siempre me ha ido demasiado bien, pero que a uno le den siempre la razón también llega a aburrir. Y les recomiendo probarlo, pues si bien algunas veces sale uno escaldado, otras aparece gente que, paciente y razonadamente, le hace a uno replantearse algunas cosas. Y replantearse las cosas siempre es bueno.

Citas

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No puede haber nada peor para nuestra sociedad que la creencia de que los ricos pueden infringir las leyes a cuyo cumplimiento se obliga en cambio a los pobres. Una vez que trasciende que un miembro de una importante institución social puede saltarse la ley sin que ello vaya en detrimento de su pertenencia a la misma, dicha institución cae en descrédito.

REBECCA WEST, El significado de la traición

Vida de Esopo

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Vida de Esopo

La Vida de Esopo resulta una lectura peculiar. En ella se nos cuenta de manera fantasiosa la que se supone que fue la vida del célebre fabulista. Pero la fantasía alcanza tal nivel que lo único que podemos dar por cierto de toda la historia es que era un esclavo y que contaba fábulas. El resto ya es novela.

Para empezar se nos presenta a Esopo, un esclavo mudo y mal formado, pero que desde un principio da muestras de su intelecto en una anécdota en la que sus compañeros esclavos, aprovechando su mudez, se comen unos higos y, cuando su amo los reclama, acusan a Esopo de habérselos comido. Como Esopo no puede negar la acusación ni defenderse mediante la palabra, bebe una gran cantidad de agua caliente y vomita, demostrando así que nada había en su estómago. Su amo obliga entonces a los dos acusadores a hacer lo mismo, y estos vomitan los higos. Esta es la primera muestra de la gran inteligencia de Esopo, un esclavo que por sus defectos físicos jamás había recibido ninguna educación.

Un día, por su proceder honesto, es recompensado con dos dones: el habla y la capacidad para la oratoria. Así pues, Esopo consigue con su labia recién adquirida ser vendido a un filósofo con el que en principio podría conseguir una educación, pero en realidad resulta que desde el primer momento con él, Esopo, nacido esclavo y sin haber recibido jamás una educación, se convierte (a los ojos del lector, que no a los de su amo) en el maestro. De los milagros de la primera parte de la vida, en la que intervenían elementos mitológicos que convertían a Esopo en alguien tocado por la divinidad para explicar su fama, pasamos ahora a una suerte de hagiografía en la que Esopo se sobrepone a las dificultades que encuentra en casa de su amo, el filósofo, y se eleva sobre él. Si tenemos en cuenta el prestigio de los filósofos en la antigüedad como grandes pensadores y detentores de la sabiduría, veremos cómo, al terminar esta etapa, Esopo que situado por encima de ellos, convirtiéndolo así no en un estudioso, como los filósofos, sino en una figura a la cual estudiar.

Al cambiar de amo, Esopo subirá todavía un escalón más. En esta ocasión pasará a servir un rey en una época mitológica en la que los diferentes reinos no se enzarzan en guerras para aumentar sus riquezas, sino que, amparados en el uso de la inteligencia, se plantean retos de lógica y acertijos unos a otros, y si el retado no es capaz de dar una solución satisfactoria deberá pagar al retador un tributo, siendo el retador el que deberá pagar en caso de que sí la encuentre. Esopo se convierte en la pieza más valiosa de la corte, al ser capaz de resolver cualquier acertijo por complicado que este sea.

Esopo se ha colocado ya en un puesto superior al de los reyes y se acerca peligrosamente a los dioses, por lo que hay que pararle los pies. Tan grande es su sabiduría que le hará perder la prudencia e insultará al pueblo de Delfos cuyos habitantes, ofendidos, le tenderán una trampa para poder así ejecutarlo. A la espera de que se cumpla la sentencia, Esopo se da cuenta de cómo la soberbia con la que fiaba en su inteligencia lo ha vuelto un estúpido al dejar de lado la prudencia. Tratará de convencer mediante fábulas (volviendo a hacer uso de la inteligencia que había perdido, como Sansón usó de nuevo su fuerza también peridida) a quienes quieren ejecutarlo, pero ellos, al ser un pueblo estúpido, no lo escucharán, demostrando cómo la inteligencia jamás puede salir victoriosa cuando se enfrenta a la estupidez (o no al menos cuando la estupidez está unida).

Pero en última instancia será Esopo quien acabe con su vida por su propia mano lanzándose por un precipicio, pues si bien ha sido condenado, no puede permitir que sean esos tontos quienes pongan sus manos sobre él para ejecutar la sentencia.

La mujer de Martin Guerre

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JANET LEWIS, La mujer de Martin Guerre

La mujer de Martin Guerre cuenta la historia de un célebre caso judicial acaecido en Francia en 1560, en el que tras varios años de ausencia, un marido regresa a su hogar visiblemente cambiado en su modo de ser y, al cabo del tiempo, es acusado por su mujer de ser un impostor que ha tomado el lugar de su verdadero marido. La historia sonará conocida a muchos, pues fue llevada al cine, con Gérard Depardieu en el papel de Arnaud du Tilh, y años más tarde en un drama romántico interpretado por Richard Gere, titulado Sommersby.

La verdad es que no hay escondido entre las líneas de esta novela breve ningún significado oculto, ni se critica ni se enjuicia la sociedad, tampoco hay una profunda reflexión sobre la condición humana… No hay, en suma, ninguna de esas cosas que siempre se empeñan en hacernos ver en las grandes historias, tan sólo la historia (la propia Janet Lewis ya nos indica en el prólogo que tan sólo había “intentado ser tan fiel a los acontecimientos históricos como permite la lejanía en el tiempo y en el espacio). Y sin embargo es magnífica. Una magnificencia construida con una profusión de detalles que remarcan tanto el paso del tiempo como el carácter y estado anímico de los personajes, y que evitan toda descripción que no tenga un claro objetivo en el desarrollo de la historia. Uno no puede evitar verse atrapado y estremecerse ante el duro carácter de messieu Guerre, guardar siempre una prudencial distancia anímica frente a Martin Guerre, sentir cierta simpatía por Arnaud du Tilh o tener la certeza, aún sin disponer de ninguna prueba para ello, de que Bertrande de Rols está en lo cierto.

Personalmente lo más sorprendente es que la escritora, Janet Lewis, sea estadounidense. Y digo que me sorprende, porque leyendo La mujer de Martin Guerre casi parece que hubiera nacido y crecido en una aldea pirenaica como esa en la que tiene lugar la historia. Los hechos se producen en una aldea llamada Artigue, cercana al río Garona, y las referencias al paisaje pirenaico en cada época del año no sólo hacen referencia al estado emocional de la protagonista, sino que resultan tan vívidas que alguien acostumbrado a esos paisajes no puede sino asentir ante la exactitud de lo que está leyendo. Casi parece que, cuando Lewis habla de fidelidad en su prólogo, no sólo buscara la fidelidad a los acontecimientos, tal como ella misma afirma, sino que persiguiera una fidelidad total: a los hechos, a las costumbres y al paisaje, puesto que sin estos últimos los primeros carecen en gran medida de sentido. Y toda esta fidelidad se lleva a cabo sin sacrificar ni un poquito una expresión que resulta profundamente poética y que sin duda hace mella en un lector que pasa por el mismo proceso de preocupación, alegría y angustia de Bertrande.

Merece un apunte especial la división casi cinematográfica de la historia en tres desiguales capítulos que provocan una sensación de que todo se nos ha acabado demasiado rápido, pues uno se queda con ganas de seguir leyendo, de seguir sabiendo qué viene detrás de ese final que le ha dejado tan insatisfecho como insatisfecha se ha quedado la protagonista (se trata de un final justo, aunque diste mucho de ser feliz ni de satisfacer a nadie). La novela tiene un largo primer capítulo de casi cien páginas en el que se nos cuenta toda la historia, desde la boda de Martin y Bertrande, poniéndonos en antecedentes de la relación entre las dos familias, hasta la acusación de ésta sobre su falso marido. Esa es la parte larga de la novela, en la que más tiempo pasamos. Los capítulos segundo y tercero tienen unas veinte páginas cada uno y cuentan el primero y el segundo juicios respectivamente. Esta disposición hace que todo se precipite hacia el final, pero también esto resulta de lo más natural, pues una vez iniciados los juicios, nada más necesitamos saber de los protagonistas, todo se nos ha contado en el primer capítulo: ahora toca el desarrollo histórico de los hechos. Sin demasiadas explicaciones, tratando al lector como un adulto, sin el exceso de explicaciones de los best-sellers actuales: “Los hermanos Arnaud, al verse confrontados a dos hombres tan extraordinariamente parecidos, dudaron y luego, dando la espalda tanto al preso como al soldado, imploraron al tribunal que los dispensara de prestar testimonio. El tribunal, con una humanidad infrecuente en aquel siglo, así lo hizo. Con su petición ya habían testificado más de lo que imaginaban”. Y ahí lo deja, jamás pasa a explicar por qué no era necesario su testimonio, ni a desmenuzar los motivos de esta acción como sin duda haría un escritor de intrigas judiciales hoy en día. No es necesario hacerlo, un lector despierto (un lector adulto) no necesita la información, y Janet Lewis nos trata como a lectores adultos, cosa que engrandece la parte de intriga de su novela tanto como su maravilloso desarrollo narrativo había engrandecido la parte más sentimental.

Las máquinas del tiempo

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Hace poco he leído El Anacronópete, la primera novela publicada sobre una máquina para viajar en el tiempo. Descubrí su existencia por casualidad, y me llamó la atención que, en primer lugar, La máquina del tiempo de H. G. Wells no fuera la primera novela que explotara el tema y, en segundo lugar, que la novela iniciadora de tan sugerente subgénero fantástico fuera obra de un español, siendo la literatura española un terreno en el que los escritores, tradicionalmente, se han dedicado a asuntos mucho más realistas y de índole social, suponiendo el terreno de las aventuras y las fantasías algo marginal e incluso tenido en poca consideración.

Lo primero que a uno le llama la atención al comenzar la lectura de tan singular novela es una sensación de que, si bien entre los escritores españoles no estaba muy bien visto el dejarse arrastrar por las fantasías literarias, no parece que tales ideas tuvieran el mismo arraigo entre los lectores (algo curioso, pues los primeros necesitan de los últimos siempre). Pero un escritor siempre es en primera instancia un lector, y en los primeros capítulos de la novela de Enrique Gaspar puede verse con total nitidez lo mucho que le atraían las aventuras salidas de la imaginación de Jules Verne. De hecho, esos primeros capítulos podrían haber sido firmados perfectamente por el novelista francés de no ser por cierto tufillo nacionalista (o patriotero, que viene a ser lo mismo) que emanan. Una presentación en sociedad con grandes personalidades, una explicación detallada del ingenio científico que será centro de la historia, una declaración de intenciones sobre la aventura que se pretende llevar a cabo… todo muy de Verne.

Bien diferente resulta, en cambio, el inicio de La máquina del tiempo, en una reunión social pero privada a fin de cuentas, con un viajero temporal que no se molesta en explicar los entresijos de su invención y que centra nuestra atención en los detalles que la rodean. En otras palabras, mientras que El Anacronópete coloca como centro de la historia la máquina, La máquina del tiempo coloca como centro de la historia el viaje en sí, creando de ese modo un punto de partida más potente, pues en la novela de Wells la aventura comienza ya con la presentación, mientras que en la de Gaspar deberemos esperar a que la presentación termine para que comience la aventura, lo que supone una ralentización de la narración por un peor manejo de los elementos narrativos. Más de lo mismo podemos observar en los elementos que acompañan al viaje. Wells nos cuenta con detalle en qué consiste el viaje y qué hechos se suceden en él, implicando al lector desde que el viajero acciona la palanca de su máquina. Todo lector de la máquina del tiempo o espectador de alguna de sus dos adaptaciones cinematográficas recuerda como todo adquiere una velocidad de movimientos cada vez mayor durante el viaje, algo que en la novela de Gaspar sólo es mencionado casi de pasada durante la Batalla de Tetuán, pues prefiere dedicar sus esfuerzos a describir la máquina.

Y este sencillo hecho viene a explicar la gran diferencia entre las dos novelas, que partiendo de la misma base resultan tan desiguales: mientras que la novela española se queda en el armazón y le hace responsable del éxito o fracaso de su historia, pues más allá de eso nada de novedoso hay en sus páginas, la novela inglesa utiliza ese armazón como punto de partida para contar su historia. Una historia que nos arrastra muy inteligentemente a través de varias etapas para ponernos frente a un final, si no desolador, sí al menos muy poco esperanzador. La máquina del tiempo comienza con los preparativos, con ese cientifismo optimista de la época, con una serie de sucesos encadenados que nos hacen entusiasmarnos ante los avances científicos que todo lo pueden y que llevarán al hombre a la grandeza. Pero en una segunda instancia, al llegar al año 802.701, las cosas no son así, y aquellos avances han llevado al hombre a la degradación en una suerte de lucha de clases ganada por la clase social más baja, la que no innova, a la que ni siquiera se presenta ya como humana, y por tanto perdida por la humanidad en su conjunto. Sin embargo su relación con uno de los descendientes humanos nos hace tener cierta esperanza en el futuro, una esperanza que queda erradicada en la tercera etapa, cuando el viajero salta a una etapa en la que cualquier sueño de grandeza de la humanidad no es ni tan siquiera humo, pues ya no es que no quede rastro de que alguna vez nuestra civilización pisara la Tierra, sino que ni siquiera la misma Tierra que el viajero observa es aquella que habitó el hombre. El pesimismo que encierra la novela nos hace preguntarnos hacia dónde conducen nuestros pasos y aplasta nuestras pretensiones como especie, no digamos los absurdos orgullos nacionalistas.

La novela de Gaspar, mucho más tradicional, toma el camino contrario y se pierde, primero en comentarios de exaltación patriótica (hemos de alabarle el gusto, al menos, de no articular discursos), y después en colocar frente a frente al grupo de viajeros, una representación de la sociedad española, y los otros dos grandes imperios a los que viajan, el chino y el romano. Porque está claro que su concepción de España es todavía la de un imperio, no de otra manera se pueden entender las dos paradas que realizan durante su viaje, una en una victoria militar española y otra frente a Isabel la Católica, justo antes de terminar la reconquista y del descubrimiento de América, en el nacimiento del imperio.

Así pues, dos novelas que parten exactamente de la misma premisa, son tan diferentes como el día y la noche, pues mientras una se queda en lo conocido, lo tradicional y lo patriótico, vistiéndolo con un llamativo ropaje fantástico, la otra decide adentrarse en el sentido de nuestra existencia como especie y en nuestro futuro y nuestra función en el universo, aunque sus conclusiones no sean las que al siglo del progreso le hubieran gustado.

El Anacronópete

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ENRIQUE GASPAR, El Anacronópete

Me he visto arrastrado hacia esta lectura por mi inclinación hacia las historias de ciencia-ficción y mi deseo de saber en qué consistía la primera novela publicada sobre una máquina para viajar en el tiempo, anterior a la famosísima novela de Wells y, para colmo de sorpresas, escrita por un español, algo bastante poco común en este tipo de literatura, aunque los tiempos actuales parece que están tratando de poner solución a esto. Y la verdad es que no es de extrañar que La máquina del tiempo goce de enorme fama y tan perfecto estado de salud hoy en día, a pesar de no ser la novela inauguradora de tan fantástica idea aunque muchos crean lo contrario, y este Anacronópete haya pasado a mejor vida. Wells no sólo nos ofrecía una aventura más allá de lo que podríamos haber imaginado, sino que nos hacía reflexionar sobre la sociedad que estábamos creando y sobre la condición humana, con un planteamiento pesimista que sin embargo no empañaba la impresionante aventura. Enrique Gaspar, por su parte, si bien comienza con una escena en la Exposición Universal de París que nos sorprende en un autor español del momento, y que podría recordarnos más a la literatura de Jules Verne, se desinfla rápidamente al transitar caminos que, desde mi punto de vista, desperdician las posibilidades del magnífico comienzo que nos había planteado.

El sabio español don Sindulfo ha creado una máquina con la que se puede viajar a través del tiempo y del espacio, y la presenta ante la comunidad científica en la Exposición Universal de París, donde explica su casi mágico funcionamiento. Hasta aquí la cosa promete. Pero tras esto viene el primero de los tres errores que lastran una novela que, como mínimo, podría haber sido muy interesante si sus aspiraciones no buscaban sendas más elevadas. La primera ocurrencia para la que pretenden utilizar un aparato con tantas posibilidades es la de rejuvenecer. El sabio explica que, al viajar en el tiempo, todo lo que viaja en el tiempo queda sometido a su acción, por lo que si se viaja al futuro se envejecerá y si se viaja al pasado se rejuvenecerá. Para evitar eso, ha creado un fluido que impide los efectos del tiempo y que deben aplicarse los viajeros temporales. Así pues, si uno viaja al pasado sin aplicarse el fluido rejuvenecerá, y al aplicárselo para regresar al presente podrá volver sin envejecer de nuevo, y por lo tanto con la edad de su juventud. Y así lo hacen con un grupo de señoras mayores que, a fuer de ser sinceros, cumplen el mismo objetivo que las cada vez más comunes escenas en las que una mujer de buen ver enseña una teta en las series actuales: captar la atención del público masculino de la manera menos trabajosa y rápida posible, pues no duda tampoco en describir cómo al viajar en el tiempo y rejuvenecer, sus vestidos también se degradan y quedan desnudas al tiempo que tratan de ocultarse de la vista de sus compañeros varones de viaje.

El segundo error consiste en el viaje en sí, que se realiza al pasado y se narra con un aire de aventurilla sin capacidad para más. Aunque aceptemos como parte de la fantasía el hecho de que el invento sólo pueda viajar al pasado (cosa que no se nos asegura), el viaje en el tiempo resulta de lo más decepcionante, amén de plagado de lugares comunes (aunque no sé hasta qué punto lo serían entonces, dada la novedad de la idea). Asistimos a un episodio en la Batalla de Tetuán cuyo único objetivo parece ser el de exaltar el patriotismo. Después hacen una parada frente a Isabel la Católica para más de lo mismo. Tras eso llegan a la China en el siglo III, en busca de lo que creen es el secreto de la inmortalidad, donde tienen una escaramuza presentada de forma demasiado infantil. Tras eso, y siguiendo la pista del secreto de la inmortalidad, viajan al imperio romano, a Pompeya, en el momento exacto de la erupción del Vesubio. Y, por último, dan un último salto hasta el momento del diluvio universal, hundiendo de esa manera definitivamente cualquier ilusión que al lector pudiera quedarle de estar frente a una obra de ciencia ficción seria. Ya sólo les queda viajar un poco más atrás, hasta el comienzo del Génesis, para fundirse en el caos previo a la creación del mundo por parte de Dios. Un viaje hacia atrás en el tiempo, mezclado con las creencias religiosas (Wells fue mucho más inteligente con su máquina del tiempo), en busca del secreto de la inmortalidad. Y pudiendo utilizar el Anacronópete uno para rejuvenecer cuantas veces quiera, supongo que a nadie se le escapa que la premisa resulta de lo más ridícula.

El tercer error es uno que convierte la historia en poco más que una aventurilla infantil. Y es que, con la excusa del fluido que evita la corrupción y del que los viajeros están cubiertos, se salvan de las más imposibles situaciones una y otra vez, pues su estado no puede alterarse, y con esa tonta excusa asistimos a resurrecciones, gente que sale viva tras ser arrojada a volcanes y demás tonterías más propias de la imaginación infantil que otra cosa.

La novela, que había comenzado de manera muy interesante, recordándonos a Verne y sorprendiéndonos con una propuesta a la que en España estamos poco acostumbrados, se desinfla rápidamente al no saber dirigirla correctamente, más interesado su autor en mostrarnos escenarios exóticos y en hacer alarde de patriotismo y conocimientos históricos (con permiso de la muy poco acertada parte bíblica). Un detallado resumen de la época y sus entresijos precede a cada nueva aventura, aunque bien poco se aprovechan los datos que en él se nos dan, pues la situación no sirve en ningún caso para profundizar en el relato, sino tan sólo como marco de una aventurilla breve que termina ineludiblemente con una huida fantástica cuando las cosas se ponen difíciles. Tiene, eso sí, el honor de ser la primera novela que se saca una máquina del tiempo de la manga, y puede quedarnos eso como curiosidad, pero me temo que ahí terminan sus aciertos. Además, su estructura teatral en tres actos, que evidencia un deseo de llevar su historia a las tablas, tampoco le ayuda mucho.

Todo esto acompañado de un constante humor de chiste grueso e intención patriótica, que tampoco contribuye a mejorar el conjunto.

A El Anacronópete hay que tomarlo como lo que es: una rareza, no me atrevería a decir que una novela inaugural pues es más bien La máquina del tiempo la que cumple esa función, una pequeña joya por su singularidad dentro de la narrativa española, pero una novela de segunda fila (incluso de tercera o cuarta) condenada al olvido por no haber sabido aprovechar las inmensas posibilidades de un punto de partida cuyo potencial otros se encargaron de exprimir.

¡¡¡SPOILER!!!

Además, para colmo de males, todo lo leído previamente resulta ser un sueño de Antonio Resines.