>La obra sin fin

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Hace ya tres o cuatro semanas, no lo recuerdo, que Río de Janeiro ganó el concurso de popularidad e idiotismo en el que se había convertido la disputa por las olimpiadas del 2016. Yo, personalmente, se las habría dado a Tokio que, a pesar de haber mentido descaradamente sobre el avance de las obras para el evento, a nadie se le escapa que son japoneses, capaces de tener todo listo para la fecha y la ciudad de punta en blanco. No así en el caso de Madrid, ciudad en la que las carreras de obstáculos podrían disputarse en la Gran Vía, la natación en algún agujero lleno de agua de la Puerta del Sol y el tenis en Barajas, que probablemente sea el único lugar de la ciudad con superficies planas, por eso de que las necesitan los aviones. Los que mejor lo tendrían serían los golfistas más intrépidos, pues dispondrían de todo un descomunal campo de obstáculos capaz de satisfacer las exigencias del más osado.

Digo esto porque el fin de semana pasado visité Madrid y me topé con la incomprensible cantidad de obras que la asolan y que parece que nunca tendrán fin, mucho menos para fecha tan señalada como unas olimpiadas, sean éstas el año que sean. Porque lo de Madrid y su empeño en perforar calles y plazas no es algo ni mío, ni nuevo. Allá por el año 1948 Miguel Mihura se burlaba del asunto en Mis memorias de la siguiente manera:

Cuando yo estaba a punto de nacer, Madrid no estaba inventado todavía, y hubo que inventarlo precipitadamente para que naciese yo y para que naciese otro señor bajito, cuyo nombre no recuerdo en este momento, y que también quería ser madrileño.
La ocurrencia de inventarlo fue de un pastor, llamado Cecilio, que una tarde, cuando paseaba por el campo llevando en brazos a sus ovejas y meciéndolas maternalmente, como entonces hacían los pastores, vio un gran terreno, todo lleno de hoyos, de agujeros, de escombros y de montoncitos de arena.
– Aquí se podría hacer Madrid, para que naciese el señor Mihura y ese otro señor bajito, que nunca me acuerdo cómo se llama, y que también quiere nacer en Madrid -pensó Cecilio.
Y llamó a gritos a otro grupo de pastores, amigos suyos, a los cuales les comunicó su idea, que a todos les pareció maravillosa.
– Efectivamente -dijeron-, Madrid no está inventado y sería un buen negocio inventarlo, porque a la gente lo que le gusta es vivir en Madrid y dejarse de estar en provincias, paseando como una tonta por la calle Nueva o por el Malecón, y venga a bostezar.
– ¿Pero no costará demasiado caro? -expuso una oveja, inocente, blanca, llena de ricitos, y con su femenino sentido del ahorro.
– Nada de eso -afirmó Cecilio-. Lo difícil de Madrid es hacerle los agujeros, los hoyos, las cuestas y los montoncitos de arena. Pero como este terreno ya los tiene, lo demás no será complicado.
Y después de discutir sobre otros extremos, aquellos pastores fundaron la “Sociedad Anónima de Pastores Reunidos para la Construcción de Madrid y sus Alrededores”.

Y unos añitos antes, con el siglo XX todavía joven, en 1903, Pío Baroja hablaba en La busca de los hornillos de obras de la Puerta de Sol casi como un elemento habitual de mobiliario urbano:

Estaban asfaltando un trozo de la Puerta del Sol; diez o doce hornillos, puestos en hilera, vomitaban por sus chimeneas un humo espeso y acre.

Así que, como ven, el problemilla no me lo estoy imaginando y parece que va para largo.

Pero vamos a dar un voto de confianza a la ciudad, y vamos a pensar que el ayuntamiento es responsable e iba a cumplir su objetivo de que todas las obras estarían terminadas para las ilusorias olimpiadas de Madrid 2016. En ese caso me compadezco enormemente por los madrileños, pues, ahora que esa fecha ya no existe, nadie puede librarlos y del acoso de las obras públicas. Públicas y sin sentido, porque fíjense en los detalles: en Barcelona el ave tiene que llegar a la Sagrada Familia y se utiliza una tuneladora sin levantar todas las calles; en Madrid los cercanías tienen que llegar a la Puerta del Sol y la plaza permanece abierta en canal durante seis años (aunque creo que por culpa de innumerables obras consecutivas, no sólo por los trenes). ¿Ven la diferencia? Quizá la consecución de unas olimpiadas sea la única manera de que las obras cesen por fin y ése sea el verdadero motivo de que todos los madrileños las deseen tanto.
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