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APOLONIO DE RODAS, Argonáuticas

Al comparar la literatura escrita en lenguas modernas con la de nuestros antepasados griegos y latinos queda patente lo jovencísima que es todavía aquella. Mientras los modelos que ellos establecieron permanecieron durante un larguísimo período de tiempo, los nuestros parecen ser incapaces de mantenerse. Incluso uno de los más longevos, la novela, se ve amenazada de muerte cada cierto tiempo, por no decir que vive permanentemente herida. Lo establecido por Homero en el siglo VIII A.C., tiene continuidad en las Argonáuticas que tenemos entre manos, con su correspondiente evolución, claro está. Y que quede claro que digo esto desde el desconocimiento de la historia de la literatura clásica, pero el sabor de boca que queda es que la épica continúa siendo épica, con unas reglas más o menos similares a pesar de la evolución, mientras que bien poco reconocemos de las primeras narraciones en lengua castellana en la novela actual.

Al margen de esta impresión personal, las Argonáuticas parecen ser una incursión un tanto arriesgada en un tipo de composición que no estaba de moda en aquella época a pesar del prestigio que pudiera tener Homero, algo así como si alguien escribiera un cantar épico hoy en día. Pero la modernidad con respecto a aquel queda patente, aparte de en una menor longitud del cantar, en una estructura más elaborada. Externamente el poema se divide en cuatro cantos, pero internamente serían tres las partes que la componen. La primera, que narra las aventuras de los héroes hasta llegar a la Cólquide, ocupa los dos primeros cantos y es la que más participa del habitual tono de la épica, explicando la procedencia de los héroes, los oráculos y organizándolo todo de una manera episódica, como una sucesión de aventuras. La segunda parte, en cambio, se torna más novelística. En ella tienen lugar los trabajos por los que Jasón debe pasar para la consecución del vellocino de oro, el amor que Medea profesa por él y las intrigas de ésta para ayudar a su recién conocido amor, que culminarán en el abandono de la patria por parte de la mujer para convertirse posteriormente en mujer del protagonista, ocupando todo esto el canto tercero y el inicio del cuarto. Como podrán comprobar todo este juego de intrigas y valor bien podría pertenecer a un folletín decimonónico. La última parte la conforma el regreso a la patria para poner ante Pelías el vellocino y dar término así a las aventuras de los héroes, que serán perseguidos por los soldados del reino al que han robado el vellocino y la princesa.

Tres aspectos me parecen destacables de esta gran aventura, y empezaré por el último de ellos, y es que la aventura no termina realmente, sino que llegado a un punto del viaje de regreso simplemente se nos apunta que el resto del trayecto fue apacible hasta llegar a su destino, pero nunca sabemos cómo es esa llegada, ni qué sucede con la profecía del hombre de una sola sandalia, aunque supongamos que se cumplirá. Un final abierto, podríamos decir, aunque no se trata realmente de eso, sino que más bien parece darlo por sabido.

Por otro lado la semblanza del héroe pierde bastante de su heroismo. Digo esto porque Jasón es comparado con Odiseo, no abierta pero sí veladamente (sobre todo en el viaje de vuelta, en el que pasa por varios parajes que coinciden con el viaje de Ulises). Si recordamos al protagonista de la Odisea, sabemos que era un hombre decidido y siempre con muchos recursos, incluso así era llamado en muchas ocasiones. Sin embargo Jasón parece más bien un hombre falto de recursos, guiado siempre por los oráculos o los otros héroes, cosa que llega a su máxima representación cuando Eetes le propone una tarea imposible para adquirir el vellocino, y luego dice a sus compañeros: “Lo cual, desde luego, pues nada mejor podía idear, le acepté sin rodeos”.

Pero el personaje que cobra gran protagonismo a partir del tercer canto es Medea. Si bien en esta historia ella es la enamorada de Jasón y debería ser vista como una heroína en su labor de hacer que toda la empresa llegue a buen puerto, las características que se resaltan de ella son las de bruja y traidora: “…el espíritu se me revuelve por dentro en un mudo estupor, cuando pienso si debo llamar fatal al aturdimiento de la pasión o fuga vergonzosa el modo en que abandonó las gentes de los colcos”. Toda la presencia de Medea, de acción intachable aquí, está marcada por lo que todos los lectores saben que sucederá con ella después, en los acontecimientos posteriores que cuenta la Medea de Eurípides, y que Apolonio utiliza para crear una sombra de tragedia que no nos abandonará nunca a pesar de las grandes hazañas que estamos presenciando. Incluso cuando los dos amantes se conocen se dicen las siguientes palabras de Medea: “Y a ella por dentro se le desbordaba el ánimo al oírlo. Sin embargo se estremeció temerosa de ver acontecimientos sombríos”. Y más adelante un oráculo le presagia el aciago destino eliminando así cualquier sombra de duda: “Creo que tú no por mucho tiempo eludirás la grave cólera de Eetes”. Todo un juego, como ven, con las espectativas del lector, que nos crea la intriga de hasta qué punto se desarrollara la trama y no nos deja terminar de alegrarnos por la suerte de los amantes, dejando un gusto amargo en las victorias por ellos conseguidas.

El vellocino sigue allí para nosotros, en una épica tremendamente moderna, y sus doscientas cincuenta páginas no pueden ser un obstáculo para que nos hagamos con él.

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