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HOWARD PYLE, Las alegres aventuras de Robin Hood

Robin Hood vive oculto en los bosques de Sherwood desde que, siendo aún joven, mató uno de los ciervos del rey y se convirtió así en un proscrito. Desde que aquello sucediera, ciento cuarenta hombres más se han unido a sus alegres proscritos. Ocultos entre los árboles roban las dos terceras partes de su cargamento a todo aquel que se enriquece con métodos poco honestos y pasa por el camino del bosque, y de lo sustraído la mitad lo dedican a obras de caridad. Sus compañeros más cercanos son el Pequeño John, su mano derecha, su sobrino, Will Escarlata, y el bardo Alan de Dale.

Este es el argumento básico de Las Alegres aventuras de Robin Hood, una novela de puro entretenimiento que su autor utiliza en muchas ocasiones para desarrollar una especie de locus amoenus de corte medieval. Sin duda Howard Pyle era un gran conocedor de la Edad Media, y nos regala en esta novelita de aventuras una descripción de la vida cotidiana de aquella época, más bien del ocio que entonces era habitual y que choca en ocasiones con nuestra manera de entender la diversión, tanto ha cambiado el mundo. Si bien el estilo de la novela no es en absoluto medieval (gracias a Dios, pues es de agradecer el que sepa mantener la perspectiva), sí que lo es la forma de la narración, empezando por esa máxima del medievo que tan mal parecemos entender en la actualidad: deleitar aprovechando. Pyle pone un gran énfasis en las formas de entretenimiento medievales, siendo la música una de las que más importancia cobran dentro de la novela. No son pocas las veces en que alguno de los personajes entona canciones que son escuchadas con gran interés por sus interlocutores, mediando siempre en el capítulo un juego de falsas modestias que son inmediatamente puestas al descubierto por el entretenimiento proporcionado. Varios personajes instan a uno a cantar, que en un principio finge negarse, pero que acaba accediendo a cambio de que los demás también canten para poder disfrutar asimismo de ese modo de diversión. Siempre se niegan, pero siempre cantan. Hay que tener en cuenta para entender esto que la música era una forma de entretenimiento (la música con instrumentos, se entiende) al alcance tan sólo de los muy ricos, pues para disfrutar de ella había que ser capaz de mantener a un grupo de músicos, como mínimo a uno solo. Es como si hoy en día para poder escuchar, por ejemplo, a Def Leppard, tuviéramos que darles alojamiento, comida y un sueldo, algo a todas luces imposible para el común de los mortales. Así pues, este grupo de proscrito que luchan contra los abusos de los ricos lleva en realidad una vida muy relajada y lujosa, aun cuando viven en plena naturaleza. Y si observamos de cerca esas canciones, veremos que se trata de letrillas y romances, con un sabor muy popular (aquí no puedo asegurar si las compuso el propio Pyle para su novela o si son auténticas cancioncillas de la época, pues desconozco la lírica medieval inglesa), y eso nos ayuda a comprender el contexto en el que toda esa poesía ligera nació.

Otro de los entretenimientos de la época que observamos, son los concursos de diverso tipo que las clases pudientes organizan para diversión propia y del pueblo, ganándose de esa forma las simpatías del pueblo (pan y circo). No eran estos tan comunes pues no dependen del propio pueblo por su escasez de recursos, aunque aparecen varios de ellos en la novela, entre los que reconoceremos aquel concurso de tiro con arco cuyo premio era una flecha de oro y que estaba pensado para atrapar al jefe de los proscritos, por la película de Disney.

Pero la principal enseñanza de la novela es de orden moral, y tan sencilla como que hay que ser honestos. Vemos cómo desfilan por sus páginas personajes pudientes que se han enriquecido en muchas ocasiones a costa de otros a los que han engañado (o intentado engañar), y cómo todos ellos son sistemáticamente saqueados por los hombres de Robin Hood. Sólo aquellos que han ganado su dinero de forma deshonesta, pues también tenemos el ejemplo de un noble que nunca trató de estafar a nadie, y que no sólo no es desvalijado por los proscritos, sino que incluso recibe su ayuda. En cierta ocasión, incluso, Robin desvalijará a unos mendigos, dejando bien claro que no sólo los ricos tienen la obligación de no aprovecharse de sus semejantes porque sus bienes lo hagan innecesario, sino cualquier persona, sea de la condición que sea. Incluso el final de Robín Hood vendrá marcado por su forma incorrecta de actuar, al rebelarse contra las órdenes de su rey.

Hoy en día es difícil encontrar una novela de estas características, no sólo por la ingenuidad de su personaje principal, que representa el opuesto de los ideales actuales, sino por su estructura tan episódica que permitiría incluso leer sus diferentes partes en orden aleatorio. Si bien la historia guarda un orden, cada uno de sus episodio conforma una historia cerrada que podría ser leída independientemente. Eso hace que las subtramas no vayan desarrollándose a lo largo del relato y cerrándose paulatinamente como estamos acostumbrados a ver en la novela actual, sino que surjan y terminen en un período muy breve. Aunque esto no represente ningún problema a la hora de llevar a cabo la lectura, que resulta muy ágil. Es más, esta estructura justifica del todo el título, Las alegres aventuras de Robin Hood, pues eso es lo que es, un colección de aventuras.

La novela, en fin, es una lectura ligera pero muy provechosa si se sabe leer entre líneas, con una estructura secilla que permitirá que cualquier lector, del nivel que sea, pueda acercarse a ella sin problemas. Por otro lado, los que crecimos con las aventuras del zorro de Disney y más adelante vimos a Errol Flinn vestido de verde (como muchas veces insiste la novela que hacen Robin y sus proscritos, pues ese era uno de los colores más comunes de la ropa de camino, así que no es camuflaje en el bosque lo único que les ofrece, sino en buena medida también social), o nos entusiasmamos después con la versión de Kevin Reynolds, no podremos evitar echar de menos a Lady Marian, a la que ni una sola vez veremos aparecer entre las páginas del libro que tenemos entre manos. Quizá haya que buscarla en las páginas de Dumas, Pierce Egan the Younger ,en el libreto operístico de Harry B. Smith o en las baladas medievales. En las páginas de Walter Scott les aseguro que tampoco aparece.

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