La incultura de la industria

 

 

Voy a empezar enunciando algo que debería ser evidente para todos pero que parece no serlo para muchos: industria y cultura no son sinónimos. Se pongan como se pongan. Tomen la palabra cultura y díganme si no les evoca una biblioteca laberíntica, o algún bucólico paisaje, o una abarrotada sala de teatro, incluso un sobrecogedor concierto de música clásica. Tomen ahora la palabra industria y no me nieguen que les evoca fábricas, producción en cadena, mecanizada, deshumanizada y puede que hasta suciedad. Ahora díganme: ¿Se imaginan a un artista (no sólo los creadores son artistas por más que traten de hacérnoslo creer, y por cierto que muy pocos creativos lo son), un novelista, por ejemplo, escribiendo 40 palabras por minuto porque ese es el sistema y así llega a la producción exigida de dos novelas por año? Espero que la imagen les resulte tan grotesca como a mí y que coincidan conmigo en que lo que pueda salir de ahí no es ni mucho menos arte, por supuesto nada que bajo ningún concepto pueda convertirse en cultura. Porque esa es otra: la cultura no es de consumo inmediato, la cultura se convierte en tal a posteriori, no nos corresponde a nosotros juzgar las producciones artísticas actuales, sino tan sólo aventurar opiniones sobre ellas, quizá con mucha menos soberbia de lo que acostumbramos.

 

Así pues, no entiendo como tanto particulares como instituciones pueden prestar tanta atención (y les prestan demasiada) a todos esos imbéciles (esa es la palabra adecuada, porque o son eso o caraduras) que hablan sin parar de la industria de la cultura. Úlceras sangrantes me produce en los oídos escuchar semejante expresión de boca de personajes que, como poco, deben de despreciar dicha cultura. Ellos siempre esgrimen que con lo que llaman pirateo (muy exagerado adjetivo para aquello a lo que se refieren) vamos a matarla. Dicen que con cada copia pirata que hacemos por Internet de un disco damos un paso más para que la música desaparezca, e ignoran deliberadamente que dijeron lo mismo cuando aparecieron los casetes y la música sigue existiendo. Dicen que ahora, con el e-book, el mismo peligro corre la literatura e ignoran, por su propia incultura (qué irónica), que a Cervantes ya le piratearon El Quijote allá por el siglo XVII (y muchos otros más, de ejemplos está llena la Biblioteca Nacional) y se siguen escribiendo libros.

 

Ellos parecen entender la cultura sólo como medio de amasar dinero y olvidan que a lo largo de la historia quienes creaban lo hacían por una suerte de necesidad interior (Miguel Hernández, Rimbaud, Gauguin…) o para conseguir otros laureles más accesibles (Quevedo, Velázquez, Homero…); y que quienes lo hacían sólo por dinero trabajaban a destajo (Balzac, Lope de Vega…) y, por supuesto, tratando de convencer a su público mediante su calidad y no al amparo de abusivas sociedades privadas de gestión que llaman ladrones e insolidarios a los mismos que les permiten llevar la vida que llevan (morder la mano que te da de comer, se llama eso).

 

Lo que sucede aquí es que ellos han cogido el mejor asiento en un juego hecho a su medida y ahora que las reglas cambian (porque las reglas cambian siempre, por fortuna) no quieren bajarse de él y harán lo que sea por conservarlo: promover leyes dudosamente democráticas, mentir e insultarnos es lo que mejor parece dárseles. Por otro lado es normal: todo aquel que vive el mejor momento posible para él mismo se resiste a perder sus privilegios. Esto ha pasado ya muchas veces antes y nunca los han entregado, siempre ha habido que arrebatárselos, porque no olvidemos que los privilegios de unos pocos suelen provenir del tributo de muchos otros. Además, ahora se ha puesto de moda entre ellos (entre los “músicos” sobre todo) el recuerdo nostálgico de otros tiempos, de lo bonito que era ahorrar la paga de la semana e ir a la tienda lleno de emoción para comprar un disco casi por intuición (John Bon Jovi  dixit), pero se han vuelto bien desmemoriados si lo que tienen que recordar es que la posibilidad de vivir en exclusiva de lo que uno escribe o compone (si es que alguno de estos compone) es una realidad más bien reciente y que lo normal es que aquellos que querían aportar su granito de arena a la historia de la cultura tuvieran también alguna otra ocupación: Quevedo trabajaba para el Duque de Osuna, Góngora cobraba de su cargo eclesiástico, Cervantes era soldado… y podríamos seguir con personalidades mucho más importantes que los que ahora reclaman.

 

Resulta también curioso que esto sólo moleste a quienes triunfaron antes de Internet, gente sin vergüenza que no duda en mentir en su propio beneficio cuando nos aseguran que con la desaparición de los antiguos métodos de producción y edición de libros, discos y películas la cultura va a desaparecer, mientras ignoran que ya no hay cajistas, ni contables de los que no sabían usar un ordenador, ni casi proyeccionista y, sin embargo, sigue habiendo libros, gestorías y salas de cine. Así que de acuerdo: luchen por sus privilegios, luchen contra nuestras libertades pero, por favor, no nos tomen por idiotas.

 

 

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2 comentarios en “La incultura de la industria

  1. Kike

    Para mi, la solución es hacer boicot a esa industria. No solo la española. La ASCAP (la SGAE estadounidense) es peor todavia. Volver a consumir llo que ya tenemos. No gastarnos un centimo más hasta que cambie esto. Y utilizar bibliotecas, videoclubs para lo que no tengamos en casa.

    Hasta que bajen precios (y suban calidad, ya puestos) y sea atractivo consumir lo nuevo.

  2. Efectivamente, yo sólo pago por aquello que creo que va a tener un mínimo de calidad y, ya puestos, jamás por una peli de Nicholas Cage (que busque otra manera de pagar sus vicios) o de Adrien Brody (ese tipo debería estar en la cárcel). Tras la ley Sinde es evidente que tampoco pienso volver a pagar un céntimo por ver una peli española.
    En lo referente a los videoclubs, estamos en las mismas: sigues pagando por el consumo. No digo que no haya que pagar, pero tampoco dejar que se rían en nuestra cara. ¿Cómo es posible que, tras años diciéndonos lo caros que son los distintos tipos de papel que se usan en las buenas encuadernaciones y lo que cuesta el proceso de encuadernación y entintado, ahora pretendan colarnos los e-books a tan sólo tres euros por debajo del precio de un libro encuadernado? Además burlándose de nosotros: con protecciones para que si lo compras en una tienda para un dispositivo no te sirva para otroy tengas que volver a comprarlo si quieres volver a leerlo. En otras palabras, los editores creen que han conseguido con el libro electrónico lo que la industria musical lleva años intentando: que pagemos cada vez que escuchemos (leamos) una canción (un libro).
    Yo doy una opción que todo el mundo debería seguir para cuando llegue la ley Sinde de las narices: instalen todos el PPLive y vean en streaming todas las películas que se les antoje en versión original subtituladas en inglés.

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