Los enamoramientos

JAVIER MARÍAS, Los enamoramientos

Marías anunció al publicar la última parte de Tu rostro mañana que necesitaba un tiempo para descansar de tan ardua tarea como había sido la escritura del abultado libro, que no estaba seguro de tener nada más que decir en el terreno de la novela y que iba a dedicarse a cultivar otro de sus placeres literarios: el cuento. Y en cierto modo no ha faltado a nada de lo que dijo al publicar hace ya algunos meses su nueva novela, Los enamoramientos.

Me explico. No cabe duda de que el tiempo que necesitaba se lo tomó, hace ya tres años de la publicación de la última parte de su no-trilogía y él mismo ha confesado en una entrevista que ha pasado grandes períodos sin escribir en esta última ocasión, aunque eso no fuera ni mucho menos por su voluntad de descansar. Que tuviera al menos una inicial intención de dedicarse al cuento parece evidenciarse en la manera de comenzar su relato, mucho más cercana al cuento, o al menos en el caso de Marías que siempre tiende a empezar sus novelas de una forma más ensayística para dar paso después a la trama, con la excepción, quizá, de Travesía de horizonte. Pero lo que sí está claro es que todavía le quedaban bastantes cosas por decir en el campo de la novela aunque no lo viera así, y para decirlas ha dado un giro sustancial, casi como empezando una nueva etapa dentro de su narrativa (aunque no me atreveré a decir tanto, me parece demasiado osado). Si bien su prosa no ha cambiado (sigue pareciendo más pulida y precisa cada día, con una sintaxis cada vez más hipnótica y perfecta), ni tampoco su forma de ordenar la ficción (con cuadros casi aislados que se dilatan en las reflexiones y casi menosprecian la acción), algo sí parece diferente, como iniciando un nuevo camino.

Pero iremos por partes. Los enamoramientos cuenta cómo María, la protagonista, ve todas las mañanas a una pareja desayunando en la misma cafetería que ella, pero un día se ausentan y días más tarde descubre que el marido ha sido asesinado. A partir de ese momento ella trabará una breve amistad con la viuda y conocerá al mejor amigo de su difunto marido, del que se enamorará, con lo que comenzará una trama de amores y novela policíaca al ir descubriendo María detalles sobre la muerte de Desvern. A lo largo de este conflicto amoroso-detectivesco, se irán sembrando reflexiones sobre el amor (el enamoramiento, prefiere llamarlo el narrador, haciendo hincapié en los detalles que esta distinción supone), la muerte, la confianza… Y en su lado más humorístico (cualidad que nunca falta en las novelas de Marías) sobre las ínfulas de grandeza, el mundo literario y político y social en general. En esto último hace el autor un retrato bastante bueno de los males de la literatura, algo que en realidad a nadie asombra, pues ya lo ha denunciado en muchas ocasiones en su faceta de columnista. Habla de los caprichos de los escritores que se creen grandes figuras históricas, de cómo mediocres novelistas en sus inicios dan coba a otros ya consagrados para que estos los introduzcan en el mundillo, y además estos aceptan entrar en ese juego que ya nada puede reportarles sino acrecentar su ya desmedido ego, incluso se permite burlarse de sí mismo al criticar a esos dinosaurios que aún pretenden seguir escribiendo con máquinas de escribir que obligan a los editores a hacer el trabajo extra de tener que escanear los textos y tirar de fax para enviar y recibir los documentos.

Mención especial dentro del aspecto humorístico de la novela merece la aparición del excesivamente admirado por Marías, Francisco Rico, descrito como alguien más preocupado por las cosas acaecidas en la Edad Media o el Siglo de Oro que por las que lo rodean a diario, hastiado del tiempo que le ha tocado vivir en el que la gente no tiene educación y parece querer molestarlo con trivialidades que lo sacan de lo verdaderamente importante. El propio Rico ha llamado en un artículo a su personaje: “el más interesante de los personajes episódicos”. En realidad sólo dos personajes secundarios, sin protagonismo real en la trama aparecen en la novela, ambos pertenecientes al mundo de la literatura y ambos opuestos. Por un lado Rico, despreciador del mundo contemporáneo y su autocomplaciente envanecimiento e ignorancia, representante de la gran literatura, la antigua, de otra época (“cualquiera tiempo pasado fue mejor”) y ajeno a lo que sus coetáneos puedan decir o pensar de él. Por el otro el señor Garay Fontina, nombre ridículo, en la cúspide de su carrera literaria, o al menos eso cree él, enfebrecido por la adulación ajena y el reconocimiento, perseguidor del Nobel y con delirios de grandeza literaria. No hace falta decir que quien sale favorecido en esta comparación es Rico, personaje (no creo que sea posible conocer jamás a la persona, quizá sólo unos pocos elegidos puedan hacerlo) por el que Marías siente cierta debilidad y que ya ha hecho aparecer con anterioridad en otras novelas, en ocasiones con su verdadero nombre, en ocasiones con uno ficticio. Pero no voy a dedicarme aquí a juzgar a la persona (que no es santa de mi devoción) sino al personaje en la novela, una especie de conjunto de virtudes que debería tener una persona, pero que se desvirtúan al llevarlo al punto de la comicidad, convirtiéndolo así en un personaje entrañable. Garay Fontina, por otro lado, es más bien un conjunto de defectos que a mí, llámenme exagerado, me recuerda mucho, muchísimo, a Camilo José Cela (tanto el hombre como su literatura nunca han sido muy apreciados por Javier Marías): ansioso de premios y reconocimiento. Pero hay una escena en la que Fontina pide a María (la protagonista) a horas intempestivas que le consiga objetos impensables, y eso me parece algo más propio de Francisco Rico; el autor se deja aquí llevar, no viendo en su amigo los defectos que caracterizan al tipo grotesco.

Marías nos tiene acostumbrados a novelas armadas sobre una única frase de Shakespeare o sobre un momento muy concreto de alguna de sus obras (en algunas ocasiones incluso dichas frases han conformado el título, como en Corazón tan blanco o Mañana en la batalla piensa en mí), y aquí sucede de nuevo, con una frase de MacBeth, “She should have died hereafter”, que, tal y como nos tiene acostumbrados, toma desde su significado original que va ampliando y modificando a medida que avanza la historia. Pero no es sobre esta frase sobre la que se arma la novela en realidad, sino que en esta ocasión toma como base otra novela, entera esta vez, no una única frase, y somete todo su argumento al mismo procedimiento. No llega a decir el título exacto de la novela pero resulta evidente, se trata de El coroner Chabert de Balzac. Y aquí es donde comienza la nueva andadura de la novela de Marías, que se torna mucho más social, algo inusitado en este autor que suele exponer siempre las relaciones personales pero que, al igual que su querido profesor Rico (quizá por eso aparezca él aquí), no presta demasiada atención a las relaciones sociales, quizá porque eso no sea algo realmente necesario porque estas siempre han estado marcadas por una serie de normas y pautas, lo que las hacía más sencillas y permitía que no hiciera falta tanta reflexión para ellas como para la intimidad nacida entre dos personas, un terreno en el que siempre hay que inventar normas nuevas. Pero en el mundo actual las normas sociales parecen estar perdiéndose (algo de lo que la narradora se lamenta) y eso lo hace todo más complicado, no es como antes que uno sabía lo que tocaba socialmente en cada momento, ahora hay que avanzar siempre sobre un terreno pantanoso, ya nada es tan evidente. Y El coronel Chabert es una novela llena de abogados, de peldaños sociales, de comportamientos públicos… un terreno perfectamente abonado para está nueva inquietud de Javier Marías, que lleva la obra en la que se basa siempre un poco más allá, casi manipulándola para que se acomode a lo que él quiere contar.

En una ocasión una de mis profesoras en la universidad nos dijo: “Todas la novelas de Javier Marías hablan sobre Javier Marías”. Cuando así lo mencionó, su frase tenía un marcado tono de crítica, pues para ella aquello rebaja en mucho el valor de su obra. De lo que siempre ha dicho el autor, que afirma que escribe para poner en orden sus ideas y sobre todo porque se divierte haciéndolo, podemos observar que no le faltaba razón a mi profesora al afirmar aquello. Pero lo que a ella le parecía un defecto, a mí me parece una virtud. Porque dejando a un lado su estilo o que hable de sí o no, es capaz de hacernos pensar con sus novelas, de que nos fijemos en cosas en las que jamás nos fijaríamos, de hacer volar nuestra imaginación a pesar de su aparente (sólo aparente) desprecio por la historia y, sobre todo, de atraparnos en su relato y de divertirnos con él, porque, si cuando tomamos una de sus novelas nos resistimos a dejar un capítulo, una página o una frase a la mitad, eso es sin duda porque nos estamos divirtiendo con ella, y siempre cuesta trabajo poner fin a la diversión.

*Gracias Miguel por facilitarme la posible lectura de esta novela.

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