Los villanos de la nación

JAVIER MARÍAS, Los villanos de la nación

Muchos de los actuales seguidores de Javier Marías no lo somos desde sus inicios, por un sencillo problema de edad, y si bien en lo referente a las novelas ese sea un problema fácil de solventar (pero no lo ha sido durante bastante tiempo en lo que respecta a El monarca del tiempo), no es tan sencillo cuando se trata de artículos, aunque quizá sea Marías una excepción a esto gracias a las recopilaciones de ellos que él mismo ha llevado a cabo. De todos modos, el hecho de haber leído previamente todos los artículos contenidos en Los villanos de la nación, recopilación llevada a cabo por Inés Blanca con lo publicado en prensa por el madrileño entre los años 1985 y 2009, no le resta un ápice de interés a la lectura del libro, pues resulta un viaje en el tiempo interesantísimo. Las columnas versan todas ellas sobre política y sociedad, así que una lectura reposada nos mostrará cómo ha ido cambiando España en todo este tiempo, siempre, por supuesto, bajo la clarividente mirada del autor.

Lo más curioso resulta comprobar que los problemas del país son los mismos que hace veinticinco años. En un magnífico artículo, más largo de lo habitual, titulado ‘La edad del recreo’, Marías hace un repaso a cómo ha “cambiado” la sociedad española a lo largo de la década de los ochenta, y en él relata los males que la han “envilecido”, aunque bien es cierto que trata esta época y sus consecuencias como un paréntesis debido a la particular historia de un país que acababa de dejar atrás una dictadura justo antes y que necesitaba sacudirse la rigidez a la que había estado sometido. Pero este paréntesis se revela ilusorio al seguir leyendo y comprobar que las preocupaciones del artículo reaparecen continuamente en los sucesivos, y cada vez con más fuerza, y cada vez de manera más preocupante, hasta llegar al punto de casi verdaderas agresiones psicológicas ante las que nos sentimos impotentes. Y esto se hace más patente en sus últimas columnas sobre política, en las que dibuja una sociedad en la que no sólo los políticos parecen seguir un camino distinto al de los ciudadanos (quizá una de sus mayores preocupaciones, pues muchas veces ha advertido sobre ello al referirse a los tiempos del franquismo), sino que ahora parecen hacerlo además con conocimiento de lo que sucede, con burla y desprecio, sabiéndose casi invulnerables y sabiéndonos impotentes, y teniendo la certeza, además, de una ciudadanía aborregada que no sólo no criticará sus desmanes, sino que los aplaudirá y aún los premiará, como deseosos de ser engañados, pues no de otra manera cabe interpretar que quienes más alzan su voz lo hagan siempre a favor del corrupto, del ladrón, del estafador, , del necio y del que se mueve por una voluntad totalitaria, casi fascista en muchas (muchísimas) más ocasiones de lo que sería deseable (y lo deseable sería ninguna).

Las columnas de Marías revelan una honda preocupación por la deriva de España, y lo peor es que nunca faltan voces que, ante las críticas, espetan: “Pues que se marche a otro país, si tan poco le gusta este”; o : “Que se vaya con los ingleses, que le caen tan bien”; o: “Es uno de esos que como ha vivido fuera se cree mejor que nosotros”. Opiniones todas tan paletas y que denotan tal carencia de inteligencia que no merecen la pena ser discutidas, pues quienes las profieren no se dan cuenta (¿se la darán?) de que no sólo indica machaconamente lo que hacemos mal, sino que además explica claramente cómo deberían ser la cosas (o más bien cómo eran antes de caer en esta espiral degenerativa), y de que estas críticas las lleva a cabo sólo quien se preocupa por el país, pues quien no se preocupara por él tampoco invertiría su tiempo y su esfuerzo en ello (bastantes recursos tiene el rey de Redonda para llenar sus colaboraciones semanales). Compárense las críticas de Marías, cuyo cumplimiento darían por resultado una sociedad más armoniosa o cuando menos más sensata, con las de, por ejemplo, César Vidal (gran villano de la nación, por otro lado), cuyo cumplimiento llevaría sólo a conseguir sus propios objetivos y, quién sabe, quizá a conseguir que España fuera una, grande y libre.

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