Pyongyang

GUY DELISLE, Pyongyang

No se trata de una obra maestra pero resulta una lectura más que interesante. Guy Delisle, animador del Canadá francófono, viajó en ………. a Pyongyang para hacerse cargo de una serie de animación. En esta historia cuenta lo que vio allí durante aquellos meses.

La historia en ocasiones parece una mera parodia del régimen de Corea del Norte, pero él asegura que no, que excepto en aquellas ocasiones en las que los chistes que él introduce son evidentes, no se inventa nada. Es más, en muchas ocasiones no daba crédito a las cosas que estaba viendo. Así asistimos al desfile de un mundo gris en el que un sistema de gobierno demencial lo invade todo, convirtiendo a sus ciudadanos más privilegiados en soldados del país y, al resto, en mascotas obedientes dispuestas a lamer la mano de su amo.

Vemos autopistas descomunales que conducen a los monumentos del líder y por las que no transita nadie y poblaciones comunicadas por caminos sin asfaltar, ciudades en las que toda la iluminación se limita a los hoteles para los turistas, edificios cuya construcción ha sido congelada y permanecen eternamente inacabados, ciudadanos uniformados con el pin de su líder, mujeres que trabajan “voluntariamente” en las tareas de construcción y limpieza de la ciudad, niños con constantes e idénticas sonrisas que participan en desfiles de enaltecimiento de su líder… Pero de todo esto dos cosas llaman especialmente la atención, dos chistes tan atrayentes por lo trágico. El primero de ellos es una viñeta que muestra el reparto del arroz que el país recibe de la ayuda internacional: en él se muestra cómo aquellos más cercanos al partido pueden incluso tener excedentes, y como, conforme más alejado del poder se está, se recibe menos, hasta llegar a aquellos que no pertenecen al partido y que viven en un estado de absoluta pobreza y marginación social, como si no existieran. Al ver esa viñeta no he podido evitar recordar Farenheit 451, donde los que no se plegaban a la voluntad del gobierno tenían que recluirse en la marginalidad.

El segundo era un chiste que iba apareciendo a lo largo de la historia, en el que se nos mostraba a sospechosos de una ronda de reconocimiento para que identificáramos quiénes eran los enemigos del estado. Al final de la historia no quedaba ninguno.

Por lo demás, la historia resulta demasiado lineal para mi gusto, pero también muy entretenida e instructiva. No nos engañemos, no es una critica política ni social, aunque también contenga crítica. Es un libro de humor… humor de la tragedia.

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