Las generalas de la familia Yang

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Hace una semana recibí unas entradas para ir a ver una ópera de Pekín. Evidentemente el espectáculo en sí me atraía, pero también me planteaba ciertas preocupaciones: un montón de personajes cantando en chino de una manera que en ocasiones ni los propios chinos pueden entender, al tiempo que me cuentan una historia de la que no voy a entender nada. Pero acepté.

La obra en cuestión era Las generalas de la familia Yang, y ni que decir tiene que inmediatamente me lancé a una labor de caza y captura del libreto a través de Internet, bien en español, bien en inglés, no me importaba eso demasiado, pero debía conseguirlo para poder disfrutar de lo que se me antojaba una oportunidad única. Sin embargo la labor fue infructuosa. Ni rastro del libreto por ningún lado. Y esto es extraño, o no tanto, puesto que China tiene una serie de elementos culturales que nos llaman mucho la atención a los extranjeros pero parece no saber explotarlos. Uno de estos llamativos elementos de la cultura china es su particular ópera, que permanece vetada para aquel que no domine el idioma. El gobierno chino debería abrir un portal en Internet con traducciones de los libretos para animar al público extranjero a asistir a los espectáculos, porque doy fe de que es un espectáculo. De esta manera no solo atraería a un mayor público de todo el mundo a una representación artística que a menudo vemos como un fósil de interés solo arqueológico, sino que llevaría por el globo una serie de historias que permanecen en el más absoluto desconocimiento, y que a los occidentales, con nuestra pasión por que nos cuenten aventuras exóticas y fantásticas, siempre nos han atraído.

Ante la imposibilidad de hacerme con el libreto, decidí buscar algún resumen del argumento o de la historia a la que la ópera hace referencia. Eso sí que fue más sencillo de encontrar, pero me proporcionó tan sólo una visión general de la obra (sobre una familia que ha perdido a todos sus varones y son las mujeres quienes deben encargarse de la defensa de la frontera), y en modo alguno la posibilidad de entender qué sucedía en cada momento.

Así que me presenté en el teatro sumido en la más profunda ignorancia y sin saber muy bien a qué iba a enfrentarme, eso sí, dispuesto a aceptarlo desde la inocencia, sin ideas preconcebidas. Y lo que empezó a desfilar ante mi vista captó mi atención desde un primer momento.

Lo primero en lo que un extranjero se fija al asistir a un espectáculo así es en el vestuario y en el maquillaje. Si bien ya estamos acostumbrados a ver vestimentas exageradas debido al teatro, al cine y a nuestra propia ópera occidental, el maquillaje escapa a nuestra concepción. En nuestra mentalidad la finalidad del maquillaje es perfeccionar la caracterización del personaje, haciendo que parezca una muñequita si es una princesa, dándole al actor el peor aspecto posible si es un pordiosero o realzando sus facciones para que causen un efecto diabólico si es el malo de la obra. Pero aquí no, aquí es diferente: el maquillaje busca igualar a los personajes y eliminar al actor. Si una actriz hace de dama principal, esa dama principal debe ser igual a todas las damas principales de todas las demás obras sin que sus facciones estropeen la ilusión. Y lo mismo con el resto de personajes, incluyendo los masculinos, que llevan sobre el rostro auténticas máscaras de maquillaje de vivísimos colores que destacan sobre una base del todo blanca, rematadas por larguísimas barbas postizas de colores. Ya pueden imaginar la cantidad ingente de material que hace falta para esto.

Pero lo llamativo del maquillaje no hace desmerecer el vestuario, que si bien puede darnos sensación de sencillez después de los exagerados límites a los que llegó en la ópera europea, resulta de una belleza embriagadora. Mención aparte merecen las mangas de los vestidos de los personajes femeninos y el uso que hacen de estas. Las actrices acostumbran a entrar en escena con las mangas plegadas en perfectos cuadrados blancos sobre sus manos y, de pronto, dejan caer los brazos haciendo que las mangas se desplieguen y lleguen hasta el suelo mientras continúan con su recitación y, sin detener la escena en ningún momento, con tres suaves golpecitos en el aire de su mano, y sin utilizar para nada la otra mano, la manga vuelve a quedar recogida y perfectamente doblada. Uno ve esto y no puede sino pensar: “Y a mí me cuesta horrores doblar una camisa”.

Lo que me lleva a hablar de los movimientos tan característicos de los actores sobre el escenario, siempre breves, coordinados a la perfección con los del resto de actores y al ritmo de la música, fruto de una ensayada y perfecta coreografía. En ocasiones su unión con la música resulta de lo más fluido y estilizado, y en otras casi cómico, como cuando mueven por un largo espacio de tiempo las manos frente al público al compás de lo que suena como una gigantesca y estridente pandereta (no vemos los instrumentos en ningún momento durante la representación, y esto es una pena, pues la visión de esos instrumentos musicales tradicionales chinos sería un impresionante añadido a la magia).

Pero la música no nos encandila tanto como la puesta en escena, sencilla, tan solo unos cuantos velos con el mobiliario indispensable, pero muy eficiente; nuestro oído, acostumbrado a melodías que fluyen de una manera más natural, no es capaz de apreciarla muy bien. En un momento dado incluso llegué a preguntar si las diferentes óperas compartían música, pues la que estaba escuchando y otras que en ocasiones he podido oír en la calle eran tremendamente similares. La respuesta, obvia a pesar de la pregunta, fue que por supuesto que no. Las óperas comparten un determinado estilo musical, pero contienen variaciones que al parecer escapan a nuestro oído, o escapaban al mío, menos experimentado y más duro para los matices. Y lo mismo sucede con las voces de los cantantes: aunque el objetivo parece ser el de unificar una voz para un tipo de personajes, siempre hay variaciones entre los cantantes. Esto último pude comprenderlo mejor, pues supongo que se tratará de las mismas diferencias que existen entre las voces de dos tenores o dos sopranos, siempre salvando las distancias, pues lo que aquí se equiparan son las voces de dos ancianas, o dos héroes, o el tipo de personaje que toque en cada momento. Algo así como lo que ya experimentamos nosotros en nuestra comedia áurea.

Por último, he de confesar que, dado que no podía seguir el argumento de la obra, y todo lo que podía apreciar ya se había presentado ante mis ojos y oídos (y algo tuvo que ver el sueño que ya me iba venciendo, lo reconozco, aunque, eso sí, por motivos totalmente ajenos a la representación), abandoné el recinto en el descanso, no sin lamentarme una vez más por no haber podido conseguir el libreto de un espectáculo que, con el tratamiento que se merece para su exportación, podría conquistar escenarios en lugares muy alejados de China.

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