Caballo de Troya 7

Caballo_de_Troya_7_Nahum_J.J._Benítez

J. J. BENÍTEZ, Caballo de Troya 7

Sí, la historia es más de lo mismo. Sí, su estilo literario no aporta nada que vaya a sorprendernos, atraparnos, ni tan siquiera interesarnos. Sí, son otras cuatrocientas páginas con un desarrollo argumental casi inexistente. Y sí, continúa utilizando los mismos recursos para mantener la “tensión” que ya utilizaba en la primera parte. Pero qué quieren que les diga, quizá es éste mi más preocupante placer culpable. La primera parte la leí allá por mis impresionables catorce años, y aunque no me esté dando mucha prisa que digamos, tengo por tozuda costumbre terminar toda aquella saga que comienzo (también parece que tengo por dicha costumbre hacerlo a lo largo de los años, porque ni se imaginan lo que me ha costado cerrar algunas de ellas, y muchas aún continúan su inconclusa lectura). Así que ya ven: hace veinte años leí un libro que arrebaté de las manos de mi madre y que por entonces contaba tan sólo con un par de continuaciones, me atrapó con una especie de magia que a día de hoy quizá tenga más que ver con nebulosos recuerdos de infancia que con méritos propios de la novela, y ahí sigo, tomando una de sus continuaciones cada dos o tres años desde entonces (y temo que cuando llegue a la última parte me dará pena, pues es ya muy largo el camino recorrido sabiendo que siempre me espera en algún lado un tomo más de la saga).

En aquella primera parte se nos contaba un nuevo testamento alternativo, salpicado de datos científicos y fabricando unos discursos de Jesucristo dignos del mejor orador de la historia (reconozco que ésta ha sido siempre la baza más fuerte de Caballo de Troya, el ser capaz de atrapar a su lector en aquellos discursos mesiánicos). En esta séptima parte se nos cuentan muy pocos “hechos” realmente interesantes (en realidad, aparecen al principio, desaparecen durante toda la novela y regresan al final, pero eso es algo a lo que ya estamos acostumbrados), y muchas anécdotas de relleno. El libro sólo contiene una brevísima conversación con Jesús y el encuentro de Juan el Bautista, algo que podría haber ocupado tan sólo unas veinte o veinticinco páginas, pues todo lo demás es paja, aunque, claro, si así hubiera sido, no sería Caballo de Troya. Porque seamos serios, se trata de una novela, todas sus partes, para leer sin prisa… y sin demasiada seriedad. Hay que tomársela como un juego en el que uno va a creerse todo lo que le cuentan y a disfrutar como un niño para el que relatan una historia fantástica: no se trata de creerse o no creerse la historia, como siempre parecen empeñarse todos en las discusiones sobre esta novela de Benítez (es una novela, por Dios, y Benítez un embaucador, uno muy bueno si se me permite decirlo), sino de dejarse engañar sin oponer resistencia, ya tendremos tiempo de despertar cuando devolvamos el libro a la estantería.

Como supongo que ya han adivinado, ésta no es una reseña seria sobre Caballo de Troya, pues ya he avisado previamente de su escaso nivel literario. Pero aún así y todo la recomiendo. Lean Caballo de Troya. Pero léanla como quien jamás ha leído un libro, con la inocencia de un niño al que le cuentan una historia fantástica y está dispuesto a creérselo todo. Luego ya podrán restregar por la cara a sus compañeros de pupitre que los dragones no existen, pero mientras se sumergen en el libro finjan que sí, que existieron y que podrían encontrarse evidencias de uno en cualquier momento. Así podrán disfrutar de esta historia (que sí es muy disfrutable) y, no lo olviden, si lo hacen “sus principios de tambalearán”.

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