Los pies vendados

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LI KUNWU, Los pies vendados

Lo interesante de Los pies vendados no es la manera en que cuenta la historia que cuenta, sino el simple hecho de imaginar que pudiera suceder algo así. Y no me refiero a la costumbre de romperles los pies a las niñas para vendárselos, que ya es de por sí algo salvaje (aunque salvajadas haya habido en todas las culturas y en algunas las siga habiendo), sino a que en tan corto espacio de tiempo pudieran sucederse en un mismo lugar tantos cambios, producidos no por el afán de desarrollo del país, sino por el de conquistar y mantener el poder.

Los pies vendados cuenta la historia de una niña campesina a la que le vendan los pies para que cuando crezca pueda encontrar un buen marido y salir así de la pobreza. Li Kunwu muestra una clara voluntad de que su novela gráfica sea leída fuera de las fronteras chinas, pues dedica gran parte de las viñetas a hacer entender al lector el porqué de esa costumbre. En primer lugar nos enfrenta a la niña, que no quiere que le venden los pies, pues ella quiere jugar, lo que nos hace sentir un enorme rechazo por la práctica, que consistía en romper los pies a las niñas y doblárselos sobre sí mismos al tiempo que se apretaban con fuerza con una venda para que se atrofiaran y no pudieran crecer (esto a grandes rasgos, pues si entramos en detalles la cosa se vuelve muy escabrosa). Tras esto nos muestra a la madre, que se debate entre no hacer pasar a su hija por esa tortura o intentar sacarla de la pobreza para darle un mejor futuro y, como lectores, no podemos sino entender sus motivos y sentir lástima por ella, por verse obligada a tomar esa decisión sólo por la posibilidad de que con ella su hija no esté condenada a la pobreza (pues no sólo se trata de que tenga que pagar por el proceso, sino que, si tiene éxito, su hija se casará con quien tenga una aceptable fortuna y dejará sola a la madre a su suerte, dado que según la tradición debe abandonar la casa de los padres y marcharse a la del marido, con lo que, aun consciente de la crueldad que supone, ella lo hace por amor a su hija, pues jamás podrá obtener nada de todo esto para su propia persona).

Tras vendarle los pies a la niña, se produce una elipsis en la que ya ha llegado a su edad casadera, y en la que, efectivamente, tiene una gran cantidad de pretendientes gracias a sus pequeños pies. Ahora, en una escena en un mercado que permite ver cómo era la vida de la época (y cómo es ahora, al menos en los barrios y mercados, pues sorprende ver lo poco que han cambiado ciertas cosas), asistimos a una serie de conversaciones entre hombres solteros deseosos de encontrar esposa en la que se nos pone al día sobre la importancia de que una mujer tenga los pies pequeños para ser una buena esposa, y se explica con bastantes detalles los tipos de mujeres según la forma, tamaño y flexibilidad de sus pies, haciendo comparaciones entre los pies de las mujeres de los distintos lugares de China, y explicando que los más preciados son los llamados “lotos de oro”. El nivel de fetichismo que alcanzan esas conversaciones deja estupefacto a cualquier lector occidental, pero son del todo necesarias para comprender por qué se nos cuenta la historia que se nos está contando y para que ésta no nos parezca una mera anécdota indigna de ser el centro de toda una novela.

Pero mientras se desarrolla toda esta escena más propia de unos lejanos tiempos medievales que de la primera mitad del siglo XX, aparece en escena el ejército revolucionario, que con ideas muy aceptables (hacer que unas tradiciones que repiten incesantemente esquemas que mantienen al pueblo en la pobreza desaparezcan) pero con métodos muy reprobables (hacerlas desaparecer por la fuerza y sin contar con el pueblo), anuncian la abolición de las costumbres imperiales, entre las que se cuenta el vendado de pies. Ninguna mujer podrá vendarse ya los pies y, las que ya lo hayan hecho, deberán quitarse inmediatamente las vendas, algo terrible para ellas, pues apenas pueden andar con sus pies rotos.

Mientras tanto la protagonista decide no quitarse las vendas y huye a su pueblo natal, donde será violada, a consecuencia de lo cual ya no podrá tener hijos, convirtiéndose así en una completa apestada en la sociedad china: marcada por las reprobables viejas costumbres, impura y sin poder dar descendencia a ningún hombre.

Años más tarde, ya una anciana, consigue entrar como niñera en casa de un cargo importante del nuevo gobierno, pero al llegar la revolución cultural, los guardias rojos, con su odio a todo lo que huela a pasado imperial, acusan a su empleador de estar dando cobijo a un elemento peligroso contrario a la revolución. De nuevo aquí se puede ver cómo Li Kunwu busca aproximarse al lector occidental, pues nada explica sobre la revolución cultural y los guardias rojos, sobradamente conocidos en occidente, a excepción de algunas escenas de estos en las calles para ponernos en situación, pero asistimos a una escena que a mí me produce terror. Cuando los guardias rojos entran en la casa a buscar a la protagonista lo hacen con enorme descaro ante quien se supone que debería ser su superior, pues su sola palabra acusatoria basta para conseguir la muerte de cualquiera, y se repite con insistencia la misma frase, muestra de que cualquier intento de diálogo o razonamiento está fuera de lugar, no hay cabida para los sentimientos dentro de esas personas que sólo siguen consignas: “Confiesa humildemente tu culpa” (cito de memoria, era algo así).

Sólo una cosa cabe achacarle a la novela gráfica, y es esa visión del individuo y del compromiso social tan bondadosa, que se aleja mucho de la realidad del país. Por lo demás esta historia de una mujer que tuvo que padecer todas las torturas del desarrollo chino y que, por ello, no pudo alcanzar ninguno de sus beneficios, es altamente recomendable y, por supuesto, muy interesante.

Un comentario en “Los pies vendados

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