Aida

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GIUSEPPE VERDI, Aida

Nunca antes había asistido a la representación de una ópera, y por eso mismo no sabría decir si mi grado de fascinación al término de la primera se debía a la verdadera calidad de lo que desfilaba ante mis ojos o sólo a mi inexperiencia. A riesgo de equivocarme me decantaré por lo primero.

El asunto duró tres horas largas, aunque también hay que admitir que hubo tres entreactos de quince minutos cada uno, que ya son ganas de alargarlo innecesariamente (a mí me sobraban dos, aunque creo que habría sido capaz de tragármelo todo de un tirón).

No hablaré de la música, nada puedo decir sin meter la pata, pues disto mucho de ser un experto, ni tan siquiera un aficionado a la ópera. Además, creo que, quien más quien menos, todos conocemos en cierta medida esta ópera de Verdi.

Sobre el argumento, para quienes lo tengan algo difuso, se trata de la historia de amor entre el general egipcio Radamés y la esclava Aida. En una incursión Radamés captura al padre de Aida y entre él y su hija lo engañan para traicionar a Egipto. El egipcio será condenado a ser enterrado vivo, pero al cumplirse su condena Aida se cuela en la tumba y los dos amantes mueren juntos. Esta es la historia a muy grandes rasgos.

Aunque lo verdaderamente impresionante, lo que hace que uno no pueda abandonar la ópera, me atrevería a asegurar que incluso para aquellos a los que la música pudiera parecerles terriblemente soporífera (hay gente para todo), es la escenografía. En mi vida había visto decorados como esos, con construcciones enormes y realizadas hasta el último detalle, que, no sólo tenían la función de arropar la acción, sino que además eran practicables, haciendo que la ingente cantidad de actores que desfilaba ante mis ojos pudiera aparecer por cualquier sitio y realmente interactuara con el decorado, no sólo lo tuviera tras de sí.

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Pero ahí no acababa la cosa. Cuando creías que el decorado era majestuoso, descubrías además que era móvil, con compuertas que se abrían para dar paso a nuevas escenas, escenarios enteros que se elevaban dejando salir uno nuevo de su interior… Incluso enormes carrozas construidas, algunas de ellas, para aparecer ante nuestros ojos un escaso minuto y aportar su granito de arena a la grandiosidad del conjunto.

Todo esto, mezclado con proyectores que plasmaban imágenes en movimiento sobre cortinas transparentes que se iban situando a distintas distancias y que los espectadores no podíamos ver debido a la iluminación, convertían la representación en algo capaz de dejar boquiabierto a cualquiera, aún más en combinación con la majestuosidad de la música.

Como les digo, mi primera ópera. Aunque después de tal descubrimiento, les aseguro que no será la última.

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