Los locos de Valencia

corralOlivera

LOPE DE VEGA, Los locos de Valencia

Floriano está huyendo de la justicia por haber matado en una escaramuza al príncipe Reinero, y entra fingiéndose loco a la casa de los locos de Valencia para que nadie pueda verlo en sociedad. Al mismo tiempo Erifila, que ha huido de casa de sus padres por amor a su criado Leonato, es robada y abandonada por éste, y cuando la encuentran las autoridades la toman por loca y la ingresan en el manicomio. Una vez dentro, Erifilia levantará las pasiones de todos los hombres, al mismo tiempo que Floriano enamora a todas las locas. Pero ellos, que son los únicos que conocen la verdad el uno sobre el otro, también están enamorados. El problema se complica con la llegada del día de los inocentes, día en el que los locos salen a la calle, cosa que compromete el refugio de Floriano, y la aparición de un bando de búsqueda contra él.

Con todo este embrollo, Los locos de Valencia se presenta como una suerte de teatro dentro del teatro en varios niveles. Por un lado se trata de una representación teatral, con un público, en un teatro, o en un corral de comedias si nos trasladamos al momento de su estreno. Nada hay de reseñable en esto. Pero la cosa sorprende cuando, poco a poco, una gran parte de los personajes comienzan a volverse actores ante el resto de los personajes del reparto. Esto es lo que sucede con el tópico de los locos fingidos en esta historia, creando toda una confusión en torno a la verdadera personalidad de los personajes y trasladando también cierta sensación de locura a los espectadores. El primero de los personajes en comenzar a actuar como loco es Floriano, para esconder su identidad, algo que se explica al principio, y de lo que por lo tanto todos los espectadores están avisados, así que nada de lo que hace les pilla por sorpresa. La segunda es Erifila, que es tomada por loca e incomprensiblemente decide serlo, sembrando de ese modo la duda entre los espectadores, duda que es abonada por la locura de amor que muestra hacia Floriano. Pero no son los únicos, puesto que hay otras dos locas fingidas, Fedra y Laida, sobre las que no se nos pone sobre aviso, lo que va sumiendo en mayores engaños al espectador, que las toma como a verdaderas locas. Este cuadro se completa, además, con los verdaderos locos del lugar, dando lugar a toda una escala dentro de este microcosmos: los cuerdos, los locos fingidos de quienes tenemos conocimiento, los locos fingidos de los que no sabemos que están fingiendo y los verdaderos locos. Todo esto provoca una inmersión dramática que pasa de las carcajadas iniciales antes los evidentes fingimientos, a la confusión ante formas de actuar que ya nos resultan más difíciles de comprender, pues dentro de ese espacio especial todos actúan ante todos, aunque cada uno en distinto grado.

Esto nos lleva al siguiente nivel del teatro dentro del teatro, cuando va a producirse una boda fingida entre Floriano y Fedra para calmar la locura de esta última. Para entender cómo Lope nos atrapa con esta escena magistral, hay que ponerse en situación, primero dramática y después social. Dramáticamente hay que tener en cuenta que la boda se produce entre Floriano, un loco fingido del que sabemos que no está loco, y Fedra, una loca cuya única locura es la del amor, o sea que es otra loca fingida, pero eso los espectadores no lo saben. La boda crispa los nervios de Erifila, loca fingida de cuya situación tenemos conocimiento, pero que no se guía todo lo cuerdamente que debería, pues ha caído en la locura del amor. Asisten a la ceremonia los locos del manicomio (locos reales, estos), pero como a la novia le parece que son pocos, se invita a entrar a la gente de fuera (todos cuerdos), previo pago de una entrada, que es cobrada por uno de los locos. Toda esta falsa boda es ya en sí una representación llevada a cabo por los locos, que creen estar en una boda real, para deleite de los cuerdos, que saben que asisten a una farsa. Es ahora cuando debemos tener en cuenta la dimensión social del acto al que asistimos. En el siglo XVII no se andaba sobrado de distracciones, y el humor de la época se basaba principalmente en mofarse de las desgracias ajenas, por lo que todo tipo de desventuras y deformidades eran motivo de burla. En esta situación, uno de los entretenimientos de la época era visitar a los locos para reírse de ellos, y a este efecto se cobraban entradas a la puerta de los manicomios. Y ante eso es ante lo que estamos en esta boda fingida. Los cuerdos que acuden a ella, lo hacen a sabiendas de lo que van a ver, como quien acude al teatro. Ellos esperan una representación y cierran así un cuadro en el que tenemos a espectadores reales mirando una obra en el escenario de un corral, dentro del cual hay personajes-espectadores que han acudido para ver la representación de una falsa boda en la que intervienen locos-actores que no saben que están representando para un público, pero también locos fingidos que sí son conscientes de estar representando. Todas las capas de representación y fingimiento se van cerrando unas sobre otras hasta formar un conglomerado en el que resulta casi imposible discernir sus partes, de un barroquismo majestuoso.

Por otro lado, no podemos olvidar el ambiente en el que todo se desarrolla. Estamos ante una comedia cómica y urbana, pero bastante alejada de los estándares de la comedia de capa y espada. Para empezar, porque el espacio en el que se desarrolla toda la acción no es el habitual en este tipo de comedias, sino uno deliberadamente separado de la ciudad, un mundo aparte, podría decirse, con normas también diferentes a las que rigen las relaciones entre hombres y mujeres. Esto lo vemos enseguida: los dos protagonistas charlan juntos en el patio del manicomio sin temor a que nadie los vea, e incluso se escandalizan cuando pretenden separarlos, y las mujeres reclaman a sus amantes con violencia, una de ellas incluso ante su propio padre. Esto sería imposible en la comedia de capa y espada, que juega precisamente con la ocultación de esos sentimientos, que pueden llevar a la pérdida del honor. Pero aquí el amor no se muestra como la alta meta a alcanzar, sino como un motivo de locura, no en vano se establece en repetidas ocasiones la comparación con el Orlando Furioso.

Varios críticos, entre ellos la responsable de la edición que yo he leído, ponen de relieve el detalle y la minuciosidad con que Lope retrata este mundo aparte que es el de los manicomios de la época, aunque, y a riesgo de equivocarme, a mí no me ha parecido ver un excesivo empeño en la representación fidedigna de este microcosmos, sino más bien su utilización para conseguir los efectos deseados de humor e inmersión en el espectáculo (yo he leído la obra, pero no me cabe duda de que asistir a su representación multiplicará la experiencia metateatral de la que he hablado antes). Un humor que pasa aquí por los continuos fingimientos, debido a los cuales nadie sabe quién es quién realmente (incluidos los espectadores, como ya he dicho antes), hecho este que llevará a la resolución del conflicto con la anagnórisis final, que pondrá orden en la situación inicial que había provocado todos los fingimientos y permitirá que todos aquellos que estaban fingiendo se descubran y permitan, tanto a los otros personajes como al público, ver sus verdaderos rostros.

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