Charlie y la fábrica de chocolate

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ROAL DALH, Charlie y la fábrica de chocolate

Me pilla ya un poco lejos mi infancia para leer Charlie y la fábrica de chocolate, pero qué quieren que les diga, siento cierta debilidad por las novelas infantiles, quizá porque no leí demasiadas cuando me tocaba, mi placer por la lectura me llegó un poco tarde. Por otro lado, la mayoría de las novelas supuestamente para adultos que la gente lee hoy en día son también novelas infantiles, unas mejor disfrazadas que otras, así que…

No creo que haga falta referir la historia de Charlie ni su significación, todo está tan meridianamente claro que de poco tengo que hablar aquí. El chocolatero Willy Wonka se hace viejo sin descendencia y quiere dejar su fábrica a alguien e invita a visitarla a cinco niños, cuatro de los cuales representan los diferentes vicios maleducados del mundo moderno y, el último, Charlie, es un chaval al que todo le ha ido mal pero esa adversidad con ha conseguido acabar con su natural bondad ni ha hecho mella en una correctísima educación de la que carecen los otros cuatro niños. Parece claro que Charlie y la fábrica de chocolate es una novela hija de su tiempo. Fue publicada en 1975 y en aquella época (en España íbamos algo más retrasados) los padres ya habían entrado en la dinámica de querer dar a sus hijos todo aquello que ellos no habían tenido de niños (no sé donde leí o escuche en una ocasión que se les olvidó darles aquello que sí habían tenido), lo que ha ido degenerando hasta llegar a la actual satisfacción de todos sus caprichos que observamos hoy.

En este panorama, Charlie es un superhombre, aunque uno tratado con bastante ingenuidad, todo hay que decirlo. Dalh lo enfrenta a los otros cuatro niños, los cuales han recibido satisfacción a todos sus deseos, y a su lado, un niño que no ha recibido esa constante atención debido a su pobreza, es mucho más sensato y está mejor educado. Dalh se excedió al pintarnos un Charlie tan pobre, pues a nadie se le escapa que esas situaciones de pobreza extrema en medio de una sociedad pudiente, no acostumbran a crear buenas personas, sino más bien lo contrario: somos en general bastante revanchistas, y un niño que crece en la pobreza rodeado de abundancia que no puede alcanzar, lo más normal es que se convierta en un delincuente para apropiarse de ella, o como mínimo que no mire a los que nadan en la abundancia con tan buenos ojos como Charlie lo hace.

La metáfora está clara y la enseñanza se puede extrapolar a nuestra sociedad sin dificultad, y es que ser bueno tiene su recompensa. Pero lo que me llama la atención, o más bien el motivo que me desagrada, es el motivo por el que Wonka lleva a cabo este experimento. Lo explica claramente al llegar al final de la historia: “Claro que hay miles de hombres muy hábiles que darían cualquier cosa por la oportunidad de encargarse de todo esto, pero yo no quiero esa clase de personas. No quiero para nada una persona mayor. Una persona mayor no me haría caso; no querría aprender. Intentaría hacer las cosas a su manera y no a la mía”. No parece muy dispuesto el señor Dalh, por estas palabras que pone en boca de Wonka, a entender la educación (que no han recibido los cuatro niños malcriados pero sí ha recibido Charlie) como la formación del pensamiento crítico, sino más bien como el mero adoctrinamiento. De ahí que los niños no sean castigados cuando exhiben su egoísmo y poca educación (aunque sí quede claro lo malo de su comportamiento), sino cuando desobedecen directamente las órdenes del chocolatero. Charlie es el único que no lo hace, el único que siempre cumple al pie de la letra las instrucciones de Wonka. Y él también tiene su tentación, al igual que los otros cuatro, pero no se deja llevar: el caramelo eterno sería perfecto para él, tal como lo explica Wonka: “Los estoy inventando para los niños que reciben una escasa paga semanal”. Esa es la tentación de Charlie. Pero justo antes ya había sido advertido: “¡No quiero que toquéis nada una vez que estemos dentro! ¡No podéis tocar, ni fisgonear, ni probar nada! ¿De acuerdo?”. Y Charlie cumple; es el único que lo hace y por eso sale vencedor.

Así pues, parece que la educación que busca Dalh radica en la obediencia a los mayores y en poco más. Algo con lo que no estoy del todo de acuerdo, pero que en absoluto hace desmerecer a una novela infantil que me parece muy superior a muchas de las que hoy en día pueblan nuestras librerías.

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