Hombres buenos

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ARTURO PÉREZ-REVERTE, Hombres buenos

¡Por fin!

La exclamación puede parecer excesiva, pero es que hacía tiempo que no me topaba con una novela de Pérez-Reverte que realmente me entusiasmara (de las últimas evité Un día de cólera y El asedio, pues me evocaban la insoportable Cabo Trafalgar, aunque aún no he renunciado por completo a su lectura). El desastre comenzó con la publicación, hace ya algunos años, de La carta esférica, y desde entonces no había conseguido dar con una novela de Reverte que me entusiasmara, no porque les faltara calidad literaria, pues convendremos en que no estamos ante un señor dado a escribir obras maestras, sino porque carecían de seriedad, unas empeñadas en alardear de un lenguaje “ingenioso” y otras esforzándose en demostrar lo desengañado que estaba del mundo. Sin embargo estos Hombres buenos me recuerdan a la que quizá sea la novela de Reverte con la que más he disfrutado hasta la fecha: El maestro de esgrima.

La historia se nos presenta desde cuatro puntos de vista diferentes que corren paralelos a lo largo del relato, permaneciendo dos de ellos como meros comentadores de la acción principal en la que nunca se involucran directamente, uno de ellos por razones obvias. El eje de la historia lo conforma el viaje que dos académicos de la Real Academia Española, el bibliotecario don Hermógenes Molina y el almirante don Pedro Zárate, deben hacer hasta París para hacerse allí con un ejemplar de la Encyclopédie en su primera edición de 28 volúmenes, para lo cual contarán con la ayuda del abate Bringas. Historia paralela a esta es la del bandido Raposo, contratado para impedir que los académicos lleven a cabo su misión, y cuyo viaje no llega a cruzarse con el de los protagonistas hasta el final. Desde Madrid siguen por carta el transcurso del viaje, y confabulando contra su buen cumplimiento, otros dos académicos, Justo Sánchez Terrón y Manuel Higueruela, interfiriendo estos en la historia central de forma indirecta, tan sólo a través de su esbirro contratado, Raposo. Por último tenemos una cuarta línea que me ha resultado más interesante de lo que cabía esperar, y es aquella en la que el propio novelista, autor de la obra que vamos leyendo, nos explica, al mismo tiempo que van sucediéndose los acontecimientos, el proceso de creación de la novela, con sentido del humor en ocasiones (empiezo a ver a Francisco Rico como a una especie de personajillo cómico tras el empeño que tanto Reverte con Marías andan poniendo en ello, en vez de cómo al crítico de presencia casi amenazante al que conocí en mis tiempos universitarios), con precisión de historiador en otras y con el afán fabulador del novelista cuando parece que el historiador no puede ir más allá. Pero esta parte de la novela no es sólo documental, sino que está cubierta también por el velo de la ficción al ocultar su propio nombre, dar títulos alternativos a novelas suyas de sobra conocidas por todos y, sobre todo, al fantasear sobre una supuesta novela sobre un crimen en el interior de la Real Academia, que yo mataría por ver convertida en realidad. Es gracias a las explicaciones del novelista sobre cómo dio forma a lo que leemos, que nos resulta más sencillo sumergirnos en ello y dar por cierta la historia, no sólo en su línea histórica central, sino en los actos y personalidad de sus protagonistas y en su capacidad para inclinar el rumbo de la historia hacia un lado u otro, que se refleja irremediablemente sobre nosotros como personas individuales.

Y eso es lo que más cautiva de la nueva novela de Reverte, sus personajes. Una vez alguien me dijo que los personajes de Pérez-Reverte son monigotes, payasos. Y creo que esa persona tenía razón, no tanto en cuanto al apelativo que escogió para referirse a ellos, sino en su concepción. Los personajes de Reverte están revestidos de una falsa profundidad, son completamente planos, tipos que ni evolucionan ni tienen posibilidad de hacerlo. Pero, si me preguntaran por mi opinión, creo que ni falta que les hace. Cada uno de ellos está muy bien asentado en su papel y no veo por qué habría que modificarlo. Además, si bien no pasan de ser máscaras de una tragedia griega, cada una de esas máscaras conforma una parte del alma humana, y nosotros como lectores, no podemos identificarnos en uno sólo de ellos, sino en todos al mismo tiempo. En una novela de Reverte está el personaje en el que nos vemos nosotros (en mi caso, quizá, ese Bringas enfadado con el mundo e incapaz de sentir una patria de la que sentirse parte), en el que vemos la parte de nosotros que no nos gusta (la maldad de Higueruela capaz de todo por lograr sus objetivos, o la doble cara de Sánchez Terrón buscando excusas para sus acciones, o incluso la incapacidad de raposo para tomar partido, excusándose en que el mundo es así), en el que vemos a quien nos gustaría ser (ese almirante Zárate, de moral recta, que siempre sabe cuál es su lugar), o en el que distinguimos la inocencia con la cual todos hemos actuado en alguna ocasión (como el cándido Hermógenes Molina). No son personajes completos, sino que entre todos completan uno, y ese es el caso que parece darse aquí.

Pero lo que más me ha gustado han sido los diálogos. Esos diálogos sobre el mundo, sobre sus posibilidades y sobre el mal camino al que lo lleva la realidad, quizá lo que más me ha recordado a El maestro de esgrima. Una queja sobre España a la que Reverte nos tiene ya acostumbrados, y que, desde la distancia histórica, nos muestra nuestros males actuales de país que nunca aprende: “Y encima, lo poco de dentro lo convertimos en arma arrojadiza, de discordia: tal autor es extremeño, aquél es andaluz, éste valenciano… Nos falta mucho para ser nación civilizada con espíritu de unidad, como las otras que con justo motivo nos hacen sombra… Creo que no es el mejor medio recordar siempre, como solemos, la patria de cada cual. Antes convendría sepultarla en el olvido, y que a ninguna persona de mérito se la considere otra cosa que española”. O cuando expone otra idea, en clara referencia a todos los gobiernos, sin excepción, de la democracia española: “Sólo un Estado organizado y fuerte, protector de sus artistas, pensadores y científicos, es capaz de proveer el progreso material y moral de una nación… Y ese no es nuestro caso”. No sale España muy bien parada de sus reflexiones, y la verdad es que razón no le falta: “España… Allí sólo se pide un poco de pan y toros. Allí se odia la novedad, y se detesta cuanto pretenda removerla de la ociosidad, la pereza y la poca afición al trabajo”.

Ante tan desolador panorama es Bringas quien hace un discurso de esperanza en un nuevo hombre (discurso muy similar, por cierto, al que ya ha hecho Reverte en recientes entrevistas, y me viene a la cabeza una que hace no mucho realizó para Salvados), pero que está teñido de desastre y pesimismo ante la imposibilidad de que ese nuevo hombre se encarne en el actual: “Alguna vez llegará el amanecer. Vendrá el nuevo día. Habrá hombres que le gocen, entornando los ojos, agradecidos, al recibir los primeros rayos del sol… Pero los que hicimos posible ese amanecer ya no estaremos allí. Habremos sucumbido a la noche, o asistiremos al alba pálidos, exhaustos, deshechos por el combate”. En El maestro de esgrima no había lugar para la esperanza, por escasa que aquí parezca, sólo el desastre se reflejaba en las palabras de inspiración clásica que allí leíamos: “Nos encontramos en la última de tres generaciones que la Historia tiene el capricho de repetir de cuando en cuando. La primera necesita un Dios, y lo inventa. La segunda levanta templos a ese Dios e intenta imitarlo. Y la tercera utiliza el mármol de esos templos para construir prostíbulos donde adorar a su propia codicia, su lujuria y su bajeza. Y es así como a los dioses y a los héroes los suceden siempre, inevitablemente, los mediocres, los cobardes y los imbéciles”. Aquello estaba escrito en una época de bonanza y reflejaba los males que nos aquejaban entonces, mientras que esta novela de ahora está escrita en medio de una crisis, y refleja los males que nos aquejan ahora, y es que Reverte, a pesar de su condición de escritor de novelas de aventuras, para evadirse, siempre ha estado muy apegado a su tiempo temática y argumentalmente (aprovechando aniversarios, modas y demás), y no acostumbra a dejar de lado aquellas cosas que lo preocupan de la sociedad.

En definitiva, he disfrutado de la aventura, la filosofía (de los dos tipos, como dicen los personajes en París), e incluso del humor de la novela, una característica esta última creo que más acentuada que nunca. Pérez-Reverte me ha dado la satisfacción de reencontrarme con aquel novelista que me encantó de adolescente y al que hacía mucho tiempo que no veía. Y ni que decir tiene que les recomiendo encarecidamente su lectura, pues si bien no es ninguna obra maestra, es una obra de nuestro tiempo, y mientras vivamos en él (y no nos queda otro remedio) no tendrá menos valor que otras obras ya consagradas.

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Un comentario en “Hombres buenos

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