Giselle

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ADOLPHE ADAM, Giselle

El viernes pasado la Compañía Nacional de Ballet de China representó en la Universidad de Tsinghua la obra de ballet romántica Giselle que, con excepción de algunos detalles ajenos a la representación en sí, supuso dos horas de abandono sobre la butaca del teatro e inmenso placer.

La obra trata sobre la joven Giselle que se enamora de un desconocido que llega a su pueblo. El guardabosques, enamorado de Giselle, no soporta esto, y al descubrir que el desconocido es el príncipe, que ya está prometido a otra mujer, desvela toda la verdad, lo que provoca que la joven Giselle muera de pena. Por la noche el príncipe va a visitar la tumba de Giselle y es atrapado por los espíritus del bosque, antiguas muchachas que murieron antes de poder casarse, y que quieren hacerlo bailar hasta morir. Sin embargo el espíritu de Giselle le da fuerza para que sobreviva hasta la llegada de la mañana, cuando los espíritus desaparecen.

Como ya he dicho en anteriores ocasiones, poco puedo decir de la música, pues no soy ningún entendido (casi ni un aficionado), más allá de afirmar que me encantó. Y lo hizo. Y si a la música le añadimos la posibilidad de seguir la historia, que previamente había leído, por supuesto, y que es lo que a mí me tira y donde me siento más en mi ámbito, creo que la experiencia del ballet (el tercero al que acudo en mi vida, todo debo reconocerlo) fue maravillosa.

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Creo que a los espectáculos musicales hay que ir sin reloj. El mundo se ha vuelto desagradablemente rápido, todo lo hacemos pensando en lo siguiente que vamos a hacer, hasta el punto de que nos hemos vuelto incapaces de disfrutar de ninguna de nuestras actividades. Cuando trabajamos pensamos en el descanso, cuando descansamos pensamos en que tendremos que volver a trabajar, entre semana en el fin de semana y el fin de semana en el momento en que éste se acabará, durante el año en las vacaciones y en vacaciones en la vuelta al trabajo. Si estamos viendo una película ya estamos pensando en lo que contaremos de ella, incluso algunas personas no pueden esperar los minutos que los separan del final y se pasan todo el tiempo de metraje haciendo molestas conjeturas y obligando a uno a pensar en lo que no toca en ese momento. Empezamos a leer libros pensando el momento en que los terminaremos, y mucha gente mide la lectura por el número de páginas que le quedan y no por las que ya ha leído. No son pocos los que llevan esto al extremo, aplicándolo a la propia vida, y ponen más atención en el tiempo que les queda que en lo que han vivido hasta el momento (no se engañe nadie, no, pensando, que ha de durar lo que espera más que duró lo que vio). Las nuevas tecnologías nos obligan también a ello, ya sólo podemos ver como nuevo, como presente, lo que aún no ha llegado: en el momento en que podemos asirlo, ya es obsoleto, ya hay otra cosa por llegar y ya no interesa tanto. Hemos cambiado una actitud contemplativa (terrenal, no divina) por una anticipativa (tratando de alcanzar lo antes posible lo que ha de venir).

Y con esta actitud, pensando lo que va a durar la obra, lo que quiero hacer después, no puede disfrutarse ningún espectáculo musical. Ni de ningún otro tipo, aunque creo que musical menos que ninguno. Por eso digo que hay que ir sin reloj, de manera relajada y pensando que ahí es donde termina el día, nada queda después sino recordar con complacencia lo que vimos.

Y lo que vi en Giselle me encantó, aunque el exceso de bailarines solamente desfilando por el escenario al principio de la obra me hizo pensar que eso es lo que iba a tener todo el tiempo (maldito afán de anticiparnos a todo), gente que pasea con la música pero que no danza, pero eso cambió pronto, desapareciendo un vestuario que imposibilitaba el baile y cambiándose por otro más habitual de este tipo de espectáculos.

Una cosa me sorprendió. El segundo acto comenzaba con un baile de los espíritus del bosque, y la música se me antojaba bastante viva y animada, algo raro para tratarse de los espíritus de las doncellas que habían muerto sin la oportunidad de contraer matrimonio. Suponía yo que su situación sería mucho más triste o al menos tétrica (son fantasmas, al fin y al cabo), pero no lo parecía a tenor de la música, que era de lo más animada.

Quién sabe, puede que mi incapacidad para acudir al teatro, aquí en Pekín, termine por convertirme en un melómano.

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