Don Álvaro o la fuerza del sino

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DUQUE DE RIVAS, Don Álvaro o la fuerza del sino

Tras concluir la lectura de Don Álvaro… cabe hacerse una pregunta: ¿Debemos admirar esta tragedia por ser una obra maestra o por haber sabido disfrazarse de obra maestra a nuestros ojos? Me explico. Pocos nos atreveremos a restar mérito a esta historia que de forma tan profunda forma parte ya de nosotros, pero deberíamos al menos planteárnoslo: ¿Qué objetivo tienen en esta tragedia las jornadas segunda, tercera y cuarta, que nos presentan unos dilatadísmos acontecimientos que bien podrían haberse despachado con un breve diálogo al comienzo de la quinta jornada? A mi modo de ver, esta pregunta es la que engloba todo juicio que podamos hacer sobre Don Álvaro…, y de la respuesta que ofrezcamos dependerá enteramente nuestra valoración positiva o negativa.

¿Parece absurdo este planteamiento? ¿Dejar a nuestro capricho la supuesta calidad de la obra que nos traemos entre manos? Pues no lo es tanto, y sólo nuestra sensibilidad puede juzgarla. Si nos pegamos a la materia puramente dramática, está claro que Don Ávaro… presenta graves problemas. La primera jornada lleva a cabo una presentación de los acontecimientos bastante clásica, poniéndonos sobre aviso de los antecedentes de la historia y preparándonos para lo que vendrá a continuación, y todo sucede a buen ritmo, excepto al final, cuando todo se apresura en exceso y tiene lugar una escena que podría tildarse de ridícula, que provoca una cantidad tremenda de acciones en apenas unas líneas, y que desemboca en un final quizá demasiado abrupto.

Nada que achacar, de todos modos, a esta primera jornada. El problema empieza ahora. En toda la segunda jornada la ausencia de don Álvaro es absoluta: nuestro protagonista ha desaparecido, y se nos obliga a asistir a una relación de hechos por parte de unos desconocidos que jamás volverán a aparecer, seguidos de unos demasiado prolongados lamentos de Leonor, cuya sustancia podría resumirse en apenas ocho versos. Y para completar el cuadro, las siguientes dos jornadas nos muestran de nuevo otra historia aislada del resto y demasiado prolongada, de la que cualquier otro personaje nos podría haber dado relación a posteriori. La historia a la que asistimos no vuelve a su cauce hasta el comienzo de la jornada quinta, de una forma un tanto misteriosa.

Entonces, ¿qué es lo que tenemos entre manos? Podríamos pensar. ¿Una historia de dos actos con unos cuentecillos en medio para rellenar y completar así el tiempo de representación? Si tenemos en cuenta sólo la acción dramática, sí. Y por eso repito: nuestro criterio subjetivo es el que deberá juzgar esta historia, que es pobre y grandiosa a un mismo tiempo. Los tres actos intermedios son de una densidad más ideológica que dramática. En ellos se nos insiste en la idea del sino como fuerza inexorable que lo arrastra todo, y se nos presenta la religión como incapaz de hacerle frente: a lo largo de estos tres actos los dos protagonistas terminarán por acogerse a sagrado, pero ni la protección divina podrá librarlos de su destino impuesto por el hado. La insistencia en los motivos religiosos es constante, pero el hado vence. O al menos ésta es la interpretación que viene dándose, pero, ¿de verdad la religión se muestra tan incapaz frente al sino? Es extraño que esto suceda y no creo que así sea, pues mientras ellos cumplen con su responsabilidad religiosa nada malo les sucede, permanecen a salvo del sino; cierto que en una situación de irónica cercanía y desconocimiento, y renunciando a su amor, pero a salvo dentro de la religión. Cierto que don Alonso encuentra a don Álvaro, pero no osa tocarlo mientras éste mantenga sus votos (es un religioso), a pesar de sus insultos y provocaciones (¿no forma esto, acaso, parte de su penitencia?). Creo, más bien, que todo lo que aquí sucede viene a mostrarnos la debilidad de carácter de los protagonistas y cómo ellos, y no la incapacidad de la religión, que, mientras hace acto de presencia, mantiene su poder protector sobre la humanidad, son los últimos responsables de su recaída en las garras del sino.

Estas jornadas, en suma, nos vienen a mostrar no la tan repetida impotencia de la religión, sino su capacidad para mantener a salvo a los hombres de todo mal, y cómo nos perdemos al traicionarla. Nada malo le sucede a don Álvaro mientras mantiene sus votos; es al recoger el desafío de don Alonso cuando se pierde, al igual que fue al recoger el desafío de don Carlos cuando se perdió antes y dio al traste con su carrera militar traicionando su comportamiento de recto caballero. También Leonor se mantuvo a salvo durante seis años mientras cumplió su penitencia, e incluso habría alcanzado el grado de la santidad, pero rompe su promesa de dar la espalda al mundo y a cuanto en él suceda para dedicarse a la vida contemplativa de Dios al abrir la puerta de su ermita y desencadenar de ese modo la tragedia.

Pero siempre cabrá preguntarnos si, a pesar de que estas escenas sí tengan un propósito real en la obra, ¿no podría haberse presentado de una forma más integrada en el conjunto? La respuesta es burda por evidente: por supuesto que sí. Pero Saavedra prefirió no hacerlo, prefirió ralentizar hasta el punto de casi detener la acción de la obra para trabajar estos motivos y dudo mucho que fuera por impericia. No podemos averiguar ya sus motivos, pero estos produjeron una historia que (y aquí de nuevo nuestra subjetividad), mientras para unos flaquea por mostrar una línea de acción tan irregular, para otros funciona y nos acerca a los personajes y a su historia.

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