En la ardiente oscuridad

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ANTONIO BUERO VALLEJO, En la ardiente oscuridad

Poco tengo que decir de esta obra de Buero Vallejo que no resulte evidente para todo el mundo: un grupo de ciegos, que evidentemente tiene unas condiciones de vida diferentes a las del resto de la gente debido a su discapacidad, se empeñan en vivir en el interior de un colegio exclusivo para ellos negando su descapacidad e ignorando lo que hay fuera, empeñados en que su situación es lo normal en cualquier lugar y que nada tienen que envidiar a quienes pueden ver. La relación con la España de la dictadura en que la obra se escribió es evidente, con una población empeñada en que la situación del país era de absoluta normalidad y negándose a ver que no era así, que en el extrajero la vida era diferente y se disfrutaba de una serie de derechos con los que ni podía soñarse disfrutar en la España franquista. Entre el elenco de personajes, y siendo muy básicos, los tenemos de cuatro tipos. Están los que viven felices negando la realidad, que vendrían a ser todos los ciegos del internado, incluyendo a su director, quien se empeña en mantenerlos en el engaño (Carlos), quien intuye que su situación no es en absoluto de normalidad (este sería Ignacio), y quien conociendo ese otro mundo que es el de la verdadera normalidad en el que viven todos los que están fuera de ahí, permanece en él y además no hace nada para sacarlos de su error (doña Pepita).

Las implicaciones filosóficas de la obra son evidentes, pues no basta quedarse en la exposición, hay que echarle un ojo al desarrollo. Todo es idílico en el colegio de ciegos hasta que alguien postula algo diferente, y ese algo no sólo hace que los ciegos ya no se sientan tan cómodos con su situación como antes lo estaban, sino que hace tambalearse el poder establecido. Hasta ese momento había un gobernante casi en la sombra (el director), pues poco intervenía en la vida de los ciegos, aunque es curioso ver cómo el artífice de todo eso tampoco es capaz de ver que existe un mundo más allá que ese que él ha creado (parece que para poder gobernar de forma injusta hay que creerse la propia injusticia). Sin embargo su filosofía de vida era convenientemente aplicada por Carlos, que era quien ejercía el mando, quien se veía en la necesidad de mantener el sistema para no perder la situación privilegiada en la que se encontraba. Cuando alguien se da cuenta del engaño del mundo en el que viven y pretende hacerlo público, el primer paso es hacer notar su error, el segundo ridiculizarlos para intentar que sus ideas no prosperen y el tercero eliminarlo.

Doña Pepita, al tanto de todo, jamás hará nada al respecto, como fiel reflejo de tantos supuestos intelectuales, gente supuestamente instruida, incapaces de cumplir con su obligación de alzar la voz, viviendo a expensas del poder establecido, se me ocurren unos cuantos nombres aunque no daré ninguno, estoy seguro de que todos tienen los suyos propios en la cabeza.

No menos interesante resulta el desarrollo dramático de la obra, construido a base de simetrías entre las escenas y apoyado por los recursos de luz y oscuridad que ese universo de ciegos proporciona.

Pero lo que en realidad me interesa es una lectura profundamente personal, aplicada a la realidad en la que vivo. Hace poco tuve la oportunidad de releer En la ardiente oscuridad con un grupo de universitarios chinos. Llevé la obra a la clase, para comentarla, de manera muy intencionada, aunque me abstuve de dar ninguna interpretación que no señalara directamente a la dictadura franquista. Pero la obra de Buero Vallejo no es tan exclusiva de una época y un país determinados, sino mucho más universal, y mis alumnos, despiertos ellos y también críticos (afortunadamente, pues es difícil dar con un grupo que practique la autocrítica como éste lo hizo), en seguida pusieron sobre la mesa el paralelismo que esta historia mostraba con la situación actual de China (menos mal que en las aulas de la universidad hay cámaras pero no micrófonos). De hecho lo que yo les conté en un principio sobre la dictadura en España y la visión del exterior que se tenía era sólo teoría para ellos, pero todo cuadraba demasiado exactamente con el mundo en que vivían (con excepción de la palabra dictadura, que no encaja en su manera de ver el gobierno del partido comunista, aunque no voy a entrar en eso, pues habría que explayarse mucho). Todos reconocían en los ciegos a la población china, en Carlos a los intelectuales del partido (me dieron varios nombres que no he sido capaz de retener), y en doña Pepita a una gran cantidad de población joven despreocupada de la política y a la que sólo le interesa su propio bienestar. Y es que China no difiere mucho del colegio de ciegos propuesto por Buero Vallejo, pues cuenta con una mayoría de población que no sólo no ve que la situación social dista mucho de ser normal, sino que además tiene voluntad de no verlo.

¿Podría decirse que los ciegos son también como los chinos ahora?, fue la pregunta que desató la discusión. También fue la última obra que discutimos durante el curso, y me alegró que profundizaran más allá de la mera historia o de la interpretación literaria, aportando una visión personal del asunto.

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