Todos estábamos a la espera

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ÁLVARO CEPEDA SAMUDIO, Todos estábamos a la espera

Resulta difícil comentar algo coherente de esta colección de cuentos, y lo digo porque en realidad no sé qué decir de ella. Lo seguro es que me ha encantado, pero expresar de forma lógica el porqué se me hace más difícil.

Nunca había leído a Samudio y, tras hacerlo, la verdad es que no sé muy bien por qué no lo había hecho, pues ha supuesto algo más que una muy grata sorpresa. El libro es una colección de cuentos organizados de una manera un tanto especial, con dedicatorias y frases ajenas que, si bien habitualmente suelen ser algo decorativo, que pretenden darnos alguna pista sobre el tema de lo que vamos a leer o sobre las fuentes de las que bebe lo escrito, aquí forman parte de lo que se cuenta, contribuyen a crear cierta atmósfera, por lo que, si pueden leerse en el inglés original en el que aparecen, muchos mejor que leer sus traducciones. De ese modo la colección de cuentos se convierte en algo escrito en dos lenguas. Los cuentos propiamente dichos en español (aunque un español salpicado de anglicismos), y los textos formados por citas y extractos que aparecen a veces sí y a veces no entre ellos en inglés.

Pero entrar en las historias que narra resulta complicado, porque si bien la ambientación en los Estados Unidos de la primera mitad del siglo XX resulta maravillosa (casi puede sentir uno que está viendo una película urbana en blanco y negro de aquella época), seguir el hilo de lo narrado no es tan sencillo. Y no por una retórica complicada, más bien por todo lo contrario. Su estilo es sencillo, pero la búsqueda de la sencillez lo lleva a eliminar todo aquello que no sea absolutamente necesario. Desaparecen todas las descripciones innecesarias, y por innecesarias me refiero a todas aquellas que pudieran dar información que no se ajustara con exactitud a la acción que se nos presenta: no necesitamos saber el pasado de alguien si no se trata de algún momento puntual irrenunciable para la historia, no necesitamos conocer su físico si este no va a funcionar como motor de la acción, no necesitamos saber cómo viste alguien si su ropa no es un factor relevante, no necesitamos conocer el escenario en que los personajes se mueven con detalle, sino tan sólo aquellos elementos que intervienen en el cuento. Todo lo demás puede suponerse, el lector puede rellenar unos huecos que, de escribirse, sólo servirían para rellenar líneas y que no aportarían nada decisivo. También desaparecen los narradores que saben más de lo que sucede (no sólo los omniscientes, sino de cualquier tipo que pudiera aportar más información de la dada), puesto que sólo importa lo que sucede.

El afán parece puesto en ofrecer una narración desnuda, desprovista de toda arquitectura exagerada, pero aún así y todo muy cuidada, sin resultar tosca en absoluto. He de reconocer que en los primeros relatos pasaba más tiempo concentrado en no perderme nada por el camino (porque, puesto que nada sobra, un segundo de despiste supone perder el hilo de la historia), pero lo cosa cambió a partir de Un cuento para Saroyan, mi favorito de entre los que componen el volumen. El cuento trata sobre la literatura, o más bien sobre los libros, sobre ese afán coleccionista que algunos tenemos y sobre nuestra necesidad de poseerlos, cómo no nos basta un volumen prestado en una biblioteca porque, como dice el protagonista el autor “agrega páginas y personajes a sus novelas cuando uno no lo está viendo”, y ese es el motivo de que al leer un libro por segunda vez uno encuentra cosas nuevas, diferentes a las que había encontrado la primera vez. Ese es el motivo de que no nos gusten los libros de la biblioteca: en un libro que no podemos conservar el autor no se va a molestar en agregar cosas nuevas, puesto que no vamos a volver sobre él. Personalmente creo que nuestro afán coleccionista tiene bastante que ver con esto, con volver sobre los libros que ya leímos una vez, a pesar de saber cuán pocas posibilidades hay de que lo hagamos. Pero tampoco hace falta releer el libro entero: todos tenemos fragmentos a los que volvemos una y otra vez, y cada vez que lo hacemos nos proporcionan una sensación diferente.

Dicho lo dicho, este es un libro para releer, al menos una vez, pues difícil me parece exprimirlo del todo en la primera lectura.

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