Las amistades peligrosas

Amistades_peligrosas

PIERRE CHODERLOS DE LACLOS, Las amistades peligrosas

Libro entregado con El País el 10 de mayo de 2015 en su colección de novela erótica de La sonrisa vertical.

La marquesa de Merteuil quiere vengarse de un amante que osó abandonarla, el conde de Gercourt, y para ello quiere seducir a su jovencísima y virgen prometida, Cecile de Volagnes, que acaba de salir del convento para casarse con él. Para ello pide ayuda la vizconde de Valmont, pero este se niega aduciendo que tiene otro reto más interesante entre manos que el de seducir a una jovecita inexperta: conseguir que madame de Tourvel, mujer casada y ejemplo de virtud en la sociedad parisina, acabe suspirando de amor por él de tal manera que le resulte imposible resistirse a lanzarse a sus brazos. Ante la negativa de Valmont, la marquesa de Merteuil decide intentar lanzar a la joven Cecile a los brazos de su joven profesor de canto, el caballero Danceny, que, igual de inexperto, suspira de amor por ella. Al mismo tiempo, divertida por lo que considera una peregrina ocurrencia amatoria de Valmont, decide apostar con él su propio cuerpo a que no conseguirá su objetivo. Sin embargo las cosas se tuercen para Valmont cuando descubre que madame de Volagnes ha advertido a madame de Tourvel sobre él, por lo que decidirá vengarse de ella aceptando el encargo de la marquesa de Merteuil de seducir a su hija.

No avanzaré más sobre el argumento, porque sería entrar en el crimen de destripar el final de la novela, aunque dudo que a estas alturas quede alguien todavía sin saber cómo acaba la cosa por alguna de sus adaptaciones cinematográficas, bien sea la magnífica Las amistades peligrosas de Stephen Frears, la algo sosa Valmont de Milos Forman, o la a ratos inverosímil Crueles intenciones de Roger Kumble.

Se trata de una novela epistolar, cuyo tono recuerda en ocasiones a las cartas que Mina Murray y Lucy Westenra se dirigen la una a la otra en Drácula, sobre todo las de carácter amoroso. Pero lo más interesante de las cartas es cómo nos permiten adentrarnos en la psicología de los personajes y sus muchas máscaras por nosotros mismos, sin un narrador intermediario que necesite explicarnos sus actos ni exponer sus pensamientos. Vemos cómo sus voces cambian dependiendo de sus objetivos y según sus interlocutores, y es sólo tras la suma de todas las conversaciones epistolares cuando podemos saber cómo es cada uno. Las cartas dirigidas a un solo personaje nos dan una visión engañosa de quien la escribe. Por ejemplo, si tan sólo leyéramos las cartas de Valmont a la marquesa de Merteuil, diríamos que son colegas de hazañas sin sentimientos, si leyéramos sólo las que escribe a madame de Tourvel, diríamos que es un romántico enamorado de esos que tanto sufren por amor, y si leyéramos las que escribe a Cecile de Volagnes o al caballero Danceny, diríamos que es una especie de justiciero tratando de ayudar siempre a sus semejantes. Sólo al leerlas todas y contrastar unas con otras podemos hacernos una imagen completa de Valmont, y no sólo eso, sino que podemos observar, sin que se nos diga explícitamente, cómo los intereses que lo movían en un principio van dejando paso a otros bien diferentes. Y lo mismo puede decirse del resto de personajes, cuya evolución es clara, aunque debamos deducirla a través de la lectura de aquello que ellos deciden dejar ver a quien escriben en cada ocasión, una imagen falsa de ellos mismos cada vez, que nosotros, como lectores, únicos con la información completa, podemos unir a las anteriores que ya hemos leído y conocer así con exactitud al personaje que todos los demás personajes en realidad desconocen.

Normalmente se hace, creo, un excesivo énfasis en la crítica que esta novela lleva a cabo sobre el libertinaje en la sociedad francesa de finales del siglo XVIII, pero a mí no me parece que exista una evidente intención de denunciar ningún estado de depravación sexual y libertinaje, pues eso supondría una defensa de los valores tradicionales, y tanto una cosa como la otra salen bastante mal paradas en la novela. Los libertinos no son los héroes, sino los villanos de esta historia y, al mismo tiempo, los puritanos no dejan de ser víctimas a las que deseamos ver caer en las garras de los primeros. Hacia donde realmente se dirige la crítica es hacia ese juego de falsas apariencias necesario para que todo esto se produzca, un juego de falsedades del que, al dejarse arrastrar por la historia, el lector también participa. Todos los personajes tienen dos caras, como mínimo, que muestran a su conveniencia, quedando la moralidad relegada a algo falso, puramente social, que no interesa al individuo en tanto que virtud personal, sino tan sólo como apariencia social: la rectitud de cada uno bien poco importa siempre y cuando nuestros deslices no lleguen a oídos de los demás. Algo que viene dándose a lo largo de toda la historia de nuestras sociedades y de lo que no estamos libres de culpa hoy en día.

El juego de la novela es muy sencillo en realidad. Lo normal es que veamos en nosotros mismos a actores sociales que se guían correctamente, ninguno de nosotros es un villano, y como personas rectas que somos vemos con facilidad la perversidad de Valmont y Merteuil y la censuramos. Pero al mismo tiempo, conforme avanzan los hechos, nos recreamos en sus victorias y disfrutamos cada vez que consiguen perder a uno de los “buenos”. No sólo eso, sino que además, a pesar de apoyarlos inconscientemente, nos alegramos cuando reciben finalmente su merecido, convirtiéndonos de ese modo, como lectores, en aquello que la novela crítica: la falsedad, el cinismo, la hipocresía. La cosa queda bastante clara con una burla que se hace de la marquesa de Merteuil al final de la novela, valiéndose de un juego con su doble rostro, y que nos deja con la duda de a cuántos podría serles aplicable (sin duda a quien lo dice), y hasta qué punto deberíamos aplicárnoslo a nosotros mismos: “El marqués de… que no desperdicia ocasión de lanzar un chiste, decía ayer que la enfermedad la había transformado, y que ahora es cuando tenía el alma en la cara”.

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