Misterioso asesinato en casa de Cervantes

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JUAN ESLAVA GALÁN, Misterioso asesinato en casa de Cervantes

Pues este ha sido el flamante ganador del Premio Primavera de Novela 2015, y la verdad es que el resultado no está nada mal. No se trata de una novela que vaya a meter a su autor en la historia de la literatura de los próximos 400 años, pero no sólo de obras maestras se sacia nuestro apetito de ficciones, y siempre he creído que a una historia hay que exigirle un mínimo (que sea interesante, que esté bien contada y poco más), y que todo lo que lo sobrepase, pues bienvenido sea, aunque no es indispensable. En ese terreno se mueve esta novela de Eslava Galán. Sin duda es interesante y sin duda está bien contada. Incluso nos ofrece alguna que otra enseñanza moral que parece que no terminamos de aprender, además de resultar toda una delicia para aquellos apasionados de la época en la que suceden los hechos.

El título de la novela puede llevarnos a engaño, pues en absoluto es el insigne manco su protagonista, sino que más bien sirve de anzuelo para atraer al lector a la España del Siglo de Oro. En la historia aparece un muerto en la puerta de la casa en la que vive Cervantes con sus hermanas en Valladolid, por lo que las sospechas de asesinato recaen sobre ellos, que son puestos a disposición de la autoridad. La duquesa de Arjona, admiradora del escritor y convencida de su inocencia, contrata a una pesquisidora, doña Dorotea, para que no sólo pruebe su inocencia, pues eso no eliminaría los rumores de culpabilidad, sino que encuentre al verdadero asesino. Así pues, el verdadero protagonista de la historia no será don Miguel de Cervantes, sino doña Dorotea cuyas averiguaciones y ardides iremos siguiendo a lo largo del relato.

Para conseguir sus objetivos, y debido a las limitaciones de una mujer en la época, Dorotea toma en ocasiones el hábito de Teodoro, lo que le permite moverse con libertad en el mundo de los jaques, al que una dama jamás podría acceder. Pero he dicho antes que los amantes de esta época disfrutarían aún más de esta lectura, y lo he dicho por la recreación no sólo histórica, sino también literaria que Eslava Galán lleva a cabo en sus páginas. Y es que el de la mujer que se disfraza de hombre para poder llevar a cabo acciones que como mujer le estarían vedadas es una figura muy típica, sobre todo en el teatro de la época. Les recomiendo echar un vistazo a uno de mis favoritos en este aspecto, Don Gil de las calzas verdes, de Tirso de Molina, una obra que juega sin cesar con este cambio de sexo del personaje principal. Además, uno de los motivos para estos disfraces en los que las damas tomaban prendas masculinas eran de índole erótica, lo cual queda bastante difuminado en esta novela (lógico, puesto que no es una representación), pues los hombres podían ver sobre el escenario la forma de las piernas de la mujer, acostumbrados como estaban a que éstas quedaran ocultas bajo las amplias faldas.

El lenguaje de la época también está muy bien conseguido, con muchos giros, expresiones y vocabulario áureos, pero no imitándolo sin más, sino más bien adaptándolo a nuestra realidad. Personalmente otorgo un gran valor a esto, pues la simple imitación del lenguaje literario de los siglos XVI y XVII habría dado una novela del todo fuera de lugar, ajena a los lectores actuales. Que nadie se engañe, lo que podemos leer aquí no es la forma de expresarse de entonces, sino una muy actual pero perfectamente maquillada para evocarnos la época en la que se suceden los acontecimientos. Algo parecido es lo que hace Arturo Pérez-Reverte con su Capitán Alatriste, pero hay que reconocerle a Eslava Galán habernos ofrecido una recreación mucho más conseguida que la de Reverte, que casi se limita a ir introduciendo expresiones que suenan a viejo de vez en cuando.

Y hablando de Alatriste (que, nos guste o no, forma ya parte del imaginario colectivo de los españoles del siglo XXI y se ha colocado como un personaje más de nuestra cultura actual por derecho propio), también él tiene cierta presencia en el libro que nos ocupa. Si no es pensando en esa serie de aventuras, no puedo entender un personaje como el de Muzio Malatesta, italiano, experto en la verdadera destreza, que a veces acepta encargos de lances para bañar su espada en sangre y que se mueve entre el terreno del honor y la traición. Incluso su apellido lo delata. Parece una especie de alter ego de Gualterio Malatesta.

Queda espacio también para las disquisiciones de orden moral, que, como no puede ser de otro modo en una novela ambientada en esta época, deben tratar sobre los males que aquejan al país. Podemos leer: “Los oficios se reputan como innobles e indignos de hombres libres, por cuya causa abundan tanto los holgazanes y las malas mujeres, además de los vicios que a la ociosidad acompañan. El noble quiere vivir de sus rentas; el pechero que nada tiene, queriendo subir de estado, abandona el campo y viene a la ciudad […] Incluso los que trabajando mejoran, en cuanto juntan suficientes dineros compran hidalguías y casan a sus hijos con nobles de más linaje para que sus nietos no tengan que trabajar, y así, en cuanto pueden, liquidan los negocios para vivir noblemente de las rentas […] Por otra parte, en esta casa fatigosa nuestra de España hay tan gran suma de hijosdalgo, monasterios, clérigos y otras personas de orden, libres de pagar tributos, que necesariamente todo el peso del mantenimiento del reino descansa sobre los débiles lomos de unos pocos, los cuales lo tienen a maldición y sólo sueñan con pasarse al número de los que viven de rentas”. No me digan que no ven en estas pocas líneas un vivo reflejo del país que actualmente tenemos. Sólo hay que hacerle algunos pequeños arreglos a los términos necesariamente anticuados que en ellas aparecen. Pero como casi siempre sucede, supongo que nos quedaremos mirando al dedo.

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