La Celestina

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FERNANDO DE ROJAS, La Celestina

Si tenemos en cuenta que la perfección dramática debería acompañar a toda obra maestra del género, no podríamos nunca incluir dentro de su número a La Celestina, debido a los varios rápidos cambios de dirección en su argumento. Sin embargo, ¿de verdad puede cortarse una obra iniciática de la literatura en una lengua por los mismos patrones que aplicamos al teatro moderno? Dos son los posibles atentados contra la maestría de la obra: en primer lugar, el velocísimo cambio de actitud de Melibea con respecto a las pretensiones de Calisto y, en segundo, la extraña intrusión de los cinco actos que conforman el llamado Tratado de Centurio, y que parecen encaminados a un mero alargamiento del entretenimiento.

Con respecto al primero de los fallos, para verlo como tal hemos de asumir que Melibea no estaba enamorada de Calisto desde el primer instante, que verdaderamente lo desdeñaba y que es Celestina quien la hace cambiar de opinión. Rechazar esta idea sin duda restaría fuerza al personaje de la alcahueta como aquel que mueve todos los hilos en la obra, alguien con un conocimiento tan profundo de la condición humana que todos quedan atrapados en sus redes. Esto la convertiría en una oportunista a la que acompaña la suerte pero… ¿no puede acaso ser así? Creo yo que Celestina es más viva que sabia, y que su astucia reside más en saber aprovechar la situación que en una verdadera manipulación de quienes la rodean. No creo que ella mueva al amor a Melibea pues, ¿no dice ella, animando a su enamorado, nada más comenzar la obra, “aún más igual galardón te daré yo si perseveras”, animándolo de esta manera en sus labores amorosas? Melibea, pues, no cae en las redes de Celestina, tan sólo ve el momento adecuado para dejarse llevar por su pasión amorosa. ¿Por qué. si no, habría introducido el autor del primer acto una manifestación de su pasión tan temprana que roza el ridículo dentro de la convención, si no era para volver adestaparla más adelante? Por desgracia esto no pasa de ser una suposición, pero, si hemos de creer la versión de Rojas sobre la concepción y escritura de la obra, parece que él también opinó así, pues tarda bien poco en sacar a la luz la buena disposición de la dama.

No olvidemos que la presentación de todo cuanto sucede está llena de ambigüedades, lo que hace tan interesante la obra. Vayamos con los problemas que estas ambigüedades producen, principalmente con los personajes de Celestina y Melibea. Tenemos tres opciones para entender el cambio en la actitud de la dama. La primera, por la que yo me decanto, que ella ya estaba enamorada de Calisto, pero se debía a la convención de resistencia proveniente del amor cortés, resistencia que enseguida abandona al ser más proclive al disfrute que a la virtud. La segunda, que la labia y el saber hacer en su oficio de Celestina vence su resistencia, dejando esto a Melibea como una tonta, aunque de esto último no tenemos ninguna duda, así que la no aceptación de esta posibilidad no implica que no lo sea. La tercera implica magia. Celestina es presentada como una bruja y la descripción que se hace de su laboratoria es muy seria y pormenorizada. No cabe duda de que ella se toma muy en serio su condición de bruja pero, ¿también lo hace así Rojas? No es ninguna locura asumir que Fernando de Rojas fuera supersticioso y que tuviera por bien reales la existencia de las brujas y de sus tratos con el demonio, y si es así también es probable que Celestina de verdad hechizara a Melibea. El rápido cambio de Melibea y todo el proceso del hechizo ha hecho a muchos críticos desdecir de La Celestina como una obra maestra al necesitarse de tal Deus Ex Machina para echar todo a rodar desde un principio. No creo yo que esto le quite maestría la obra. Si así fuera habría que echar por tierra la mitad de las tragedias de Shakespeare: el fantasma del padre pidiendo venganza a su hijo en Hamlet, las brujas diciendo qué debe hacer a MacBeth, Ricardo III contando al auditorio lo malo que es…

El segundo de los fallos antes comentado sí me parece que debe tenerse en cuenta para la inclusión o no de La Celestina dentro del número de las obras maestras. Hemos de tener en cuenta que en la primera redacción de la obra Calisto moría justo después del primer encuentro sexual de los amantes, y en esa situación tiene más sentido la queja de Melibea: “¡Tan tarde alcanzado el placer, tan presto venido el dolor!” Así pues, tras todo el proceso para alcanzar el objetivo de los dos amantes, y recién acontecidas las muertes de Celestina, Pármeno y Sempronio, la tragedia se precipita de modo inevitable. Sin embargo, con la introducción, años después, del llamado Tratado de Centurio, se producen dos fallos dramáticos de vital importancia. El primero de ellos consiste en que la resolución en tragedia de todo lo acontecido queda aplazada, haciendo de ese modo que la acción dramática se resienta, para aportar unos capítulos sin los que la obra habría pasado perfectamente. Esta costumbre de añadir fragmentos extra a una obra teatral para dar mayor contento al público estaba muy extendida en la época, pero resulta extraño que sea el propio autor quien lo haga. Durante el Siglo de Oro, solían ser los propios autores de comedias (quienes dirigían las compañías teatrales) quienes aumentaban la extensión de las partes que más gustaban al público, para así obtener mayores beneficios. Estas acciones, si bien solían ser monetariamente beneficiosas, no lo eran tanto en la versión artística del negocio, pues solían dañar en gran medida las obras. Y eso es lo que sucede con La Celestina: los capítulos añadidos muestran escenas de las que gusta el público que, tomadas de forma aislada son divertidas y muy interesantes, e incluso revisten gran interés para entender la psicología de los personajes secundarios, pero en el conjunto de la obra la hacen perder fuerza.

El segundo consiste en la introducción del propio personaje de Centurio, que nada aporta a la trama, pues tan sólo repite patrones que ya habíamos observado con anterioridad en los otros personajes, por no hablar de que queda aislado de todo el argumento principal, lo que atenta contra su unicidad.

Pero… ¿hace todo lo dicho que La Celestina pierda su categoría de obra maestra. Yo creo que no, o al menos no si tomamos los capítulos de Centurio como un añadido. La obra sin este extra resulta perfecta, se tome como se tome el rápido giro de Melibea: resulta difícil apearla del su escalón en el podio que ha sabido ganarse con el paso del tiempo.

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