La dama duende

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CALDERÓN DE LA BARCA, La dama duende

La dama duende constituye un fabuloso juego de ingenio encaminado a conseguir la risa mediante motivos tópicos, pero sin caer en lo repetitivo. Incluso hoy en día, nada resulta sorprendente por novedoso entre los mecanismos de la obra, pero nada resulta tampoco aburrido por ya visto, consiguiendo mantenerse fresca tras casi ya 400 años de vida. Y no puede dejar de sorprendernos el hecho de que, tras tanto tiempo, una estructura y unos motivos cómicos tan propios de su época continúen vigentes y provoquen aún vivas carcajadas al ser representados.

Toda la representación consiste en un juego de equívocos, de personajes que creen una cosa cuando en realidad es otra, mientras el espectador permanece al tanto de todo. Y todo funciona como un mecanismo de relojería, hasta el punto de que cualquier intento de desentrañar su funcionamiento terminará indefectiblemente en un resumen detallado, paso a paso, de su argumento. Así pues, deberíamos centrarnos en su representación.

Tres suelen ser las maneras en las que habitualmente se acercan las representaciones al teatro aúreo y, si se me permite, dos de ellas andan bastante erradas. La primera consiste en una recitación de estilo decimonónico de los versos, una manera de expresarse en exceso cantarina y carente de alma en la que, sí, se aprecia sobremanera la sonoridad de la poesía, pero da la sensación (y juraría que no sólo la sensación) de que quien recita no comprende lo que está diciendo, tan sólo reproduce una serie de sonidos que previamente ha memorizado en un orden.

La segunda consiste en una representación bastante comedida, podríamos decir realista. No sé si en el siglo XVII se representaba de esta manera (aunque lo dudo debido a las condiciones que se daban en los corrales de comedias), pero dado lo ajeno de las situaciones representadas a nuestra mentalidad actual, no creo que este modo sea tampoco el más adecuado. Todo lo que vemos sobre escena nos resulta ajeno y extraño, y esta técnica pausada y moderada busca la naturalidad, y la propia acción dramática que se nos ofrece ya no nos resulta natural, así que tenemos un choque de elementos, pues lo que funciona en el teatro actual no tiene necesariamente que funcionar en el teatro clásico.

La tercera se basa en la actuación exagerada sobre el escenario. No exageración en la pronunciación de los versos, sino en la actitud, en los gestos, en la entonación de las emociones, creando así unos personajes casi ridículos que resultan de lo más efectivos para nuestros propósitos cómicos (habría que matizar esto en la tragedia, por supuesto). Este último método, creo yo, es el que sacaría mayor partido de la puesta en escena de La dama duende, una comedia en la que todo es exagerado y ridículo desde la primera escena hasta el final. Tomemos cualquiera de sus aspectos, los lances de honor, por ejemplo, con sus motivos tan razonados en exceso que resulta imposible tomarlos en serio, aun cuando deberían casi asustarnos. Tomemos las actuaciones de las damas, con diálogos explicativos en los que ellas mismas deslizan veladas burlas a sus motivaciones. Tomemos cada una de las palabras que pronuncia Cosme a lo largo de la obra. Nada de lo mencionado da lugar a la moderación y sería un error tratar de introducirla, así que demos rienda suelta a los excesos, que es lo que acomoda a la situación.

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