Mary Poppins

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P. L. TRAVERS, Mary Poppins

Hace unos días vi la película Al encuentro de Mr. Banks, que narra las vicisitudes para conseguir llevar a la gran pantalla la novela de la escritora británica P. L. Travers, Mary Poppins, por parte de Walt Disney. En la película nos cuentan una versión un tanto edulcorada de cómo acabó el asunto, pues si bien la Travers de la película, a pesar de sus muchas negativas al principio y todavía más pegas durante la adaptación (que si no podía ser un musical, que si no podía haber animación, que si Mary Poppins era demasiado fantasiosa, que si Mr. Banks no se preocupaba por sus hijos… al parecer acabó perdiendo todas las discusiones), acaba por estar bastante contenta con el resultado final de la película que Walt Disney había basado en su novela. Y nada más lejos de la realidad, pues la película que todos conocemos no hizo ninguna gracia a la británica, hasta tal punto que se encargó de que Disney no pudiera rodar ninguna otra película con las otras novelas de la saga de la niñera mágica, cosa que, por otro lado, a los telespectadores nos vino de primera, pues permitió que la cosa acabara donde debía y no nos asaltaran con mil continuaciones, que ya hemos visto demasiadas veces cómo terminan.

El asunto es que tras ver la película me entraron ganas no sólo de volver a ver Mary Poppins, sino de leer la novela infantil en la que estaba basada, de cuya existencia, dicho sea de paso, ni siquiera sabía nada. Así que la leí, y tras leerla me alegré muchísimo de que Walt Disney no hiciera ni caso de las exigencias de la señora Travers: la historia con la que muchos nos entusiasmamos de niños habría salido muy perjudicada. La novela infantil (con mi afán completista presumo que tarde o temprano tendré que leer las cuatro restantes) resulta bastante sosa. La magia de la película de mi infancia no existe, y cuando aparece lo hace de una manera que podríamos decir que es bastante sosa. Durante toda la nueva película un Tom Hanks – Walt Disney nos cuenta lo muchísimo que su hija se había entusiasmado con la lectura de las aventuras de la niñera mágica de P. L. Travers, así que con la idea de la película de 1964 en la cabeza, comenzaba a arder en deseos de leerla. Pero la decepción fue bastante grande. No es que la novela sea mala, porque no lo es, pero no alcanza ni por asomo las cotas de ilusión experimentadas frente a la pantalla.

La verdad es que son bastantes los cambios introducidos en la película. Para empezar, y lo que más decepción produce (recordad que esta es la impresión de alguien que no conoció a Mary Poppins en el papel, sino en la pantalla), es que la niñera es bastante antipática. Es toda una institutriz inglesa, más parecida a la que renuncia a su trabajo en las primeras escenas de la película que a la que interpreta Julie Andrews, contratada más por sus bajos honorarios, pues la familia de la novela no es adinerada como la de la película (cosa que también molestó a Travers), que por… lo cierto es que en la película tampoco me queda muy claro por qué la contratan. Este personaje no es capaz de ganarse la simpatía de ningún lector, o al menos eso me parece, no entiendo cómo alcanzó tal repercusión cuando fueron publicadas sus aventuras.

Además, el maravilloso personaje del deshollinador interpretado en la película por Dick Van Dyke, del que tan grato recuerdo tenemos, no tiene ni de lejos la importancia que tenía en la película. Y los niños que Mary Poppins debe cuidar son cuatro, no dos. Y la casa es un adosado de ladrillo, de esos tan comunes entre las familias de clase media en Inglaterra, no una mansión. Por no hablar de ese soso final que ni siquiera parece un final en la novela.

La novela está organizada en capítulos que suponen aventuras individuales e independientes, muy al gusto de las novelas infantiles del momento, una estructura no muy diferente de la que nos ofrecía Guillermo el travieso de Richmal Crompton, o algunos de los libros de Enid Blyton. Con lo cual, lo que ofrece son eso, pequeñas aventuras, no una única y bien elaborada, que es lo que pedimos en estos tiempos, aunque esto es tan sólo un cambio en los gustos de la época.

Pero parece que, al contrario de lo que algunos suelen hacer a menudo, que es juzgar una película por sus diferencias con la novela, yo esté juzgando la novela por sus diferencias con la película. Nada más lejos de la realidad. Lo que me interesa es dejar claro ciertos puntos que me parecieron muy acertados en la adaptación cinematográfica, y que son precisamente los que no gustaron a la escritora. Es decir, todo aquello que se alejaba de lo que exactamente contaban las páginas de la novela y que para Travers suponían todo lo malo de la película, mientras que para mí, como espectador, supusieron todo lo bueno, todo lo que recordé una y otra vez durante mi infancia. Y es que este es un mal que aqueja a muchos escritores que venden sus historias a la industria cinematográfica, que no se dan cuenta de que lo que ellos escribieron era una novela y lo que ahora va a rodarse es una película, géneros que de ninguna manera pueden contar la historia de la misma manera, y la prueba está en que en muchos de los casos sus destinatarios no son los mismos, pues si lo fueran, el número de lectores sería exactamente el mismo que el de espectadores, y si acudimos a las encuestas sobre lectura que se publican todos los años está claro que esto no es así.

Un afán por tener controlada en todo momento la historia que ellos escribieron en un momento dado parece aquejar a casi todos los novelistas que venden sus novelas al cine. Y cuando lo consiguen padecemos auténticos plomazos y sinsentidos, como El guerrero número trece, en la que Michael Crichton llegó a echar al director McTiernan, la televisiva y carente de interés El resplandor, con Rebecca de Mornay, cuyo único punto a favor es que reproduce la novela casi letra a letra, o todas y cada una de las películas sobre las novelas de Harry Potter, que suponen un crimen contra el ritmo narrativo a favor de que aparezcan un montón de tonterías mágicas sobre el colegio ese de los magos. Los novelistas parecen no entender que si bien la novela era suya, era su obra de arte, la película no lo es, pertenece al director, que no sólo sabe mejor que ellos lo que cuadra en una película y lo que no, sino que además puede querer utilizarla para contar algo bien diferente de lo que su autor original tenía en mente. Hoy en día todos tenemos bien claro que El resplandor es una novela de Stephen King, pero es una película de Stanley Kubrick, de la que, en un ejercicio de infantilismo del que no creía capaz al casi siempre sensato escritor de Maine, King renegó, diciendo que aquello no era la novela que él había escrito. Y por supuesto que no lo era: como ya he dicho, aquello era la película de Kubrick, no la novela de King. No se trata de que la película adapte mejor o peor el mensaje de la novela, pues estos pueden ser radicalmente distintos como en el ejemplo mencionado, sino de que la película adapte bien la historia al género cinematográfico.

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