Novísimas aventuras de Sherlock Holmes

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ENRIQUE JARDIEL PONCELA, Novísimas aventuras de Sherlock Holmes

Hace ya tiempo que di buena cuenta de todas las historias de Sherlock Holmes escritas por Conan Doyle, y mi sed de este personaje no se acabó con el último de sus relatos, sino que seguía pidiendo más. Me servían como calmante las múltiples películas rodadas con el personaje, los dos últimos estrenos cinematográficos, con dos actores perfectos en sus respectivos papeles pero con guiones muy, muy, muy flojos, y varias series de televisión, entre las que sin duda destaca la casi perfecta última adaptación que ha llevado a cabo la BBC. Visto lo visto, está claro que yo habría sido uno de esos lectores enfebrecidos que obligaron a Doyle a resucitar a su personaje cuando lo lanzó al abismo en la cascada de Reichenbach.

Siempre me resistí a las historias de Holmes escritas por otros autores, pues dudaba que pudieran ofrecerme la magia del personaje del que me había prendado, pero finalmente he desistido y he decidido continuar a través de ellas el camino de Sherlock Holmes. El asunto es que buscando qué nueva historia sobre el detective leer, me di de bruces con algo bastante peculiar, cuya existencia desconocía por completo, y que era nada menos que un libro de relatos de Enrique Jardiel Poncela sobre el detective. Con toda seguridad eso no iban a ser unas historias al uso del famoso detective, pero ya me había picado el gusanillo de la curiosidad, así que decidí que ese iba a ser la primera historia apócrifa de Holmes que leyera. Y sin duda que, al menos, sería divertida.

Y así ha sido. Si bien cuando uno lee a Poncela no se ríe a mandíbula batiente, lo hace con una perenne sonrisa en los labios. La capacidad de absurdo del escritor es inmensa, y cada frase encierra un tópico, un doble sentido, una ridiculez… no hay línea sin chiste, y eso a lo largo de toda su escritura.

Poncela nos presenta una parodia del método deductivo del famoso detective, que es capaz de deducir que les han dado carne de caballo en lugar de ternera porque ha encontrado una espuela en su plato, o que una momia es analfabeta porque al colocarle un papel escrito delante no puede leerlo. La misma parodia se lleva a cabo con su ayudante, que si bien en los relatos de Doyle es un inteligente doctor Watson que no llega al altísimo nivel de Holmes, aquí es el propio Poncela, al que el detective llama Harry, el que representa a un ayudante cuya corteza de miras lo hace quedar constantemente pasmado ante los logros del detective, con frases como: “Sí, es extraño -–repetí yo sin saber por qué”.

Poncela, como es habitual en él, no nos permite involucrarnos anímicamente en la historia, presentando para ello un discurso lleno de juegos verbales que nos obliga a mantener siempre la perspectiva, a observar con superioridad el espectáculo. El desfile de chistes y absurdos es imparable: “La tarde caía sin hacerse daño”, “En el piso bajo había una tienda de bacilos del tifus”, “Como en Londres no se mide por kilómetros, sino por millas, las distancias con terriblemente largas”, “Yo, como siempre, y como era mi obligación de ayudante, estaba maravillado”.

Para quien quiera pasar un rato divertido, con una sonrisa siempre en la cara, recomendable. Para quien pretenda reír a carcajadas, pues mejor un Mortadelo.

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