Kwaidan

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LAFCADIO HEARN, Kwaidan. Cuentos fantásticos del Japón

Vi la película El más allá (Kwaidan) cuando tenía unos 16 años. Mis espectativas a esa edad no iban más lejos de lo que pudiera ofrecerme una interesante historia de fantasmas cualquiera (era aquella la época en la que estaba totalmente atrapado por lecturas como Otra vuelta de tuerca, El extraño caso del doctor Jeckyll y míster Hyde, Frankenstein, Drácula y otras historias por el estilo, de esas que tanto estimulan la imaginación adolescente). La grabé en vídeo, pues la echaban a altas horas de la noche, y al día siguiente la vi toda seguida (tres horas, duraba), incluido el otras veces soporífero debate sobre la película, que no llegó a entrar entero en la cinta. A partir de entonces me convertí en fan incondicional del cine japonés, esperando erróneamente encontrar en él más maravillas como ésta, pero la sensación de estar totalmente hipnotizado por lo que veía en la pantalla jamás ha vuelto a producirse con ninguna otra (aunque reconozco que Kagemusha o La isla desnuda le anduvieron cerca).

Han tenido que pasar casi veinte años para que tuviera entre mis manos los cuentos recogidos y adaptados por el medio griego, medio británico, Lafcadio Hearn, cuatro de los cuales son los que conformaban las cuatro historias de fantasmas independientes de aquella película. Y tras leerlos, no veo el momento de ver de nuevo la película, tras casi siete años sin haberla revisado ni siquiera parcialmente. Hay que reconocer que, a pesar de sus deficiencias como anotador, Hearn hizo un excelente trabajo de adaptación de toda esta mitología japonesa al gusto occidental. Cuando uno lee los cuentos (por lo demás cortísimos, ninguno alcanza las diez páginas, la mayoría de ellos se sitúan en las cuatro o cinco) se siente atrapado por esa neblina que supone la magia de un mundo remoto perteneciente a una cultura aún más remota. Los comentarios intercalados que hace durante la narración para explicar algo desconocido para el lector occidental, o para cubrir los huecos dejados por las fuentes de las que provienen los relatos, también ayudan a que uno pueda situarse sin problemas en ese mundo del que no tenemos ninguna referencia cultural. Mientras nos cuenta la historia nos va contando también por qué a determinados objetos se les confiere determinada importancia, qué són todos esos espíritus y seres mágicos de los que nosotros no tenemos noticia, cuáles son las correctas maneras de proceder y comportarse en la sociedad japonesa de la época para que entendamos por qué actúan como actúan algunos personajes… Todo eso va incluido en el relato de una manera natural y fluida que nos hace poder disfrutar de él sin molestias externas.

Las afortunadamente pocas anotaciones al texto que Hearn realiza no están tan bien traídas como sus comentarios. Suele tratarse de traducciones de términos que ya han sido explicados en el texto, por lo que resultan del todo innecesarias, explicaciones redundantes o añadidos que nada añaden, como que el nombre de alguien, a pesar de ser algo extraño, todavía se utiliza, cuando para sus lectores no hay diferencia ninguna entre un nombre normal y uno raro, o incluso uno inventado si me apuran. Uno empieza, por la curiosidad natural que provoca este tipo de historia exótica, leyendo todas esas anotaciónes, pero éstas terminan por convertirse en molestos números que van salpicando el texto sin que les hagamos mucho caso.

Mi cuento favorito ha sido, sin duda, el mismo que ya lo fue cuando vi la película, quizá por los recuerdos que provocaba en mí. En aquella ocasión la historia quedó en mi cabeza como la del músico ciego. Ahora he sabido que su título era La historia de Mimi-Nashi-Hôîchi. En ella, un músico ciego entra a vivir a un monasterio para cantar para los monjes. Pero una noche un samurai lo reclama para cantar en secreto para su señor, que está de paso, y ha oído lo buen intérprete que es. El músico obedece y se dirige junto al samurai hasta el palacio en el que interpretará, a lo largo de varias noches la historia y la batalla de los Heiké. Cuando, una noche, los monjes notan su ausencia, lo siguen y descubren que está tocando en un cementerio entre las tumbas de los Heiké y rodeado de sus espíritus. Para proteger al músico, le escriben una oración budista por todo el cuerpo y le dicen que cuando los espíritus lo llamen esa noche permanezca mudo y sin moverse. No contaré el final. Aunque quien haya visto la película ya lo conoce, pues ésta reproduce el cuento punto por punto.

Esto no sólo son historias: es magia.

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