Un grito de amor desde el centro del mundo

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KYOICHI KATAYAMA, Un grito de amor desde el centro del mundo

El adolescente Sakutaro viaja con los padres de Aki, su novia muerta, para esparcir sus cenizas en Australia. Así comienza esta historia japonesa de amor adolescente, que les aseguro que merece la pena en cada una de las escasas páginas que ocupa. Quizá sea cosa mía, pero tengo la sensación de que las historias japonesas de amor siempre se producen entre adolescentes, gente que aún no ha tenido que sufrir los desengaños de la vida ni enfrentarse al hecho de tener que sacar adelante su propia existencia. Muy raras son las excepciones que me he encontrado a esto. Es como si supusieran que, una vez perdido el candor de la temprana juventud, los sentimientos ya no fueran puros, estuvieran condicionados por otros elementos, y las relaciones amorosas ya no tuvieran esa capacidad de transformar a uno por dentro, sino que se enmarcaran en el grupo de todas las demás relaciones personales, sin diferenciarse demasiado de ellas. Como si enamorarse sólo pudiera transformar el mundo de alguien sin experiencia en la vida, porque para alguien experimentado el amor es menos amor. O quizá se trate tan sólo de una estratagema, pues a nadie se le escapa que los adultos entramos mejor en ese juego romántico cuando nos evocan nuestra temprana juventud. Al evocar nuestra juventud, todo lo que de bueno hubo en ella suele aparecer maximizado y, si bien con nuestros actuales conocimientos de la vida no podemos entender demasiado bien aquellos que antes no hacía afligirnos o pasarlo mal, lo que nos afectaba positivamente viene a nuestra memoria magnificado, y lo en realidad pudo ser en su momento tan sólo una atracción provocada por la curiosidad de la novedad hacia un chico o una chica, regresa a nosotros como la experiencia casi mágica del primer amor. Y ante esos engaños de la memoria, un idilio adolescente acuna nuestra imaginación mucho mejor que un supuesto romance que acontece en nuestra realidad cotidiana, demasiado prosaica.

Así es como comienza este romance de novela, desvelándonos su trágico final, por lo que cuando estos dos chicos se conocen ya no nos preocupa a dónde les llevará su relación, pues lo sabemos de sobra: se harán novios y ella morirá. A pesar de ello resulta fácil sentirnos conmovidos por lo que sucede en la historia, pues los tópicos romanticoides a los que estamos acostumbrados están ausentes de ella, afortunadamente. El autor no se molesta en explicarnos cómo la pareja protagonista estrechó su relación y comenzaron a salir, sino que del momento en que se conocieron, que nos explica mediante una anécdota tan extravagante que roza lo fantástico, pasa directamente a otro en el que su relación ya está tan consolidada, que hablan entre ellos de manera abierta y directa de las cuestiones del amor, de su relación, e incluso de casarse, pero no de una manera infantil en un futuro lejano que en la juventud creemos que nunca llegará, sino de forma muy seria, con unas reflexiones capaces de hacer a los adultos recapacitar sobre sus propias motivaciones. Además, todo nos es contado, por medio de retrospectivas, desde un momento en que el narrador protagonista ya ha vivido la historia y sabe que su amor de juventud murió, lo que aporta el punto de vista del adulto y rompe con la idea de cómo el presente conforma toda nuestra vida, pues tras desaparecer aquello que configuraba su presente en su juventud, él ha seguido viviendo y es un presente diferente el de su existencia actual: el antiguo colegio ha sido sustituido por la universidad, su antigua ciudad por el lugar en el que vive ahora, e incluso hay una nueva mujer (esta vez ya mujer) en su vida, que no es su compañera sentimental, pero que nos recuerda bastante a cómo comenzaron las cosas entre él y Aki.

Pero, aunque sería absurdo pretender decir que esta no es una historia de amor, pues no otra cosa es el hilo conductor de toda la novela, hay algo más en ella. Y es que la mayor parte de las conversaciones y reflexiones no versan sobre el amor, sino sobre la existencia, con un carácter profundamente filosófico. Por un lado, el abuelo de Sakutaro le cuenta una historia de su juventud. Él tenía una novia, con la que iba a casarse, y de la que se vio separado a causa de la guerra. Pero a pesar de la separación, continuó amándola el resto de su vida, hasta que ella murió, así que pide ayuda a su nieto en una misión para que sus espíritus puedan volver a encontrarse después de la muerte, con una profunda convicción en que existirá algo tras nuestra existencia actual. Por otro, Sakutaro, mucho más pragmático, no puede creer en ninguna otra existencia tras ésta, lo que lo deja sin armas para enfrentarse a su pérdida, aferrado a una pequeña cajita con cenizas de Aki como lo último que queda de ella en este mundo, y sin valor para cumplir su última voluntad y dejarlas marchar.

En realidad no creo que la novela guste demasiado a quienes busquen una historia de amor con la que derramar lágrimas junto a un paquete de pañuelos, pues esa parte es tan sólo el armazón. Sin embargo se me antoja perfecta para aquellos lectores que buscan hacerse preguntas (casi de seguro no podrán leerla de un tirón a pesar de lo breve que es, pues en más de una ocasión se sorprenderán habiendo desviado la vista del libro y con la mirada perdida recapacitando sobre algo que acaben de leer), aquellos que buscan que les zarandeen un poco su esquema de ideas, y todo esto sin ser ni mucho menos pesada, más bien todo lo contrario, pues uno llega a identificarse con los protagonistas con gran facilidad y el estilo en que se cuentan las cosas es muy sencillo y de gran fluidez.

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