Paseando con Crimen y castigo (1)

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FIODOR DOSTOYEVSKI, Crimen y castigo

(Este artículo y los siguientes los escribí hace ya unos tres meses, cuando leía la novela, así que me disculpo por algunas afirmaciones sobre la efímera actualidad, que pueden estar ya un tanto desactualizadas)

En el segundo capítulo de la primera parte de Crimen y castigo, Marmeládov, un borracho más que lúcido, expresa algo sobre lo que no deberíamos tener ninguna duda. “La pobreza no es un vicio”, son sus palabras. Algo que buena parte de la sociedad tanto española como europea no parece tener demasiado claro a día de hoy. La pobreza no es un vicio. Suena extraño tener que defender estas palabras, pero no queda más remedio cuando un partido político propone una renta básica en España porque estamos llegando a una situación en la que no va a quedar más remedio que imponerla si no queremos ver unos niveles de esclavismo y delincuencia a los que ojalá no lleguemos, y tantas voces se levantan para protestar contra eso con el más estúpido de los “argumentos”, que es el de asegurar que eso hará que la gente no trabaje porque, total, ya tiene dinero. Lo dicen así y se quedan tan anchos, obviando deliberadamente que la renta básica propuesta alcanza a lo sumo para malvivir en la pobreza, sin poder salir jamás adelante únicamente con ella, que es una mínima cantidad de dinero destinada tan sólo a la supervivencia. Y es que cuando llaman vagos a quienes podrían recibirla, parece que están hablando de un sueldo de clase media y todo.

Pero nada más lejos de la realidad. Seguro que alguno lo hay, pero el común de los mortales no se contenta con pasar toda la vida dependiendo de esa ínfima cantidad de dinero, precisamente porque “la pobreza no es un vicio”. Lo mismo podría aplicarse a los griegos, ahora que todas las semanas leo en algún periódico cómo los ciudadanos (no los gobernantes, ¡ojo!, ¡los ciudadanos!) de tantos países europeos se descuelgan diciendo sin empacho que son unos vagos, que lo que quieren es vivir de las ayudas y no pagarlas.

Pero la lucidez de Marmeládov va más allá, pues su discurso continúa: “Pero la miseria, caballero, la miseria sí es un vicio. En la pobreza conserva uno todavía la dignidad de sus sentimientos congénitos; en la miseria, jamás la conserva nadie. A un hombre en la miseria, ni siquiera lo echan a palos de la sociedad humana, sino que lo barren a escobazos, para que sea más humillante aún. Y bien hecho, pues en la miseria, uno es el primero en humillarse”.

Está claro que el vicio, la miseria, no es más que la aceptación de la pobreza, esa situación que nos es impuesta desde fuera y contra la que, sin dudarlo, hay que rebelarse. Su aceptación nos convierte en seres miserables que no merecen tener un lugar en la sociedad. Y nos volvemos miserables cuando aceptamos no sólo la condición de pobreza, sino cualquier condición que nos disminuya como individuos. Nos volvemos miserables cuando aceptamos, como pretenden las voces insultantes, que somos unos vagos que no sólo necesitan esa renta básica, sino que nos conformamos con ella. Nos volvemos miserables cuando aceptamos que nuestra voz no vale nada y, en lugar de alzarla para reclamar aquello que nos arrebatan, callamos y dejamos que leyes cada vez más injustas nos nieguen derechos alcanzados con la sangre de nuestros padres y abuelos (con lo que flaco favor hacemos a su memoria), como lo son la libertad de expresión, el derecho de reunión o la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, por poner tres ejemplos que han quedado gravemente mermados con la llamada ley mordaza. Nos volvemos miserables cuando hemos aceptado (y lo hemos aceptado durante muchos años aunque ahora tantos pongan en grito en el cielo por ello) que nos robaran y que para postre se rieran en nuestras caras. Y, por supuesto, nos hemos vuelto unos miserables al aceptar durante tantos años que para poder tener un techo bajo el que vivir teníamos que hipotecar nuestras vidas al completo, pagando precios que requerían casi la totalidad de lo que íbamos a ganar el resto de nuestras vidas, y que para colmo eso nos pareciera lo normal.

Ante todo eso hemos callado, y como bien avisa Marmeládov, “a un hombre en la miseria, ni siquiera lo echan a palos de la sociedad humana”, pues para que se molesten en darle los palos tiene éste primero que levantar su voz y reclamar lo que es suyo, aunque tenga poco con lo que hacerse valer, “sino que lo barren a escobazos”, como a la basura, pues no más consideración merece. Y eso es lo que merecen todos los que aceptan esos insultos por parte del poder, y los abusos de autoridad, y los callejones sin salida a los que conducen nuestras vidas: que los barran como a basura, pues no pueden ser tenidos en mucha más estima que cualquier deshecho sobrante. Y no me refiero a quienes los sufren, sino a quienes los justifican.

“En la miseria, uno es el primero en humillarse”, remata, y si uno mismo ya se ha humillado, ¿qué consideración puede tener por parte de los demás? Y eso es lo que nuestros gobernantes, ayudados por unos cuantos de sus voceros, parecen querer de nosotros, que vivamos humillados, con la cabeza agachada y sin molestarlos, llamando vagos a los que quieren trabajar dignamente (cada vez que oigo eso de “mejor eso que nada” referido a trabajos en condiciones de esclavitud desearía poder dar dos bofetadas al imbécil que lo dice), llamando delincuentes a quienes quieren hacer valer sus derechos, llamando mentirosos a quienes dicen la verdad, multando y enjuiciando a quienes no quieren verse aplastados por el peso de leyes totalitarias…

Esto lo escribió Dostoievski hace ya bastante tiempo. Al parecer, en la historia los problemas son siempre los mismos. Más les valdría a los gobernantes y a todo aquel que ostente poder en algún grado abrir los ojos, no vaya a ser que las soluciones terminen por ser también siempre las mismas.

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