La Guerra Civil contada a los jóvenes

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ARTURO PÉREZ-REVERTE, La Guerra Civil contada a los jóvenes

Pérez-Reverte ya ha dicho en varias entrevistas que no se trata éste de un libro que pretenda entrar a fondo en la Guerra Civil, sino que pretende ser una mera introducción para animar a los jóvenes lectores a acudir a los libros de historia de verdad, advertencia que creo que sobra, de tan evidente que resulta que aquí no se trata a fondo nada. Es más, casi me atrevería a decir que no se toca nada y punto. Y es que esta Guerra Civil de Reverte resulta tan sólo una acumulación de hechos sin contextualizar, lo que resulta irónico, cuando pretende ser precisamente un contexto para el estudio posterior de cuanto sucedió. Y es que el libro parte de un hecho ya de por sí erróneo (y mira que respeto a Reverte en cuanto a materia histórica se refiere), y es que en la Guerra Cívil no hubo ni buenos ni malos, lo que la convierte en una mera guerra entre imbéciles. Y si bien la Segunda República distaba tanto de ser perfecta que en bastantes de sus aspectos podría ser justamente tildada de deplorable, no hay que olvidar jamás que se trataba del gobierno legítimo de España, y que admitir que no hubo malos implica justificar no sólo aquel levantamiento, sino cualquiera que pueda producirse en cualquier momento. Si admitimos que aquello estuvo justificado, tenemos que admitir también que estará justificado, por ejemplo, un levantamiento contra el gobierno de Rajoy, que también es deplorable. Y eso no puede ser: expulsar violentamente a un gobierno legítimo, por malo que este sea, jamás puede justificarse, porque si lo hacemos estamos perdidos. Y hay que admitir que el gobierno de Franco fue ilegítimo de principio a fin, como lo son a día de hoy el de Cuba o el de China, por mucho tiempo que hayan durado. Por lo tanto, hablar de dos bandos en la Guerra Civil Española es un insulto a la democracia. No hubo dos bandos: hubo un gobierno legítimo (que no recibió el apoyo internacional de aquellos a los que se les llenaba la boca con las palabras libertad, igualdad y fraternidad, aunque eso es otra historia), y un bando golpista que utilizó el ejército para atacar al gobierno y al pueblo a los que debía defender, y que se valió de la ayuda de nazis y fascistas. Que esa es otra, a ver con qué cara explica uno que los nazis y fascistas eran malos malísimos en la Segunda Guerra Mundial, pero un par de años antes, en la Guerra Civil Española, ahí no había ni buenos ni malos.

Un punto a favor hay que darle a Reverte, de todos modos: el par de veces que se refiere al gobierno de la República, lo hace llamándolo el gobierno legítimo de la República, y eso siempre reconforta un poco, pues, por muy de moda que esté invocarlo, el mantra ese de que la historia la escriben los vencedores me sigue dando arcadas cada vez que lo oigo.

Otra cosa es el aspecto del público objetivo. En el título ya advierte que este es un libro para los jóvenes, aunque, qué quieren que les diga, a mí me lo parece más para los niños. De hecho su estructura me recuerda bastante a aquellos libros de texto, que en mi época infantil distinguían entre sociales y naturales, en los que había por sistema un breve párrafo acompañado de un dibujo, por lo general a razón de tres veces por página. Y eso mismo sucede en esta especie de libro de texto del señor Reverte, con la diferencia de que aquí este sistema lo encontramos a página completa. Esto me hace pensar: ¿cuál es el concepto de juventud de Reverte? ¿Acaso ha asumido que la nueva generación de jóvenes está tan idiotizada que no puede comprender texto alguno que supere las 150 palabras? Porque el libro resulta tremendamente infantil, más en el nivel de un niño de 8 años que en el de un joven de, digamos, 15. Si el objetivo realmente son los jóvenes, entonces tendremos que asumir que Reverte ha perdido el norte, pues ninguno puede sentirse cómodo leyendo eso más allá de una lectura de mera curiosidad, la misma que llevamos a cabo los adultos para comprobar qué ha hecho esta vez este escritor. Pero si no sólo son los niños, sino que además resulta que sí, que el libro llega a su público, y que gusta, y que toda una generación de jóvenes le canta alabanzas porque ya era hora de que alguien nos contara la Guerra Civil de una forma que pudiera interesarnos, entonces debemos empezar a asumir que es el país entero el que ha perdido el norte, porque estaremos ante una generación entera incapaz de comprender y juzgar el mundo en el que habita. Personalmente, espero que el libro triunfe en un ámbito mucho más infantil, entre los ocho y los once años, una franja de edad en la que la ausencia de posicionamiento me parece mucho más adecuada.

Parece mentira que un novelista que tanto tiempo lleva escribiendo para adolescentes, con su saga de novelas de El Capitán Alatriste, pierda de vista de esa manera a su público objetivo. Tras tan exitosa serie uno pensaría que ya le habría cogido el tranquillo a cómo dirigirse a ellos, pues los trata en esas novelas como lectores mucho más responsables que los que espera encontrar en esta Guerra Civil. En lo que a mí respecta, entregaría esta lectura a niños de la edad que he mencionado arriba. Como profesor, si tuviera que entregársela a adolescentes, asumiría como un fracaso todo su proceso educativo hasta haber llegado a tan lastimoso punto.

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