Paseando con Crimen y castigo (3)

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FIODOR DOSTOYEVSKI, Crimen y castigo

En el capítulo quinto de la segunda parte de Crimen y Castigo, Piotr Petróvich lanza un discurso de carácter marcadamente capitalista y convenientemente caricaturizado. Pero la crítica no parece ir contra el capitalismo en sí mismo, sino contra la hipocresía y pérdida de valores que conlleva, hasta tal punto que temo que la inclusión del capitalismo en él venga favorecida por mi subconsciente y no por el personaje de la novela, que perfectamente puede representar tan sólo una crítica a la pérdida de valores de las nuevas generaciones, dejando ideologías aparte.

Su discurso comienza explicando en qué consistía la antigua educación, la que según él no ha llevado a la sociedad más que a la miseria, y que fue la que sus padres trataron de inculcarle a él, basada en ayudarse unos a otros y en la solidaridad social. “Si a mí, pongamos por ejemplo, me decían hasta ahora ‘ama a tu prójimo’ y yo así lo hacía, ¿qué resultaba?”, dice. “Pues resultaba que yo partía mi levita dos para darle la mitad al prójimo, con lo cual nos quedábamos ambos a medio vestir”. Que viene a ser lo mismo que decir que no merece la pena ayudar a nadie económicamente pues, tras hacerlo, uno tiene menos dinero y el otro no tiene lo suficiente, una caricaturización de los preceptos solidarios del cristianismo, que alegremente aplican hoy en día quienes pretenden defenderlo.

Tras esto, continúa aplicando fórmulas del discurso cristiano a las teorías de la evolución, para resaltar la pérdida de humanidad de la sociedad: “La ciencia, en cambio, dice: ámate a ti mismo antes que a nadie porque, en este mundo, todo se basa en el interés personal. Si te amas sólo a ti mismo, sacarás a flote tus asuntos y conservarás entera la levita. La verdad económica, por su parte, agrega que cuanto más a flote marchen los asuntos personales dentro de la sociedad, o sea, cuantas más levitas enteras haya, mayor número de puntales firmes tendrá esa sociedad y, por ende, mejor organizada estará la causa común. De modo que dedicándome única y exclusivamente a mi prosperidad es como contribuyo a la prosperidad de todos y a que mi prójimo obtenga una parte algo mayor de la levita.” No es este un procedimiento muy diferente al que en la actualidad pretenden imponer los grandes empresarios. El problema radica en que preocuparse únicamente de los asuntos personales no mejora la sociedad, no puede hacerlo, pues se basa en la muy ingenua idea de que quien se preocupa sólo por sí mismo siempre llevará a cabo acciones destinadas a su propio beneficio, pero jamás al perjuicio de los demás. Y eso es mentira, pruebas de ello tenemos a montones y a diario: todos, en el mundo capitalista, hacen lo que sea, sin importar cuánto daño puedan causar, para conseguir más dinero. Cuando uno mira sólo por sí mismo, no le importan los demás, y si los demás no le importan, tampoco va a cuidar de ellos. No sólo acumulará cinco levitas y no dará ninguna a quien lo necesite, sino que le arrebatará su pobre camisa para confeccionarse con ella los bolsillos de su última levita.

Pero esto sólo es una historieta. ¿Qué supone en nuestra sociedad aplicar esta teoría de cuidar tan sólo de uno mismo, suponiendo que así a todos nos irá mejor y por lo tanto la sociedad prosperará? Pues supone la eliminación de la sanidad pública, que la pagan los unos para los otros, supone la evasión fiscal, pues mi dinero lo he ganado yo y debe ser sólo para mí, supone, por supuesto, la no colaboración con ninguna causa social ni humanitaria (que trabajen si tienen hambre, esos vagos), supone la no existencia de movimientos sociales, que necesitan del apoyo y la colaboración de todos para conseguir algo que será para todos y no para uno solo… Supone, en fin, una sociedad egoísta en la que todos sus habitantes están desamparados, situación que ya se ha dado otras veces en el pasado y todos sabemos cómo siempre ha terminado.

El problema es que eso nos empuja a una sociedad sin valores, hacia la que hace ya tiempo que vamos encaminados. Seguro que el siguiente ejemplo de Dostoievski les suena a muchos en España y a muchísimos más en China: “¿Qué contesto ese profesor de Moscú cuando le preguntaron por qué falsificaba bonos? Pues contestó: ‘Todo el mundo se hace rico de una manera o de otra. Y también yo he querido enriquecerme cuanto antes’”. Pues sí, ese es el camino que llevamos, la veneración del dinero sin importar cómo éste haya sido conseguido. Vale que ahora todos critican las malas artes para hacerse con él, pero es curioso que hace tan sólo unos años la opinión general (demasiado general, casi sin ninguna oposición) era excusarlos a la voz de: “Normal que haya trincado si podía. Yo también lo habría hecho”. Y eso que lo de “trincar” sería una forma no demasiado maligna de conseguir más dinero. El problema viene cuando (y esto sucede sin parar) no nos detenemos ante nada. En España parece ya olvidado el asunto del aceite de colza, pero en China salen casos nuevos casi a diario de gentuza que hace lo impensable para conseguir mayores beneficios, gobierno incluido: el caso de la leche infantil justo antes de las olimpiadas, hace tres años miles de cerdos enfermos que habían enterrado para mantener la enfermedad oculta y poder vender la carne de los que no habían muerto, hace poco la mujer a la que engulleron unas escaleras mecánicas por defectos de calidad y mantenimiento… Y esto, por mucho que les moleste a los que demonizan todos los demás sistemas, se llama capitalismo: sacar el máximo rendimiento a toda costa sin importar nada ni nadie que no sea yo mismo. Porque el capitalismo no es lo que nos han vendido, lo que yo mismo creí y di por bueno durante mucho tiempo: un sistema en el que se puede avanzar por el valor personal. No, esas posibilidades y los derechos de los que disfrutamos en los países capitalistas vienen, precisamente, de las barreras que le ponen freno desde los gobiernos.

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