Distintas formas de mirar el agua

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JULIO LLAMAZARES, Distintas formas de mirar el agua

Julio Llamazares parece comprometido con hacer de la novela una suerte de autobiografía. De sobra es conocido por todos sus lectores que nació en un pueblo leonés que ya no existe, Vegamián, y ese sentimiento de pérdida de un mundo parece acompañar a los protagonistas de todas sus novelas. En Luna de lobos sus protagonistas han perdido la esperanza sobre un posible futuro que pudo ser y ahora ven negado incluso un presente para ellos. En La lluvia amarilla la historia del protagonista, último superviviente de lo que en breve será un pueblo fantasma, recuerda a la suya propia, aunque sea más en el posicionamiento que en las circunstancias. En El cielo de Madrid creo recordar que también había cierto sentimiento de pérdida en su protagonista, aunque aquí ya o podría asegurarlo, pues apenas recuerdo nada de esta novela, me dejó muy poco poso, pues me resultó más bien floja en comparación con sus predecesoras. Escenas de cine mudo y Las lágrimas de San Lorenzo nunca las he leído, así que nada puedo decir de ellas. Esta última novela resulta la más autobiográfica de todas, pues nos habla de un pueblo que desapareció al quedar hundido bajo las aguas de un pantano, al igual que sucedió con el suyo propio. Pero los acontecimientos nunca han sido lo más importante en las novelas de Llamazares, siempre ha mostrado mucho más interés en que nos fijemos en los sentimientos de sus protagonistas y en que fuéramos más allá de las apariencias externas, y ésta no es una excepción.

Recuerdo que en una conferencia, Llamazares explicaba cómo, cuando alguien se le acercaba y le explicaba que se había leído una de sus cortísimas novelas de un tirón, enganchado por ella, y se lo habían dicho varias veces, con entusiasmo y como si fuera el mayor de los cumplidos para un escritor, él se sentía apenado, pues no las había escrito para un tipo de lector voraz, sino para uno más pausado, dispuesto a meditar sobre la lectura. Su esperanza era que quien leyera una de sus novelas no cogiera carrerilla, sino que la aparcara al terminar un capítulo y no la recuperara hasta el día siguiente o quizá más tarde, tras haber pensado en lo que le había lanzado. No quería escribir novelas que entretuvieran a sus lectores, sino novelas que les hicieran pensar, que los incomodaran.

Pues esta Distintas formas de mirar el agua se encuadra perfectamente en este estado de cosas. Si bien uno podía leer de un tirón las dos primeras novelas del escritor, hacerlo con esta se me antoja un error. Entre otras cosas porque casi carecemos de una historia a la que engancharnos, aunque eso no es en absoluto un problema para que se trate de una novela fabulosa. En ella, el abuelo de una familia, que vivió la mitad de su vida en un pueblo que desapareció bajo las aguas de un pantano, tiene como última voluntad que sus cenizas sean arrojadas a las aguas de dicho pantano, para poder regresar por fin a su pueblo. Toda la novela consiste en esos minutos que la familia emplea, al llegar al lugar, para acercarse al agua y arrojar sus cenizas, y conoceremos ese momento de tristeza para la familia contado por cada uno de sus miembros. Y contado con maestría, pues, al igual que sucede en Drácula, donde el protagonista es el único que no tiene voz propia y sin embargo al que mejor acabamos conociendo, sucede aquí. El abuelo, el único que no puede contarnos nada al estar muerto, es el centro de los pensamientos de todos los demás, y su retrato se va dibujando cada vez más nítidamente para el lector, al ir completándose con los recuerdos de cada miembro de la familia, según la relación que este tuviera con él. Y mientras todos van evocando lo que recuerdan del fallecido, van exponiéndose, por un lado, el sentimiento de pérdida provocado por el abanono forzoso del pueblo en el que habían nacido, muy fuerte por parte de los abuelos, que habían vivido allí la mitad de sus vidas, no tanto por parte de los hijos, que sólo pasaron allí su infancia, e inexistente y visto de formas que van desde la incomprensión hasta la curiosidad, por parte de los nietos que jamás vivieron allí, o de las parejas de los hijos, cuyas vidas no están ligadas a ese lugar en modo alguno. Por otro lado, los lazos familiares y el cariño que los une a los unos con los otros, deja ver como, a pesar de la distancia, la historia que todos tienen en común los configura como comunidad (como familia en este caso), aunque esos lazos se van haciendo más débiles a medida que se desciende por el árbol genealógico, adivinándose su casi disolución en una o dos generaciones más.

Mención aparte merece Antonio, el más pequeño de los hijos del fallecido, y cuya intervención se deja, muy inteligentemente para el final. Unos dicen que no sabrá vivir al querdarse solo, otros que tiene algún tipo de retraso mental, otros que es el más listo, otros que su único problema es que le falta malicia… El caso es que su imagen va cambiando según quién nos cuente la historia, y eso hace no sólo que sea el personaje del que más información disponemos aparte del fallecido, sino que lo convierte en el encargado de crear la ilusión de la novela al convertirlo en el enigma que, como lectores, queremos resolver. Deseamos que sea su voz la que nos cuente la historia, porque deseamos saber qué hay de cierto en lo que nos van contando sobre él y quién es el que tiene razón, o el que más se acerca a la verdad.

Esta sensacional novela nos hace reencontrarnos con nuestra propia mortalidad, y nos hace meditar sobre las relaciones que mantenemos con los demás y con el mundo, porque nos pone en contacto con ese sentimiento de pérdida que bien puede ser producido por nuestro pasado, como en el caso del fallecido, como por las personas que desaparecen en el transcurso de nuestras vidas, como en el caso del resto de la familia.

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