Paseando con Crimen y castigo (y 4)

9788420675947

FIODOR DOSTOYEVSKI, Crimen y castigo

En el capítulo quinto de la tercera parte de Crimen y castigo un joven estudiante arremete contra una idea del socialismo demasiado arraigada en nuestra sociedad actual, que, por otro lado, tanto suele denostar esa ideología. Lo que este estudiante, de nombre Razumijin, dice, es lo siguiente: “La discusión empezó con la teoría de los socialistas. Ya se sabe: el delito es una protesta contra la anormalidad de la estructura social… Y eso es todo, no se admite ninguna otra causa… ¡Nada más!”. Tras esta declaración viene toda una larga explicación de lo que quiere decir, con multitud de ramificaciones y consecuencias de esa manera de pensar, pero lo que me llamó la atención fue esa afirmación que supone el punto de partida. Si Ortega y Gasset nos dejó bastante claro aquello de que “Yo soy yo y mi circunstancia”, lo que Razumijin achaca a los socialistas es que el “yo” no parece existir para ellos, que culpan de todos los males del mundo a la sociedad, como tampoco parece existir para nosotros hoy en día.

A pesar de que nuestra sociedad actual sea sin duda capitalista, tendemos a coger, introducir en ella y adoptar como cierto lo peor de cada ideología. Es el caso de esta afirmación del personaje de Crimen y castigo, que parece grabada a fuego en la mente de tanta gente. Siempre que alguien comete un crimen, sea del tipo que sea (si es de sangre, ya tenemos terreno abonado para esto), enseguida una horda de psicólogos y no tan psicólogos se lanzan a buscar los motivos por los que el criminal actuó así, convirtiéndolo casi por sistema en una víctima en el proceso. Parece que ninguno de ellos tuviera responsabilidad sobre sus actos, todos fueron abocados a ellos por una infancia difícil, una educación espartana, presiones sociales y una larga serie de etcéteras. El caso es que, tras su disección biográfica, es como si su capacidad de elección hubiera sido reducida a cero. Es un recurso usado ya hasta la saciedad en películas, novelas y demás productos policíacos, en los que no basta con dar con el asesino (el mayordomo), explicar cómo cometió el crimen (le abrió la cabeza con el atizador a su jefe) y por qué lo hizo (le pagaba poco y la vida está muy cara), sino que además hay que ir un paso más allá para saber qué lo convirtió en una persona violenta que responde de manera agresiva ante las adversidades y no puede escapar a ello de ninguna manera (como no quiso comerse las verduras de pequeño, su padre rompió delante de sus ojos aquel muñeco de acción que tanto le gustaba y además le dio una zurra para que aprendiera). Incluso tenemos una serie dedicada a esto último, Criminal Minds creo que se llama, nunca la he visto (ni ganas que tengo, con esa premisa).

Hoy en día está muy de moda también despotricar contra el cristianismo, pero incluso aquel que más lo denueste debe admitir que tiene muy oportunos valores para la formación del individuo. Lo que a todos los cristianos, antes de la idiotización actual, se les ha enseñado, es que existe una cosa llamada libre albedrío, que es algo que nos permite tomar nuestras propias decisiones al margen de todo estímulo exterior, que puede influirnos pero en modo alguno condicionarnos. Y esa capacidad para tomar nuestras propias decisiones nos hace también responsables, bien como cristianos que deben dar cuenta de ellas en un hipotético juicio final, bien como ateos que tienen una vida en este mundo que afrontar. Pero en nuestra sociedad parecemos empeñados en ser unos eternos niños siempre tutelados, sin responsabilidad de ninguno de nuestros actos, tal como se queja Razumijin que pretende el socialismo: si yo actúo mal es porque la sociedad está mal, no es culpa mía. Tantas veces hemos oído eso para exculpar a tantos que tienen una vida difícil, olvidando que otros que también la tienen nunca actuaron mal. Somos una sociedad capitalista en la que al parecer hay que pagar por todo excepto por nuestros actos. Porque de lo que hacemos (de lo malo, quiero decir, pues de lo bueno somos nosotros los únicos artífices) la culpa la tiene la sociedad, que no ha sabido mimarnos lo suficiente para que nunca nos portáramos mal.

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