La mujer de la habitación oscura

MUJE2

MINETARO MOCHIZUKI, La mujer de la habitación oscura

Este cómic es sin duda uno de los precedentes de esas historias de terror japonesas sobre fantasmas con largas melenas negras, enmarcados en un ambiente de leyenda urbana. A mi modo de ver ese fue su gran acierto. Las leyendas japonesas de fantasmas, a pesar de ser misteriosas y muy interesantes, le quedaban ya un poco lejos al espectador actual para poder provocarle miedo. Su inclusión en un mundo urbano en el que la creencia o no en hechos sobrenaturales se mueve en forma de rumores les dio una nueva vitalidad que hizo que llenaran las pantallas de occidente a principios de siglo. Pero los occidentales nos aburrimos en seguida de las cosas, cada vez más rápido, y necesitamos de constantes novedades, así que la moda quedó atrás enseguida. Aquello comenzó en Japón en el año 1998, con el estreno en cines de Ringu, aquí conocida como The Ring, o La señal, y el estreno en una serie televisiva de dos cortometrajes televisivos, que un par de años más tarde tomarían forma en la conocida Ju-On, llamada en España La maldición, y en sus magníficas secuelas (si obviamos el horrible directo a vídeo de The Grudge 3, cuya “gran ocurrencia” es usar a Mr. Potato como elemento terrorífico).

Pero La mujer de la habitación oscura fue publicada en 1993 y hasta la llegada de este tipo de cine parece que no triunfó en occidente (no al menos en España, en donde su primera edición es de 2005). ¿Por qué? Más de uno querrá darme una colleja correctiva, porque tras buscarlo en Internet he visto que el señor Mochizuki, es un reconocido dibujante de historias de terror, pero creo que sus dibujos son el principal motivo por el que el éxito del cómic no sea tan elevado. Muchos hablan de un dibujo extraño y atrevido, de trazo deliberadamente hosco, lo cual no deja de ser cierto y además tendría cierto sentido, pues parece adecuado para volver extraño ese mundo en el que el lector tiene que asustarse, pero a mí me da la sensación de que sencillamente está mal dibujado. Al menos en lo que respecta a las expresiones faciales. Las viñetas están llenas de expresiones casi desencajadas ante las que el lector se queda más tiempo intentando averiguar qué es lo que pretenden expresar que disfrutando de la lectura. De esta manera, sucede algo que me parece un serio problema en un cómic: los dibujos suponen un problema para la lectura. En lugar de ser vehículo de la narración, la frenan y la dificultan.

Pero no todo es malo, pues si bien el dibujo le hace un flaco favor a la historia, ésta, por sí misma, tiene la fuerza suficiente para atrapar al lector, a pesar de la velocidad de los acontecimientos. Y también la suficiente habilidad como para engañarnos, haciéndonos creer durante casi toda la historia que se trata de una venganza personal, para que todo desemboque al final en una historia de fantasmas. Una adaptada, muy acertadamente, a ese entorno urbano que la convierte de pronto en algo muy próximo a nosotros. Algo que, pensamos sobreestimulados por la reciente lectura, podría pasarnos a nosotros.

 

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