Martín Zarza

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MIGUEL GARCÍA, Martín Zarza, Tomo I

NOTA: Tras casi tres semanas sin poderme conectar a casi nada debido a las dos reuniones de la Asamblea Nacional Popular, consigo por fin volver a entrar en sitios web no ubicados en China. Sin embargo cada vez resulta más difícil conectarse, por lo que de seguro el ritmo de actualizaciones se resentirá bastante.

Martín Zarza es la primera novela del sevillano Miguel García, y ya desde su título uno puede adivinar sin demasiado lugar para el error qué tipo de novela tenemos entre manos. El hecho de que tome por título el nombre de su protagonista ya nos entronca con un género que ha sido muy popular en España desde su aparición en el siglo XVI, y que desde entonces se ha ido difuminando en su incesante mezcla con muchos otros, dentro y fuera de nuestras fronteras. Hablo, cómo no, de la picaresca, y es que este Martín Zarza, tiene mucho de pícaro, si uno se para a pensarlo un minuto.

La historia de la novela picaresca es más que peculiar si la comparamos con cualquier otro subgénero novelístico. Nace con el Lazarillo de Tormes en 1554, pero ni la novela tiene reedición ni el género continuidad de ningún tipo hasta la aparición, en 1599, del Guzmán de Alfarache. Lo interesante del género es que gran parte de la crítica (con una actitud absurdamente purista, a mi entender), considera esta segunda novela de Mateo Alemán como la única verdadera novela picaresca, dejando así fuera de su número tanto al Lazarillo, como al Buscón, como a muchas otras que vendrán después. Sin embargo resulta difícil entender todas esas novelas posteriores que nos cuentan cómo sus protagonistas sobreviven desde su infancia hasta su edad adulta (o desde un estado de inocencia a otro en el que ya han recibido los palos y las enseñanzas de la vida) por medio de su ingenio, no siempre igual de efectivo y, en ocasiones (sobre todo al principio de su periplo), casi adorable por lo inocente.

Y Martín es sin duda un pícaro de los tiempos actuales: un muchacho inocente que cree tener la capacidad para mejorar su situación y que para ello se muda de ciudad, a otra en la que nadie lo conoce, pero en la que las cosas no le irán tan bien como él esperaba, para mejorar lo cual hará uso de su astucia y también caerá en los engaños de otros. Incluso tenemos la típica escena tan repetida en la picaresca en la que el pícaro se encuentra, donde nadie debería conocerlo, con alguien de su pasado que sabe quién es e intenta pasar desapercibido. Si bien es cierto que en esta novela, la cosa no pasa a mayores, como sí sucede en otras novelas del género.

Martín pasa por los tres estadios de todo pícaro: la inocencia, las dificultades y el entendimiento de la crueldad del mundo, siendo este último el final de la novela en lugar de un estado intermedio, debido a que, como bien indica el título, estamos en el tomo uno. Esto quizá se me ha antojado lo más flojo de la novela, ese final abrupto fruto de su división en dos partes (estoy dando por hecho que no hay una tercera, aunque no puedo saberlo), en forma de gancho para el siguiente capítulo, pero que en realidad no lleva a ningún sitio. Tengo la sensación de que la novela debería haber continuado hasta su final natural, con lo que habría ganado enteros: ni es tan larga que necesite ser cortada (200 páginas), ni el final aparenta ser un intermedio natural en el relato, más allá del gancho para hacer que el lector se interese por la segunda parte.

Pero regresando al principio, la novela está contada a través de su protagonista Martín, mediante el uso de dos personas narrativas, que no perspectivas, pues sólo tenemos una. Me explico. Cada capítulo está dividido entre una narración en tercera persona y un diario que el protagonista va escribiendo en primera persona. La parte del diario es otra concesión a la picaresca, todo se nos cuenta ahí desde el punto de vista único del pícaro, todo lo vemos a través de sus ojos. Pero es que la cosa no cambia en la narración en tercera persona, pues el cambio de perspectiva es ficticio, los ojos que nos muestran el mundo siguen siendo los mismos, la forma de verlo sigue siendo la misma. A veces se utiliza el diario para darnos más información, la que pasa por la cabeza de Martín, sobre hechos que habían sucedido en lo que el narrador en tercera persona nos había contado, pero el prisma a través del cual se ve el mundo es el mismo, lo cual nos lleva a un falso juego de perspectivas. Aunque se pretenda con el cambio de persona narrativa dar la apariencia de estar observando la misma situación desde dos ángulos distintos, en realidad esto no es así. La narración en tercera persona no es más adulta ni más clarividente que la realizada en primera persona por el joven protagonista: la ceguera de juventud de Martín también está presente en el narrador externo, ambas voces narrativas comparten la misma visión del mundo y razonan de la misma manera. Y ni siquiera el hecho de tener una voz narrativa en tercera persona aleja a la novela del mundo de la picaresca, pues nada nuevo resulta esto en el género, ya lo habíamos visto en pleno siglo XVII en La desordenada codicia de los bienes ajenos.

Quizá, a pesar de alguna que otra imprecisión gramatical, el punto más fuerte de la novela radique en su lenguaje, joven y desenfadado, capaz de hacernos participar de la historia sin afecciones y con naturalidad. Martín utiliza constantemente expresiones vulgares que naturalizan su discurso y lo acercan a la manera de expresarse de un veinteañero con estudios superiores en la época en la que transcurre la acción. Es capaz de elaborar razonamientos bajo la superficialidad del día a día, pero no puede evitar usar para ello ese lenguaje con un punto gamberro, fruto del deseo de la juventud de brillar por el propio ingenio, bastante influenciado en la juventud desde hace veinte años hasta ahora por los artículos de Arturo Pérez-Reverte. Y es que Reverte tendrá muchos defectos y muchos lo denostarán, pero su influencia entre todos aquellos que pretenden escribir dos líneas o ser de chascarrillo ingenioso, y que hayan cumplido su mayoría de edad después de 1995 es incuestionable. Y eso son, a día de hoy, tres generaciones de jóvenes.

Pero ese lenguaje jamás baja a lo soez ni insiste demasiado en una de sus ingeniosidades, y así nos tiene saltando de la introspección al chascarrillo, a la crítica social y al chascarrillo de nuevo, a los problemas filosóficos y al chascarrillo otra vez, creando de ese modo un discurso tan fluido como ameno.

Sólo su exagerada capacidad de observación hace a Martín un tanto irreal, volviéndose en un par de ocasiones más cercano a un agente secreto que a un universitario en paro. Será precisamente esa capacidad de observación fuera de lo común la que lo lleve a descubrir el grave engaño que debería abrirle los ojos a la crueldad del mundo al final de la novela, un engaño del que, por supuesto, no hablaré aquí.

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