Los cabellos de Absalón

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PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA, Los cabellos de Absalón

La historia que Calderón nos cuenta en Los cabellos de Absalón procede directamente del relato bíblico del Libro segundo de Samuel, en el que se nos cuenta cómo el hijo mayor del rey David, Amnón (que en la comedia de Calderón es nombrado como Amón), se enamora de su medio hermana Tamar, y ante la negativa de esta de rendirse a sus requerimientos amorosos la viola. Tras haberla violado comienza a sentir una gran aversión hacia ella y la repudia. Absalón, tercer hijo de David y hermano de padre y madre de Tamar, pide justicia al Rey, pero este se debate entre el honor de su hija y la vida de su hijo, así que Absalón tomará la venganza por su mano y huirá, volviendo al cabo del tiempo para reclamar el trono de David como suyo mediante la guerra.

La comedia de Calderón sigue casi punto por punto el relato bíblico, con muy pocas variaciones, que quedan reducidas a guiños a la complicidad del espectador, que ya conoce la historia de antemano. Quizá la diferencia más grande es que la Biblia indica que Absalón toma venganza sobre Amnón dos años más tarde de cometida la violación, mientras que en la obra de teatro, la segunda jornada, que es cuando se produce la muerte de Amón a manos de Absalón, tiene lugar al día siguiente de los hechos acontecidos en la primera. Si bien es cierto que, aunque no se diga explícitamente, al comienzo del cuadro tercero de la segunda jornada parece haber pasado algo de tiempo ya, aunque la única referencia temporal que se nos da es que “Es el mayo / el mes galán, todo es flor”, y tampoco sabemos con exactitud en qué momento del año habían sucedido los hechos anteriores.

Sin embargo, dramáticamente es mucho más efectiva la condensación temporal de la acción, que exalta las pasiones en el pecho de Absalón, que pensar en una venganza que se ha dilatado en el tiempo, con la posibilidad de que los ánimos se hayan ido enfriando.

Estamos ante una tragedia, y el espectador puede sentirlo ya desde las primeras escenas (quien conozca la historia previamente, además, no puede tener ninguna duda al respecto). Amón revela a su criado sus pasiones ocultas que nada bueno pueden traer. Y si bien es normal utilizar a los criados por confidentes, no lo es tanto seguir sus consejos del modo en que Amón lo hace, lo que ya nos hace prever que las acciones derivadas de esos consejos no serán justas y encaminarán a los personajes hacia su perdición. También Absalón se dejará aconsejar por su criado y se dejará también llevar por sus pasiones, demostrando con ello no ser mucho mejor que Amón, y siendo así arrastrado al fatídico desenlace.

Pero Absalón no es ni puede ser un gobernante justo, y de ello se nos da muestra en repetidas ocasiones a lo largo de la obra. Muy significativo es que siga los consejos de un criado, consejos por otro lado que tienden a ser de bastante baja moral, pero hay otros dos momentos en los que su carácter queda reflejado a la perfección, con los que sin duda se gana la enemistad del espectador. El primero de ellos es un monólogo que pronuncia en la primera jornada, y en el que deja muy a las claras su presunción, con frases como “Hermosura es una carta / de favor que dan los cielos […] Ésta en mí […] es tan grande…” Este monólogo viene tras un predicción funesta en la que le han advertido “que te ha de ver tu ambición / en alto por los cabellos”, frase en torno a la que girará el resto de la obra. Aquellos que conocen el relato bíblico ya saben que esta es una advertencia de su muerte, pero Absalón, seguro de sí mismo y de su belleza como lo está no la ve del mismo modo, sino que la interpreta como profecía de su coronación, que él cree que le será concedida por su belleza, representada en su larga cabellera.

El segundo momento en el que el carácter de Absalón queda muy bien definido en cuando expresa la indecorosa manera en que piensa reclutar soldados, pues con sus palabras revela que está dispuesto a hacerse con un ejército de traidores y de gente sin honor: “Saldreme al campo, y en viendo / que un pretendiente se queja, / ya de mala provisión, / ya de contraria sentencia, / le llamaré y le diré / que como a mí me obedezca / le haré justicia. Con esto, / los malcontentos es fuerza / que me sigan y me aclamen”. Sólo con estas dos intervenciones queda ya bastante subrayado el patetismo, aunque no de manera tan evidente a como Shakespeare nos tiene acostumbrados, con soliloquios dirigidos directamente al espectador.

Quizá al lector moderno el personaje que más conocido se le haga de la obra sea Salomón, que sabemos que será el sucesor de David. Salomón se muestra en todo momento como un justo heredero de su padre y como contrapunto a Absalón, aunque su presencia sea muy secundaria. Él es la representación de la prudencia frente a las pasiones que dominan a Absalón, permaneciendo siempre en segundo plano, midiendo sus palabras y actuando de manera sosegada, obedeciendo en todo a su padre, que es el rey, demostrando valentía al querer defender a su rey junto a su hermano, pero aceptando la decisión de su padre de huir porque sus hijos han decidido no abandonarlo, y de quedarse todos, todos morirían. Todo esto supone un juego de guiños al espectador, que conoce al personaje histórico, pues poco es el peso dramático que tiene en la comedia.

En lo referente a la estructura de la obra, ésta está claramente dividida en dos partes, división a la que ayuda también la disposición temporal. Las dos primeras jornadas constituyen un drama de honor y se suceden en dos días consecutivos (con la duda que ha he expresado sobre el tiempo transcurrido entre los cuadros segundo y tercero de la segunda jornada). Como drama de honor tienen su final trágico con la muerte de Amón, el ofensor, y la huida de los ofendidos. La tercera jornada es algo diferente. El conflicto se ha trasladado de la familia al reino: ya no estamos ante la pérdida del honor que afecta a sus participantes directos, sino que los acontecimientos afectan ya a todo el reino, pues nos vemos inmersos en una guerra civil por la sucesión al trono. Además, este cambio se ve subrayado por la distancia temporal con los hechos de la primera parte sucedidos hace dos años, como indica Aquitofel en uno de los diálogos: “Que tenga / fin de Absalón el enojo. / Dos años ha…”

Lo que había comenzado entre estancias reales como una comedia palatina, pronto se ha vuelto un drama de honor, para terminar dos años más tarde en escenas acontecidas en espacios abiertos, en el campo de batalla. Y el espectador no puede sino verse arrastrado por todos estos acontecimientos, ávido de averiguar un desenlace que, por otro lado, ya conoce, pues la obra de Calderón supone algo así como un remake de una historia bíblica en el siglo XVII, pero que en esta ocasión puede disfrutar con vestuario, duelos, batallas y el resto de los efectos especiales de la época.

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