El amor duele

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KIRIKO NANANAN, El amor duele

En lo referente a los cómics, la editorial Ponent Moon suele ser indicativo de calidad en casi todo lo que publica. Quizá no de obras maestras (aunque sí en algunos casos), como lo pretende en los resúmenes de algunas de sus solapas, pero sí de calidad. Esto viene a ser lo que sucede en el caso de El amor duele. Si uno lee lo que dice su solapa, puede tener la impresión de encontrarse ante la gran obra maestra del cómic del siglo XX. Ahí nos sorprenden con afirmaciones como “en veintinco punzantes capitulos Kiriko Nananan explora el amor en todo su cruel explendor”, “la verdad invisible de lo visible” o “autora nipona doctorada en hurgar en lo más hondo de nuestros sentimientos y dejarlos expuestos a flor de piel”. Las expectativas ante esto se vuelven muy elevadas, quizá demasiado, y lo que encontramos dentro no es tan especial, ni tan revelador, ni tan relevante. Muchas veces lo hemos visto ya en otros cómics japoneses u occidentales románticos. Jovencitos que se enfrentan a sus primeras relaciones y sus primeros desengaños, un sentimiento exacerbado que se convierte en aquello alrededor de lo cual gira toda su vida, la relación del sexo con el amor o la independencia de uno con respecto del otro, las relaciones formales y supuestamente adultas frente a la libertad de la soltería en las edades tempranas… todo esto ya nos suena conocido y muchas son las veces que lo hemos visto en relatos adolescentes.

Porque esa es la clave: adolescentes. El amor como centro gravitatorio de todo sólo aparece en las historias adolescentes o de temprana juventud, cuando las perspectivas de vida remiten a la autorrealización, a encontrarse a uno mismo, y los problemas vitales son más bien de índole inmediata. Cuando en nuestra existencia se cruzan los problemas sociales, económicos, familiares, las perspectivas de futuro y demás, no es que el impulso romántico desaparezca, pero queda suavizado y asimilado al resto de elementos de nuestra vida. Ningún adulto vive supeditado a ese único impulso romántico que con tanta fuerza nos arrastraba en nuestra juventud. Y no es que ya no lo sintamos: es que hemos aprendido a manejarlo. Las verdaderas preocupaciones son aquellas que no dependen enteramente de nuestra voluntad.

Así que las palabras de gancho de la solapa se quedan en eso: en unas simples palabras de gancho. Vemos a esos adolescentes poseídos por sus emociones, pero estamos muy lejos de sentirnos arrastrados por ellas, pues reconocemos al instante la influencia del momento vital de los protagonistas y la impostura de la autora.

Lo que realmente destaca de la novela gráfica son sus viñetas, que sí logran modificar nuestra perspectiva. Ni una sola viñeta nos muestra una visión general de la situación que se nos está contando, sino que todas se acercan demasiado a los protagonistas, eliminando el entorno y enfocándolos desde lugares poco habituales y en ocasiones podría decirse que incluso incómodos, ofreciendo así una visión subjetiva. Pondré un par de ejemplos de esto. En un capítulo dos chicas conversan en una cafetería sobre sexo. Una defiende la libertad en el sexo, y nosotros siempre la vemos con viñetas enfocadas desde atrás, siempre laterales, en picados y contrapicados, casi como si no pudiéramos tener una visión clara de ella. Mientras tanto la otra chica defiende lo hermoso de una relación clásica y de que el sexo esté ligado al amor, y todas sus intervenciones vienen acompañadas de viñetas que la muestran de frente y con su rostro muy cercano, de manera que parece evidenciarse su franqueza inocente frente a la esquividad de la otra chica.

En otra ocasión hay dos chicos practicando sexo (adelantaré que no hay ni una sola imagen erótica en el cómic, todos los dibujos estan cortados en el sitio adecuado para que no veamos nada pero lo entenfamos todo, así que no es la lectura adecuada para quien busque un cómic erótico), y ni un solo dibujo los muestra a los dos al mismo tiempo, sino que mientras muestra el rostro de la chica de frente practicándole sexo oral a él (repito, no se ve nada), sus viñetas se alternan con otras de la cara del chico desde un ángulo diferente cada vez y nunca mirando al lector, intercambiando de esa manera los roles clásicos del chico seguro y la chica tímida, y otorgando más seguridad a la chica, que mira de frente, y más inseguridad al chico, que evade siempre la mirada a pesar de que el cambio constante de perspectiva parezca empeñado en buscarla.

En resumidas cuentas, no vamos a encontrar nada nuevo ni revelador sobre el amor en esta novela gráfica, pero sí que vamos a poder disfrutar de una curiosa y estimulante forma de tratar el sentimiento con unas técnicas bastante cercanas a lo cinematográfico.

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