Rinconete y Cortadillo

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MIGUEL DE CERVANTES, Rinconete y Cortadillo

Mi afición a la novela picaresca del Siglo de Oro, hace que, de entre las Novelas Ejemplares de Cervantes, sienta una especial debilidad por Rinconete y Cortadillo. Seguramente alguno ya estará torciendo el gesto por la comparación entre la novela de Cervantes y la picaresca, pero es que, si bien todos estamos de acuerdo en que ésta no es una novela picaresca, también deberemos estarlo en que hay ciertas similitudes, o más bien elementos que Cervantes no duda en tomar del género para obra.

Pedro del Rincón y Diego Cortado son dos jóvenes que se conocen en la venta del Molinillo y emprenden camino juntos a Sevilla para ganarse la vida como maleantes. Una vez allí, descubren que la vida de crimen no es tan libre como pretendían, y que, al igual que sucede con otras profesiones, no pueden ejercerla por su cuenta, sino que tienen que entrar a formar parte del gremio de los ladrones, dirigido por un extraño personaje llamado Monipodio. Una vez allí, los dos protagonistas reciben los nombres que se les da en el título, pasan a ser aprendices de la cofradía de ladrones, sobre cuyo funcionamiento veremos algunos episodios, y adquieren las responsabilidades de su pertenencia a ella.

He puesto en comparación esta novela con una picaresca, porque los dos protagonistas, que abandonan sus respectivos hogares para buscarse la vida con malas artes, son a todas luces pícaros. Aunque bien es cierto que hay diferencias, siendo la principal de ellas el hecho de que haya dos pícaros, proporcionando de ese modo dos puntos de vista diferentes en lugar del habitual único en la picaresca. Pero la principal diferencia está en la intencionalidad. Mientras que la picaresca es más bien una representación directa de los problemas de la sociedad que caen como losas sobre sus protagonistas, el mundo de Rinconete y Cortadillo es más bien una especie de metáfora que evoca otras situaciones sociales que no son necesariamente las que estamos viendo.

Lo primero que llama la atención es el funcionamiento de la cofradía de ladrones, que tiene un líder, cuyos miembros pagan un impuesto, que protege a sus miembros ayudándolos cuando están enfermos o no pueden “trabajar”, y al margen de la cual no se puede “trabajar”, exactamente igual que en cualquier gremio de la época. Los dos protagonistas descubren que ese mundo de extrema libertad del hampa no es tal, sino que está sujeto a un gran número de normas sociales. Pero me quedaré tan sólo con dos aspectos destacables, que son los que más me llaman la atención a mí, por lo actuales que aún resultan.

Un cliente había pedido a la cofradía que diera un navajazo de 14 dedos a un enemigo suyo, pero el encargado de hacerlo, al ver que su rostro era demasiado pequeño para que cupieran en él 14 dedos de navajazo, decide dárselo al rostro de su criado. Cuando el cliente dice que no pagará porque no han cumplido con su parte del negocio, los delincuentes replican, con un refrán, que “quien bien quiere a Beltrán, bien quiere a su can”, alegando de esa manera que, como la venganza ha sido realiza contra una propiedad apreciada por aquel contra el que iba dirigida, debe darse por satisfecha. Lo curioso del caso es que los ladrones son conscientes de que han obrado de manera fraudulenta, pero buscan lo que podríamos llamar resquicios legales para justificar su manera de actuar. De entrada ya son gente de la que uno no debe fiarse, pero ellos hacen alarde de estar regulados por unas normas y en consecuencia de estar “dentro de la ley”, aunque se trate de una ley distinta de la que afecta al resto. Asimismo, quien ha solicitado su servicio tampoco parece ser consciente de su forma de actuar, y también parece querer acogerse a esas leyes al margen de la ley, o como mínimo al margen de la moralidad.

Ahora estamos en plena “moda” de los Papeles de Panamá, y todos los que ahí aparecen intentan evadir sus responsabilidades de una u otra manera. La más común es alegar que tener allí su dinero no era ilegal, esto es, utilizan resquicios legales, como los ladrones de Monipodio, para justificarse. No veo mucha diferencia entre todos esos tipos y los miembros de la cofradía de ladrones que Cervantes nos presenta. Ninguno son de fiar, ninguno va a actuar de buena fe, todos te engañarán si tienen la oportunidad, y hay que ser igual de desvergonzado que ellos (igual que el cliente de Monipodio) para hacer negocio con ellos o tan sólo defenderlos. Pero esto no es algo nuevo en España, no hemos tenido que esperar a los Papeles de Panamá para redescubrir lo que hace 400 años ya era tan evidente en nuestro país, pues desde la llegada de la democracia casi no tenemos ejemplos de partidos políticos que hayan estado varios años ejerciendo el poder y no hayan acabado enfangados de corrupción, ni de empresarios que tras varios años ejerciendo no hayan cometido acciones ilegales o censurables, ni de grandes empresas y bancos que no provoquen vergüenza, asco y rechazo.

Sin embargo, en el patio de Monipodio, todos creen su alma a salvo por una suerte de religiosidad falsa, que se expresa sólo en las formas y sin conocimiento profundo de lo que se hace o dice. Así pues, a pesar de ser ladrones y asesinos, esgrimen una suerte de superioridad moral sobre aquellos a los que violentan, igual que en nuestra sociedad aquellos que nos roban esgrimen una superioridad moral cuando les vienen mal dadas. Hasta el punto de que el debate nacional de los últimos tiempos se ha convertido en un cruce de tonterías en el que no se argumenta nada, sino que todos tratan de exhibir su alteza moral como si eso los invistiera de alguna especie de razón absoluta (“Lecciones morales al PSOE, ninguna”, llegó a soltar Pedro Sánchez en un mitin), y la bobada con la que todos creen haber ganado irrefutablemente una discusión consiste en dudar de la “catadura moral” del adversario, demostrando con eso que tenemos un país cada vez más infantil (si por lo menos fuera cada vez más tonto aún podríamos al menos presumir de ser adultos).

Así que la narrativa y la capacidad de análisis del mundo de Cervantes continúan siendo de lo más actual y, por desgracia, eso que engrandece al escritor, pesa como una losa sobre un país incapaz de dejar atrás sus más vergonzantes características.

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