El licenciado vidriera

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MIGUEL DE CERVANTES, El licenciado Vidriera

Quizá hayamos llegado a la menos interesante de la Novelas ejemplares para el lector moderno. El licenciado Vidriera se encuadra dentro de la literatura de apotegmas, muy común en la época, pero que puede resultarnos aburrida a las pocas páginas por repetitiva y falta de argumento.

La cosa empieza medianamente bien para un lector actual, dos estudiantes se encuentran en el camino a Salamanca con un joven llamado Tomás que busca un amo al que servir a cambio de que le dé estudios, y estos lo cogen a su servicio, lo que nos hace pensar en una novela picaresca. Cuando los amos terminan sus estudios al cabo de seis años, el protagonista se enrola en el ejército y va a servir a Italia, por lo que empezamos a pensar en una novela de aventuras. Tras un tiempo allí regresa a Salamanca, donde una dama se enamora de él, pero él la rechaza y ella recurre a un hechizo para conseguir su amor, por lo que, a estas alturas, podríamos empezar a pensar en una novela amorosa. Pero el hechizo resulta mal y da en la locura de Tomás, que a partir de ese momento tiene miedo de que lo toquen, porque cree que está hecho de vidrio y podrían romperlo, por lo que podríamos estar ante una novela… no sé, ¿de burlas? El caso es que, a pesar de estar loco, sólo lo está con respecto a su condición, por lo que las cosas que dice, gracias a sus estudios, son muy sensatas y sabias, con lo que la gente que en un principio quería reírse de él haciéndole creer que iban a romperlo, decide comenzar a escucharlo, porque sus razonamientos resultan mucho más interesantes.

Es ahora cuando realmente comienza la novela en sí, y se establece en lo que es, literatura de apotegmas: una serie de sentencias y discursos más o menos breves con una clara intencionalidad moral. Si bien es cierto que las enseñanzas que salen de la boca de Tomás están disfrazadas de agudezas y presentadas como sátiras y burlas, lo que debería convertir la novela en un relajado divertimento. Pero claro, los chistes tienden a envejecer mal, y la mayoría de ellos no podemos entenderlos hoy en día sin una edición bien anotada, lo que, por otro lado, también iría en contra del interés de la novela, pues tendríamos que pasar más tiempo leyendo las explicaciones al texto que el propio texto, con lo que el concepto de lectura ligera desaparece por completo.

El caso es que todos prestan mucha atención a las enseñanzas del loco Tomás, con las que se gana la vida. Hasta que un día un religioso lo cura de su locura. Habiendo recuperado la cordura, Tomás piensa que la gente, con razón, ahora hará más caso de sus consejos y podrá ganarse la vida aún mejor. Nada más lejos de la realidad: cada vez son menos los que acuden a él, hasta llegar el punto en que, para poder seguir ganándose la vida debe partir hacia Flandes.

Como pueden observar, la novela tiene muchos giros, quizá demasiados para atraer nuestra atención. Y su parte central y la más larga, supone un tipo de literatura que hoy en día ni siquiera identificamos como tal, así que, por primera vez, en las novelas que de momento hemos visto, debo admitir que quizá ésta no pueda entrar dentro del número de aquéllas con las que defender que, efectivamente, Cervantes es divertido. Con toda seguridad esta historia lo fue en su época, no en vano los chistes son constantes y no se detiene en ninguno, sino que rápidamente pasa al siguiente para mantener el ritmo. Si hubiera que poner un término de comparación, podríamos equipararla a los monólogos que tanto éxito tienen hoy en día, y que con seguridad nadie entenderá dentro de un par de siglos (a no ser con una edición profusamente anotada, pero, entonces, ¿dónde estará la gracia?).

Sin embargo, incluso en lo que podríamos catalogar como un pinchazo de Cervantes (pinchazo para el lector moderno, quizá, pues para el lector filólogo la cantidad de elementos que contiene no deja lugar al aburrimiento), hay que destacar su ojo clínico a la hora de evaluar al ser humano. Porque lo que le sucede a Tomás, es algo que todos nosotros vemos a diario. La necesidad del mundo como un espectáculo. En un episodio de los Simpsons, creo recordar (hablo de memoria, así que quizá patine) que Flanders daba a los niños unos cromos sobre la Biblia en los que se explicaba quiénes eran los personajes, y estos querían coleccionarlos pero al darse cuenta de la intencionalidad pedagógica reaccionaban con rechazo ufanos de haberse dado cuenta de que pretendían enseñarles algo y no habían caído en la trampa. Algo así le pasa a Tomás: todos lo siguen y lo escuchan porque lo tienen por loco y les parece divertido, pero cuando recupera la cordura y ya no ven un motivo de diversión, ya no les interesa. Y eso mismo sucede en nuestra sociedad, en la que aprender, culturizarse, está casi mal visto y hay que “engañar” a la gente para que aprenda. Incluso en los colegios vemos como los padres exigen a los profesores que sean divertidos, en lugar de exigir a sus hijos que sean aplicados (vale, que el profesor no tiene que ser un coñazo, pero tampoco tiene que ser un showman).

El último ejemplo de esto lo tenemos en el debate político en España. En los últimos dos años los “debates” políticos han proliferado por las cadenas de televisión, aderezados con presentadores partidistas que repiten lo imparciales que son sin cesar, pseudoperiodistas que se balancean entre la calumnia y la vergüenza ajena, y políticos soltando ingeniosidades que llevan bien pensadas de casa para que sean carne de Twitter. Y tienen audiencia. Mucha audiencia. Pero en todos los años anteriores nadie veía los debates del congreso, que siempre se han televisado, y me juego el cuello a que siguen sin verlos. Y sin embargo es ahí donde se exponen las leyes y normativas que luego nos afectarán a todos. Pero claro, sin toda la charanga que acompaña al nuevo e inútil formato, la política nos aburre. Sin la locura que acompaña a las sentencias y consejos de Tomás, no podemos reírnos y pasar el rato.

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