El misterio de Salem’s Lot (1)

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STEPHEN KING, El misterio de Salem’s Lot

Antes de decir nada sobre El misterio de Salem’s Lot, me gustaría contar algo sobre una cosa que no tiene nada que ver con la novela en particular, pero que para mí ha quedado íntimamente ligado a ella. Todos los días realizo un trayecto en bici de una hora y pico de ida y otra hora y pico de vuelta, de casa al trabajo y del trabajo a casa. Al principio empecé a ponerme música para amenizar el trayecto, pero más adelante probé con un audiolibro, y la experiencia me gustó. Hasta el punto de que ya son varios los libros que he “leído” con este método, en mis trayectos diarios entre mi casa y mi trabajo. Suelo evitar los libros leídos por máquinas, pues ya lo intenté en una ocasión con uno de ellos y abandoné la experiencia por insoportable.

El método es cómodo, pues satisface con una historia la necesidad de aislarse hasta cierto punto de los constantes gritos y bocinazos de las calles de Pekín. El problema es que de vez en cuando uno pierde los nervios ante alguna de las infracciones de tráfico que tiene que sortear (que suelen ir a razón de una cada cinco segundos), y se pierde parte del relato porque involuntariamente pone todos sus sentidos en ciscarse en la madre de alguien.

Sin embargo el cambio de canal para hacernos llegar la historia hace que intervenga un elemento muy importante, que podría incluso llegar a estropearla: el lector. Y algo de esto me ha sucedido con Salem’s Lot, cuyo lector incurría en una manía espantosa de muchos hispanohablantes en la actualidad, y que resultaba no sólo molesta en sí misma, sino que también estorbaba al correcto discurrir de las frases. Me refiero a ese desagradable empeño en pronunciar a la perfección toda palabra en inglés que haya en el texto, y pueden imaginar que en una novela de Stephen King, con nombres de personajes, geográficos y referentes culturales en inglés, son muchas. El lector está tan preocupado en pronunciar con un inglés perfecto que asesina la prosodia de la frase, su cadencia y su ritmo. Así nos encontramos con cosas como “¿Es la señorita… (pausa)… (pero pausa larga)… Coogan?”, o “Buscó a… (pausa)… (me enciendo un cigarrillo)… (le doy una calada)… Norris Varney… (pausa)… (expulso el humo del cigarrillo)…, que en ese momento era el policía”, o incluso “Volvieron a casa en el… (miro a mi alrededor y guardo unos segundos de silencio para tener tiempo de concentrarme antes de lanzarme a pronunciar la siguiente palabra)… Chevrolet de Norris… (hago un gesto que dura un par de segundos, orgulloso de mi pronunciación en inglés)… y en la camioneta de correos de… (venga, sin prisas, que es la última palabra de la frase; me preparo, me tomo mi tiempo, y)… Larry”. Y así toda la novela, lo cual puede llegar a desesperar. Incluso, en un intento de ser el tipo que mejor pronuncia en inglés a este lado del Mississippi, pronuncia el nombre de Fred Astaire algo así como “[astá:ir]”. Algo totalmente ridículo, si no bastaba ya con lo anterior.

Pero ¿a qué viene esta obsesión con pronunciar con tanto esmero cualquier palabra en inglés en detrimento de la lengua en la que realmente está hablando? ¿Por qué no le muestra a la lengua que está utilizando para comunicarse el mismo respeto que parece mostrarle al inglés? Al parecer, mantener la cadencia de las frases y hacer que el discurso sea fácilmente entendible carece de importancia, siempre y cuando se pueda mostrar una especie de malentendida pleitesía hacia la lengua inglesa. No digo que haya que pronunciar mal el inglés, pero si una palabra en otra lengua se adentra en un discurso en español, no podemos echar todo por tierra con el único objetivo de pronunciarla con total corrección. No en vano la norma culta del español admite leer estas palabras extranjeras tal como se escriben, con nuestra pronunciación, para evitar precisamente interferencias extrañas en la transmisión de nuestro mensaje, que podrían dificultar su comprensión.

Además, si se me permite hacer un poco de patria (y no suelo hacerlo nunca), hace no mucho hubo un revuelo en los Estados Unidos porque una presentadora de informativos de origen hispano pronunció un apellido español en español, y cientos de televidentes estadounidenses inundaron el correo de la cadena exigiendo que si estaba en los Estados Unidos pronunciara los nombres en español como ellos los pronunciaban. Hasta el punto de que tuvo que explicarse por lo sucedido en el siguiente informativo. Así que no veo a qué viene tanto miramiento con una lengua tan invasiva.

Pero repito. No digo que haya que pronunciar mal en inglés porque sí (yo mismo trato de hacerlo bien cuando se cruza una palabra en esa lengua en mi discurso), pero la correcta pronunciación de un término extranjero no puede condicionar bajo ningún concepto la correcta enunciación de nuestro discurso en español.

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