El misterio de Salem’s Lot (y 2)

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STEPHEN KING, El misterio de Salem’s Lot

El misterio de Salem’s Lot es una historia de vampiros entretenida, sin demasiada trascendencia. King cuenta cómo su agente, antes de publicarla, le advirtió de que con ella lo encasillarían como escritor de novelas de terror, y está claro que acertó. El asunto está en que si en otras ocasiones he dicho que King es más bien un escritor costumbrista que incluye monstruos en sus cuadros de los pequeños pueblos del interior de los Estados Unidos, en este caso sí que se trata de un escritor de historias de terror.

El protagonista de la historia es un novelista que regresa al pueblo en el que vivió de niño, Jerusalem’s Lot, para inspirarse para escribir su próxima novela, y al mismo tiempo llega al pueblo un vampiro con el propósito de iniciar en él su reinado. Si lo que en otras ocasiones sobresale en las historias de King es el ambiente de los pueblos del interior, con los personajes rurales que los habitan, alrededor de los cuales se va gestando la historia de miedo, en esta ocasión todo eso parece un mero decorado para contar una historia de vampiros, con un pueblo que se asemeja más a un decorado teatral y unos personajes bastante estereotipados: el forastero cultivado con una vida o trabajo que escandaliza a los pueblerinos, la chica rebelde con una madre chapada a la antigua que la agobia, los varios habitantes locales que miran con malos ojos al recién llegado, el novio de pueblo furioso por la llegada de competencia… todo esto lo hemos visto ya demasiadas veces. Sólo un personaje se aleja del estereotipo y resulta más atractivo, y se trata del cura del pueblo, el padre Callaghan. No se trata del fanático iletrado que a las primeras de cambio empieza a gritar que el fin está cerca y que hay que arrepentirse, y que, viendo el resto de personajes, es lo que me esperaba. En realidad me pareció el único personaje con algo de fondo, un tipo que se toma su fe de forma seria y sensata, pero que en el momento de la verdad cede a la tentación y flaquea, ha cometido un error en el momento más importante y no sabe cómo remediarlo. Algo bastante humano. Su tratamiento, con referencias bíblicas, pues tras su pecado se lo compara con Caín al ser marcado por Barlow, el vampiro principal de la historia, para que ningún otro vampiro ponga su mano sobre él, se vuelve casi irónico, pues es aquí un demonio el que lo condena, y no Dios (más irónico aún tratándose como se trata de un siervo de Dios), estableciendo una relación entre ambos (Dios y este demonio), bastante reveladora. De hecho, en otros libros de King, Dios tampoco suele ser un referente de bondad, y no puede ser de otro modo, teniendo en cuenta el carácter de sus historias.

Pero la profundidad de una novela que, por otro lado, funciona de maravilla como un divertimento, termina con este personaje. El propio King ha reconocido lo mucho que Drácula le influyó a la hora de escribir El misterio de Salem’s Lot, pero la admiración hacia la obra de partida se vuelve aquí una carga, pues para ser la gran historia que, por otro lado, no parece pretender ser, necesita alejarse de su fuente, a la que se ciñe como un calco. Tenemos aquí todos los elementos que conocemos de Drácula, tomados y presentados de uno en uno con una pátina de actualidad: Ben, el protagonista, se presenta como una suerte de Jonathan Harker, tenemos la llegada del vampiro mediante ayuda humana que desconoce su existencia, tenemos la casa misteriosa en la que reposa el vampiro, tenemos el cajón de tierra, tenemos al siervo humano del vampiro, tenemos las insinuaciones de la antigüedad del vampiro y su origen incierto, tenemos a la joven tomada por el vampiro y su dolorosa ejecución (Susan parece acometer tanto el papel de Mina como el de Lucy)… Casi el único punto de divergencia es que aquí no hay tantos supervivientes. Y esto es una losa para la novela de King, porque a pesar de ser muy entretenida, que lo es, nunca llega a tener una entidad propia, el lector no puede dejar de pensar a cada momento, con cada elemento nuevo que va apareciendo, en su evidente lugar de procedencia (eso si conoce Drácula, aunque tampoco puedo imaginarme a un lector que no lo conozca), y empezar a pensar en lo que el relato le ofrece, en lugar de recordar lo que otro relato le ofreció hace ya tiempo.

En definitiva, El misterio de Salem’s Lot puede gustar más o menos, y tanto una opción como la otra me parecerán legítimas, pues por un lado la novela está perfectamente organizada y tacharla de mala novela me parecería un acto de temeridad, pero por otro resulta vacía y no puedo evitar pensar que una relectura de Drácula habría resultado más apasionante.

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