El coloquio de los perros (1)

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MIGUEL DE CERVANTES, El coloquio de los perros

El coloquio de los perros es la joya final que cierra las Novelas ejemplares de Cervantes. Y digo joya porque de verdad merece el apelativo. Se trata de una conversación entre dos perros que, por algún motivo que desconocemos, adquieren la capacidad de hablar durante dos noches, y que está integrada dentro del relato de la novela que la precede. Los dos perros se llaman Cipión y Berganza. Durante la primera noche Berganza contará su vida a Cipión y durante la segunda, será Cipión quien haga lo propio. Pero sólo conocemos la historia de la primera noche, pues la segunda quedaría para una improbable continuación. Digo improbable porque de darse tendríamos que asistir a una repetición de esquemas que convertirían a la segunda noche en un calco de la primera, provocando con toda probabilidad el aburrimiento y menoscabando la calidad de lo acontecido en la primera.

Sabemos que la historia completa la compondrían dos noches consecutivas, porque así nos lo dice el alférez, que es quien los escuchó, en El casamiento engañoso, y porque los propios perros lo apuntan en más de una ocasión durante su conversación. Incluso en un juego final, el licenciado le insta al alférez a escribir esa segunda parte, asegurándole que “aunque este coloquio sea fingido y nunca haya pasado, paréceme que está tan bien compuesto que puede el señor alférez pasar adelante con el segundo”. Ese segundo coloquio del que nunca sabremos nada.

Y es que la cosa es evidente que no puede continuar, pues supone un cierre de la colección, no sólo por la unión con el relato anterior en busca de la unidad del conjunto de novelas, sino también por la inclusión en El coloquio, aunque sea de pasada, de algunos de los personajes que ya habían aparecido en las novelas anteriores, buscando así una suerte de relación interna entre las partes. Aunque esto no evita que las novelas puedan presentarse de manera totalmente independiente (con excepción de estas dos últimas), cosa por la que ya se criticó a la colección en el siglo XVII.

Pero las sorpresas no acaban en estos cruces con otras de las novelas. Si algo llama la atención es la dificultad para poner una etiqueta a El coloquio. Ya desde su título, Novela y coloquio que pasó entre Cipión y Berganza, tenemos dudas sobre su género, pues se nos dice que es una novela y acto seguido un coloquio (hay que tener en cuenta que los diálogos eran un género bastante popular en la época, sobre todo en temas filosóficos, y estos dos perros no dejan de advertirnos, sobre todo Berganza, de su intención de filosofar). Si bien es cierto que lo que predomina es la narración, quedando el diálogo como una cuestión meramente formal y siendo atajadas las disquisiciones filosóficas rápidamente por Cipión, que no permite que Berganza se pierda en ellas. Y por su presentación, la novela (porque decidimos que es una novela, no un diálogo) parece por su forma un híbrido entre una fantasía lucianesca y una novela picaresca.

Berganza nos cuenta la historia de su vida, en la que ha servido a muchos amos, y que termina en el momento presente. De no ser porque Berganza es un perro que no puede fiar su destino a sus orígenes (pues ni él mismo los conoce muy bien), podríamos afirmar que, efectivamente, estamos ante una novela picaresca. Pero otros elementos la diferencian del género. Por ejemplo, ésta no está contada desde el final de su vida, sino desde un punto intermedio a partir del cual no sabemos qué sucederá. Los dos perros han adquirido la capacidad del habla y la aprovechan para contar sus vidas, pero no se encuentran al final de ellas, no se trata de una revisión de sus vidas que sirva como ejemplo de conducta. Tan sólo una parada en el camino. Por no decir que la vida de un perro no podría servir como ejemplo de conducta a nadie.

Además, Berganza no está sólo, no escribe su historia para el lector, como suele suceder en la picaresca, sino que se la cuenta de viva voz a Cipión, que intervendrá para dar su opinión o para moderar la de Berganza, introduciendo así un segundo punto de vista y rompiendo con el punto de vista único de la picaresca, algo que nunca gustó mucho a Cervantes.

Así pues, nos vemos ante una mezcla de géneros y una serie de artificios técnicos que buscan dar una apariencia de conjunto a la colección, cerrándola con la que, sin duda (igual me precipito al expresarlo así, pero ésta era una de esas novelas que no había leído todavía y, al hacerlo ahora por primera vez, todavía permanezco en éxtasis ante lo visto) es la mejor novela de la serie y un broche final perfecto.

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