Lazarillo de Manzanares

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JUAN CORTÉS DE TOLOSA, Lazarillo de Manzanares

Creo que sólo con leer el título, por pocos conocimientos que uno tenga de literatura, todo el mundo se da cuenta de que estamos ante una novela picaresca. Resulta imposible no pensar inmediatamente en el Lazarillo de Tormes: mismo nombre y sólo cambia el río. Y el desarrollo de la historia tampoco transita caminos muy diferentes a los de su predecesora, si bien incurre en más tópicos burlescos de los que gustaban en el siglo XVII para mover a la risa. Esto es debido a que, a pesar de hacer esa clara referencia en su título a la novela fundacional (con permiso del Guzmán) del género, su vista está puesta en ella de manera meramente superficial, encajando mucho mejor en la narrativa barroca y recordando en su expresión mucho más a piezas de esta época, como El Buscón, por poner un ejemplo que no se salga de nuestro asunto.

Para ahondar un poco más en la miseria del pícaro protagonista, este Lázaro ni siquiera conoce cuáles son sus orígenes, pero sus padres adoptivos, una bruja y un ladrón, para no salirnos de la norma y que recuerdan bastante a los padres de Pablos, se preocuparán de que tenga estudios y, con ellos, un medio mejor de ganarse la vida, algo poco habitual en los pícaros, que tienden a sobrevivir sólo por su ingenio. Nuestro Lázaro sabe bien leer y escribir, y también sabe latín, virtudes con las que resulta difícil de creer que no pudiera conseguir un puesto de secretario de algún hombre importante, con el cual poder mantenerse con comodidad.

Pero ese no es su camino, pues se lanza a la vida de ir cambiando de amos, y lo hace refugiándose en uno de los tópicos de la época: en las ciudades no se conocen los unos a los otros. De modo que, huyendo de que lo relacionen con su madre adoptiva, condenada por brujería, marcha a Sevilla. No contaré la historia ni sus muchas aventuras: tiene varios amos, sufre varias desventuras y, en otra coincidencia con El Buscón de Quevedo, termina su historia embarcándose para las Indias.

Si hay algo que diferencia a esta novela del Lazarillo de Tormes, es que su complicado lenguaje la ha hecho envejecer bastante mal. Bueno, eso y que su propósito sea el mero entretenimiento, dejando al margen la denuncia social, aunque a veces se meta a censora, pero lo hace por medio de premáticas o de historias intercaladas destinadas a ese objetivo, lo que resta naturalidad a la crítica. Y esas historias intercaladas dificultan todavía más la lectura, pues en su afán por buscar la risa, las acciones se suceden muy rápido, y además se meten en ellas historias externas al núcleo central de la novela, y ese batiburrillo nos hace perder en ocasiones el hilo de la historia.

Pero si hay algo que acerca la historia a nuestros días es su protagonista en sí. Estamos acostumbrados a que los protagonistas de las novelas picarescas provengan de ambientes demasiado bajos, a que sean delincuentes, parias sociales… todas ellas figuras demasiado alejadas de nosotros mismos. Pero este Lázaro es un joven con estudios que, a pesar de sus conocimientos fruto de su estudio, no consigue alcanzar un estadio en el que poder ganarse la vida con holgura (más bien lo que consigue son muchos trabajos precarios y sin futuro), y eso es algo que hoy en día nos resulta demasiado común a muchos. En España se habla de que la generación más preparada tiene que huir del país para ganarse la vida. No sé si perteneceré o no a esa generación, y tengo por seguro que no soy de los más preparados, pero sin duda yo también he tenido que huir, y mi tiempo tuve que pasar también estudiando para no tener ningún futuro en mi propio país. Por una carambola del destino, este Lázaro resulta hoy en día más actual que su tocayo de Tormes, aunque su dificultoso lenguaje, amén de otros defectos, no vaya a permitir que se vuelva ni mucho menos tan popular.

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