Los propios dioses

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ISAAC ASIMOV, Los propios dioses

Un científico descubre que uno de los elementos de su laboratorio ha cambiado y ha comenzado a emitir radiación. Alguien desde otro universo ha realizado la proeza y enseñará a los humanos cómo construir una máquina a la que llamarán la bomba de electrones, que permitirá la transferencia de materia entre los dos universos y, con ella, energía ilimitada y sin coste para ambos. ¿Sin coste? Bueno, no tanto, pues se cree que la continua transferencia de energía hará explotar el sol y destruirá el Sistema Solar. Algo que está en los planes de los seres del otro universo, que esperan que eso suceda para poder recoger así cuanta energía les plazca.

Este es a muy grandes rasgos el argumento de Los propios dioses, una novela que bien podría ser entendida como una trilogía de tres relatos extensos, o tres novelitas cortas, pues está dividida en tres partes que, si bien dependen unas de otras para entender el sentido global de la historia, cada una de ellas tiene entidad propia.

En la primera parte asistimos a la construcción de la bomba y al posterior descubrimiento de sus peligros, contra los que nadie parece dispuesto a hacer nada. Hallam, un científico mediocre, ha conseguido ser reconocido como inventor del artefacto que ha liberado a la humanidad de su dependencia energética, y no está dispuesto a soltar la gallina de los huevos de oro. Acallará cualquier voz que quiera advertir sobre los peligros de la bomba en su beneficio personal. Al mismo tiempo la humanidad tampoco está dispuesta a escuchar las advertencias sobre dichos peligros, pues viven demasiado bien con la energía que les proporciona la bomba. Las relaciones con nuestro estado actual de cosas son evidentes. Cualquier político o gran empresario podría equipararse con facilidad a Hallam, del mismo modo que todos nosotros, ciegos deliberados ante nuestro actual problema climático, no somos muy diferentes de la humanidad que muestra la novela. Ojalá lo fuéramos. En la novela hay un final feliz por los descubrimientos de un solo hombre. La pregunta es: ¿tendremos nosotros la inmensa fortuna de que alguien comprometido dé con la perfecta solución que nos salve del mundo al que nos encaminamos y que al mismo tiempo satisfaga a quienes quieren ganar dinero y producir sin parar? Temo que las cosas no son tan sencillas en el mundo real como en la ficción.

La segunda parte transcurre en el universo paralelo. En él existen dos tipos de seres, los seres duros (una especie de casta científica) y los seres blandos, y los seres blandos se subdividen a su vez en racionales, emocionales y paternales, que serían algo así como los tres sexos de la especie. Estos tres tipos suelen conformar una suerte de matrimonio llamado tríade, del que a su vez nacerán otros tres como ellos, cada uno de un tipo. La historia se centra en un tríade algo particular, formado por Odeen (uno), Dua (dos) y Tritt (tres). Su mundo se está apagando, y los seres duros, ayudados por sus discípulos, los racionales, no dudan en enseñar a unos seres de otro mundo a montar un dispositivo para intercambiar materia entre ambos universos, con el objetivo final de que la máquina haga estallar el sol del otro universo para poder así obtener ellos toda la energía que se les antoje. La actitud de los seres duros no es muy diferente de la de las grandes corporaciones que tan sólo piensan en sus beneficios y jamás en los lugares o personas con las que tengan que acabar para conseguirlo. Cada cierto tiempo vemos en las noticias como una empresa explota a sus trabajadores en alguna planta de producción deslocalizada en el otro lado del mundo (léase Apple, Nike o Zara), o cómo destruyen ecosistemas enteros del planeta para hacerse con sus materias primas (léase Dove o cualquiera de las marcas que componen Unilever), y no hay mucha diferencia entre esto y lo que los seres duros pretenden hacer con los seres humanos.

Por otro lado se nos explica, de manera detallada, el ciclo de vida de estos seres, cómo deben juntarse en tríades para tener a sus tres vástagos, y como finalmente los tres se fusionarán para convertirse en un ser duro, su última etapa de crecimiento. Un sistema caduco que los condena a la extinción, cosa que no quieren ver, porque los seres duros tienen su visión concentrada en su único objetivo de conseguir más energía. Si esto no es una crítica nada velada al capitalismo no me explico qué puede ser, parece que Asimov no está muy contento con el mundo que le ha tocado vivir.

La tercera parte transcurre en la Luna, colonizada desde hace ya bastante tiempo, y con habitantes ya nacidos allí y a los que les es imposible regresar a la tierra por las condiciones gravitatorias. En esta tercera parte se insiste de nuevo en lo que ya había aparecido en la primera y, además, se muestra cómo, por si no fuera poco con la amenaza exterior, también hay enfrentamientos internos bajo la bandera del nacionalismo. La luna quiere independizarse de la Tierra, y el adalid de la cuestión quiere hacerlo incluso físicamente, convirtiendo a la Luna en una suerte de nave espacial y llevándola fuera del Sistema Solar. Cuando es interrogado acerca de si eso es lo que quieren todos los habitantes de la Luna, éste da por respuesta un absoluto desinterés en lo que los demás quieran, pues él ya ha decidido el destino del satélite. La sola visión de la Tierra le molesta, y habla y decide por todos los selenitas. Además, la Luna está más avanzada que la Tierra y no necesita a esta última. La historia de siempre, vamos.

La novela transmite un sentimiento bastante pesimista en su conjunto. En ambos universos parece darse una incapacidad para la nobleza, tanto humanos como seres duros permanecen ciegos a las consecuencias de sus actos, una ceguera deliberada que los conduce hacia el abismo y, aun cuando ya se están asomando a él, continúan afirmando su superioridad y negando el peligro. “Contra la estupidez los propios dioses luchan en vano”, una frase del Guillermo Tell de Schiller, es la premisa que sobrevuela toda la novela y que encabeza, de manera fragmentada, cada una de sus tres partes. El propio Asimov se encarga de ilustrarnos acerca de su procedencia y de que la tengamos muy presente mientras leemos: no hay espacio para el optimismo. O casi. Porque tanto en la tierra como el universo paralelo hay alguien que nada contra corriente. En la Tierra, Lamont y Denison, en el universo paralelo, Dua. Estos personajes responden al compromiso con el planeta y con la sociedad de algunas personas, pero también nos recuerdan, en su soledad contra la corriente general, que no son los suficientes, que para cambiar las cosas hacen falta más, muchos más.

Nota: Ahora toca hacer un poquito de patria, abandonar estas tierras orientales y regresar a mi tierra durante una temporada, y lo haré sin ordenador, por lo que el blog quedará suspendido durante algo más de un mes, hasta después de la fiesta del día nacional de China. Quizá me dé por publicar algo desde el móvil en este tiempo, pero resulta bastante incómodo utilizar el móvil para publicar en el blog. Así pues, nos leemos en octubre, si es que todavía queda alguien por aquí.

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