Fuguruma Memories

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KEI TOUME, Fuguruma Memories

Ian es una muñeca que vive con un fotógrafo. Sí, he dicho que vive con él, no que le pertenece, pues Ian tiene alma, como por otro lado también la tienen todos los demás objetos en la historia. Además, terminaremos por descubrir que Yoh, el fotógrafo, no es su legítimo dueño, al menos no el legítimo dueño del alma de la muñeca.

La mayor parte de los clientes de Yoh también son objetos, con cuyas almas parece que este singular fotógrafo puede relacionarse, generalmente objetos cuya vida útil, aquella para la que fueron ideados, ya ha terminado, o bien sus dueños han desaparecido ya del mundo, y acuden a él para solicitarle una fotografía. Porque Yoh no fotografía aquello que puede verse, sino el alma, los sentimientos, y en ocasiones el pasado de estos objetos, y eso es lo que ellos buscan, una imagen de su pasado para recordar lo que una vez fueron, cuál fue su función en este mundo.

Ian, sin embargo es un objeto singular, pues parece haber perdido su memoria, no puede recordar su pasado, para qué fue concebida, lo que la hace autoconvencerse de que Yoh es su propósito. Y es que ninguno de esos objetos parece poder seguir adelante sin su propósito en el mundo, como tampoco las personas pueden hacerlo. Sin embargo, para estar completos, no necesitan metas gloriosas, como en ocasiones se empeñan las personas. Hay un paraguas triste porque cree que su dueño se libró de él y ya no puede protegerlo de la lluvia, un tapón con forma de hada cuya misión era sencillamente guardar el perfume de su dueña y una muñeca cuya labor era dar compañía, y por lo tanto felicidad, a alguien. Sus misiones son sencillas y podrían parecer poca cosa, pero aún así son de vital importancia, no sólo por el servicio que prestan a los demás, sino porque es lo que los realiza.

Las fotografías, a su vez, suponen un recordatorio de eso cuando los objetos llegan a su vejez y se sienten inútiles: un recuerdo de que su existencia no es superflua, pues hubo un momento en que cumplieron con su función. Pero ahí no acaba su historia, pues el paraguas es recuperado por su dueño, el tapón pasa a hacer feliz a la hija de su dueña y la muñeca es rediseñada para acompañar a otra persona. Su función, su sentido en la vida, no termina al llegar a su vejez, como tampoco termina el de las personas. Si estos objetos pueden alcanzar un nuevo objetivo dado que sus circunstancias han cambiado, también pueden hacerlo las personas. El ejemplo perfecto es el del tapón del frasco de perfume, separado de su frasco y con las alas del hada rotas. Ya no puede tapar ningún recipiente porque este ya no existe, y el tiempo lo ha mellado. Pero ahora reconforta a la hija de su dueña, pues le sirve de recuerdo de ésta.

No nos volvemos inútiles con el tiempo, es sólo que nuestra utilidad cambia. Nuestras capacidades ya no son las mismas, puede que las sintamos más reducidas pero no es así, han cambiado, nada más.

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