El Anacronópete

capture

ENRIQUE GASPAR, El Anacronópete

Me he visto arrastrado hacia esta lectura por mi inclinación hacia las historias de ciencia-ficción y mi deseo de saber en qué consistía la primera novela publicada sobre una máquina para viajar en el tiempo, anterior a la famosísima novela de Wells y, para colmo de sorpresas, escrita por un español, algo bastante poco común en este tipo de literatura, aunque los tiempos actuales parece que están tratando de poner solución a esto. Y la verdad es que no es de extrañar que La máquina del tiempo goce de enorme fama y tan perfecto estado de salud hoy en día, a pesar de no ser la novela inauguradora de tan fantástica idea aunque muchos crean lo contrario, y este Anacronópete haya pasado a mejor vida. Wells no sólo nos ofrecía una aventura más allá de lo que podríamos haber imaginado, sino que nos hacía reflexionar sobre la sociedad que estábamos creando y sobre la condición humana, con un planteamiento pesimista que sin embargo no empañaba la impresionante aventura. Enrique Gaspar, por su parte, si bien comienza con una escena en la Exposición Universal de París que nos sorprende en un autor español del momento, y que podría recordarnos más a la literatura de Jules Verne, se desinfla rápidamente al transitar caminos que, desde mi punto de vista, desperdician las posibilidades del magnífico comienzo que nos había planteado.

El sabio español don Sindulfo ha creado una máquina con la que se puede viajar a través del tiempo y del espacio, y la presenta ante la comunidad científica en la Exposición Universal de París, donde explica su casi mágico funcionamiento. Hasta aquí la cosa promete. Pero tras esto viene el primero de los tres errores que lastran una novela que, como mínimo, podría haber sido muy interesante si sus aspiraciones no buscaban sendas más elevadas. La primera ocurrencia para la que pretenden utilizar un aparato con tantas posibilidades es la de rejuvenecer. El sabio explica que, al viajar en el tiempo, todo lo que viaja en el tiempo queda sometido a su acción, por lo que si se viaja al futuro se envejecerá y si se viaja al pasado se rejuvenecerá. Para evitar eso, ha creado un fluido que impide los efectos del tiempo y que deben aplicarse los viajeros temporales. Así pues, si uno viaja al pasado sin aplicarse el fluido rejuvenecerá, y al aplicárselo para regresar al presente podrá volver sin envejecer de nuevo, y por lo tanto con la edad de su juventud. Y así lo hacen con un grupo de señoras mayores que, a fuer de ser sinceros, cumplen el mismo objetivo que las cada vez más comunes escenas en las que una mujer de buen ver enseña una teta en las series actuales: captar la atención del público masculino de la manera menos trabajosa y rápida posible, pues no duda tampoco en describir cómo al viajar en el tiempo y rejuvenecer, sus vestidos también se degradan y quedan desnudas al tiempo que tratan de ocultarse de la vista de sus compañeros varones de viaje.

El segundo error consiste en el viaje en sí, que se realiza al pasado y se narra con un aire de aventurilla sin capacidad para más. Aunque aceptemos como parte de la fantasía el hecho de que el invento sólo pueda viajar al pasado (cosa que no se nos asegura), el viaje en el tiempo resulta de lo más decepcionante, amén de plagado de lugares comunes (aunque no sé hasta qué punto lo serían entonces, dada la novedad de la idea). Asistimos a un episodio en la Batalla de Tetuán cuyo único objetivo parece ser el de exaltar el patriotismo. Después hacen una parada frente a Isabel la Católica para más de lo mismo. Tras eso llegan a la China en el siglo III, en busca de lo que creen es el secreto de la inmortalidad, donde tienen una escaramuza presentada de forma demasiado infantil. Tras eso, y siguiendo la pista del secreto de la inmortalidad, viajan al imperio romano, a Pompeya, en el momento exacto de la erupción del Vesubio. Y, por último, dan un último salto hasta el momento del diluvio universal, hundiendo de esa manera definitivamente cualquier ilusión que al lector pudiera quedarle de estar frente a una obra de ciencia ficción seria. Ya sólo les queda viajar un poco más atrás, hasta el comienzo del Génesis, para fundirse en el caos previo a la creación del mundo por parte de Dios. Un viaje hacia atrás en el tiempo, mezclado con las creencias religiosas (Wells fue mucho más inteligente con su máquina del tiempo), en busca del secreto de la inmortalidad. Y pudiendo utilizar el Anacronópete uno para rejuvenecer cuantas veces quiera, supongo que a nadie se le escapa que la premisa resulta de lo más ridícula.

El tercer error es uno que convierte la historia en poco más que una aventurilla infantil. Y es que, con la excusa del fluido que evita la corrupción y del que los viajeros están cubiertos, se salvan de las más imposibles situaciones una y otra vez, pues su estado no puede alterarse, y con esa tonta excusa asistimos a resurrecciones, gente que sale viva tras ser arrojada a volcanes y demás tonterías más propias de la imaginación infantil que otra cosa.

La novela, que había comenzado de manera muy interesante, recordándonos a Verne y sorprendiéndonos con una propuesta a la que en España estamos poco acostumbrados, se desinfla rápidamente al no saber dirigirla correctamente, más interesado su autor en mostrarnos escenarios exóticos y en hacer alarde de patriotismo y conocimientos históricos (con permiso de la muy poco acertada parte bíblica). Un detallado resumen de la época y sus entresijos precede a cada nueva aventura, aunque bien poco se aprovechan los datos que en él se nos dan, pues la situación no sirve en ningún caso para profundizar en el relato, sino tan sólo como marco de una aventurilla breve que termina ineludiblemente con una huida fantástica cuando las cosas se ponen difíciles. Tiene, eso sí, el honor de ser la primera novela que se saca una máquina del tiempo de la manga, y puede quedarnos eso como curiosidad, pero me temo que ahí terminan sus aciertos. Además, su estructura teatral en tres actos, que evidencia un deseo de llevar su historia a las tablas, tampoco le ayuda mucho.

Todo esto acompañado de un constante humor de chiste grueso e intención patriótica, que tampoco contribuye a mejorar el conjunto.

A El Anacronópete hay que tomarlo como lo que es: una rareza, no me atrevería a decir que una novela inaugural pues es más bien La máquina del tiempo la que cumple esa función, una pequeña joya por su singularidad dentro de la narrativa española, pero una novela de segunda fila (incluso de tercera o cuarta) condenada al olvido por no haber sabido aprovechar las inmensas posibilidades de un punto de partida cuyo potencial otros se encargaron de exprimir.

¡¡¡SPOILER!!!

Además, para colmo de males, todo lo leído previamente resulta ser un sueño de Antonio Resines.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s