La mujer de Martin Guerre

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JANET LEWIS, La mujer de Martin Guerre

La mujer de Martin Guerre cuenta la historia de un célebre caso judicial acaecido en Francia en 1560, en el que tras varios años de ausencia, un marido regresa a su hogar visiblemente cambiado en su modo de ser y, al cabo del tiempo, es acusado por su mujer de ser un impostor que ha tomado el lugar de su verdadero marido. La historia sonará conocida a muchos, pues fue llevada al cine, con Gérard Depardieu en el papel de Arnaud du Tilh, y años más tarde en un drama romántico interpretado por Richard Gere, titulado Sommersby.

La verdad es que no hay escondido entre las líneas de esta novela breve ningún significado oculto, ni se critica ni se enjuicia la sociedad, tampoco hay una profunda reflexión sobre la condición humana… No hay, en suma, ninguna de esas cosas que siempre se empeñan en hacernos ver en las grandes historias, tan sólo la historia (la propia Janet Lewis ya nos indica en el prólogo que tan sólo había “intentado ser tan fiel a los acontecimientos históricos como permite la lejanía en el tiempo y en el espacio). Y sin embargo es magnífica. Una magnificencia construida con una profusión de detalles que remarcan tanto el paso del tiempo como el carácter y estado anímico de los personajes, y que evitan toda descripción que no tenga un claro objetivo en el desarrollo de la historia. Uno no puede evitar verse atrapado y estremecerse ante el duro carácter de messieu Guerre, guardar siempre una prudencial distancia anímica frente a Martin Guerre, sentir cierta simpatía por Arnaud du Tilh o tener la certeza, aún sin disponer de ninguna prueba para ello, de que Bertrande de Rols está en lo cierto.

Personalmente lo más sorprendente es que la escritora, Janet Lewis, sea estadounidense. Y digo que me sorprende, porque leyendo La mujer de Martin Guerre casi parece que hubiera nacido y crecido en una aldea pirenaica como esa en la que tiene lugar la historia. Los hechos se producen en una aldea llamada Artigue, cercana al río Garona, y las referencias al paisaje pirenaico en cada época del año no sólo hacen referencia al estado emocional de la protagonista, sino que resultan tan vívidas que alguien acostumbrado a esos paisajes no puede sino asentir ante la exactitud de lo que está leyendo. Casi parece que, cuando Lewis habla de fidelidad en su prólogo, no sólo buscara la fidelidad a los acontecimientos, tal como ella misma afirma, sino que persiguiera una fidelidad total: a los hechos, a las costumbres y al paisaje, puesto que sin estos últimos los primeros carecen en gran medida de sentido. Y toda esta fidelidad se lleva a cabo sin sacrificar ni un poquito una expresión que resulta profundamente poética y que sin duda hace mella en un lector que pasa por el mismo proceso de preocupación, alegría y angustia de Bertrande.

Merece un apunte especial la división casi cinematográfica de la historia en tres desiguales capítulos que provocan una sensación de que todo se nos ha acabado demasiado rápido, pues uno se queda con ganas de seguir leyendo, de seguir sabiendo qué viene detrás de ese final que le ha dejado tan insatisfecho como insatisfecha se ha quedado la protagonista (se trata de un final justo, aunque diste mucho de ser feliz ni de satisfacer a nadie). La novela tiene un largo primer capítulo de casi cien páginas en el que se nos cuenta toda la historia, desde la boda de Martin y Bertrande, poniéndonos en antecedentes de la relación entre las dos familias, hasta la acusación de ésta sobre su falso marido. Esa es la parte larga de la novela, en la que más tiempo pasamos. Los capítulos segundo y tercero tienen unas veinte páginas cada uno y cuentan el primero y el segundo juicios respectivamente. Esta disposición hace que todo se precipite hacia el final, pero también esto resulta de lo más natural, pues una vez iniciados los juicios, nada más necesitamos saber de los protagonistas, todo se nos ha contado en el primer capítulo: ahora toca el desarrollo histórico de los hechos. Sin demasiadas explicaciones, tratando al lector como un adulto, sin el exceso de explicaciones de los best-sellers actuales: “Los hermanos Arnaud, al verse confrontados a dos hombres tan extraordinariamente parecidos, dudaron y luego, dando la espalda tanto al preso como al soldado, imploraron al tribunal que los dispensara de prestar testimonio. El tribunal, con una humanidad infrecuente en aquel siglo, así lo hizo. Con su petición ya habían testificado más de lo que imaginaban”. Y ahí lo deja, jamás pasa a explicar por qué no era necesario su testimonio, ni a desmenuzar los motivos de esta acción como sin duda haría un escritor de intrigas judiciales hoy en día. No es necesario hacerlo, un lector despierto (un lector adulto) no necesita la información, y Janet Lewis nos trata como a lectores adultos, cosa que engrandece la parte de intriga de su novela tanto como su maravilloso desarrollo narrativo había engrandecido la parte más sentimental.

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