Desde la sombra

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JUAN JOSÉ MILLÁS, Desde la sombra

No se hacen una idea de lo que daría por poder ver a través de un agujerito lo que esconde la cabeza de Juan José Millás, porque sus protagonistas, incluso cuando él mismo es el protagonista en sus columnas, parecen tener siempre algún tipo de problema mental, o como mínimo alguna rareza. La historia se repite en Desde la sombra, la historia de un tipo algo retraído (muy retraído, en realidad) que, tras ser despedido de su trabajo, roba un pisacorbatas en un mercadillo y, al ser sorprendido por la policía, se esconde en el interior de un armario que será trasladado, con él en su interior, al domicilio de sus compradores.

Si están pensando que la historia no tiene ni pies ni cabeza, están en lo cierto: no los tiene. Y sin embargo resulta verosímil. Si están pensando que resulta imposible identificarse con semejante personaje, también están en lo cierto: pero luego resulta que a uno no le cuesta gran esfuerzo entenderlo e incluso verse algo reflejado. El planteamiento es descerebrado, pero más aún su continuidad. Pues al verse atrapado por el azar en casa de unos extraños, lo lógico habría sido buscar la manera de escapar. Pero no, lo que nuestro protagonista, Damián Lobo, hace, es quedarse a vivir en la casa, como un fantasma, en el hueco de un armario empotrado del que sólo sale cuando la familia sale y deja la casa vacía.

Pero… ¿por qué Damián prefiere quedarse allí, como un fantasma, en lugar de regresar a su existencia normal? Porque no siente ningún interés por esa existencia. Damián es una de esas personas que nunca se han sentido incluidas en la sociedad, y encontrar la manera de vivir una vida en la que casi parece no existir es una bendición para él. Hasta ahora había vivido recluido en la soledad que le proporcionaba su trabajo, pero, al perderlo, tiene que enfrentarse al mundo para buscar uno nuevo, y eso parece ser más de lo que puede soportar. Incluso parece incapaz de establecer relaciones normales con otras personas, lo que ha hecho que los amigos imaginarios de la infancia lo hayan acompañado hasta la edad adulta. Todo lo que le sucede se lo cuenta a un ficticio presentador de televisión llamado Sergio O’Kane que, con el estilo de las parodias de los presentadores americanos de los sesenta, consigue grandes datos de audiencias imaginarias con cada entrevista que realiza a Damián. De este modo, Damián consigue no sólo tener alguien con quien comunicarse, sino también satisfacer su necesidad de atención gracias a la fama que adquiere ante la ficticia audiencia.

Pero poco a poco Damián va perdiendo el control sobre los personajes creados por su imaginación, al tiempo que gana lo que él considera fama en el mundo real. Claro que ese mundo real no es sino Internet, ese espejo que nos ofrece una imagen distorsionada del mundo que muchos confunden con la real (no de otro modo se entiende que tanta gente se sorprendiera de que Trump ganara las elecciones de los Estados Unidos, o de que Podemos no sólo no ganara fuerza, sino que incluso la perdiera en las segundas elecciones generales a las que se presentó). Y ese es el gran error de Damián: conceder carta de realidad a lo que sucede en Internet, creer que eso es más real que lo que sucede en su propia cabeza sólo por estar fuera de ella. Mientras prestaba atención a sus propias fantasías, era consciente de qué era lo real y qué no lo era. A pesar de que aquella fama ficticia satisfacía su necesidad de atención, sabía que era una fama inventada. Pero cuando comienza a escribir en un foro de Internet y todo el mundo comienza a hablar de él, y su pseudónimo salta de la red a la radio y la televisión, Damián siente que la atención que se le presta es real, que de verdad se ha hecho famoso, sensación que crece por la existencia de fantasma que ha decidido llevar en esa casa que no es la suya. Y realmente empieza a creerse un fantasma (incluso su pseudónimo es el Mayordomo Fantasma) y a perder todo contacto con la realidad, lo que lo llevará al desenlace de la novela, que no voy a revelar.

A pesar de las rarezas de Damián, de toda esa cobertura que lo aleja de nosotros, cualquier lector que se haya adentrado en el mundo de las redes sociales, los foros y demás laberintos de Internet, puede sentirse identificado con esa falta de conexión con la realidad (a no ser uno muy tonto). En muy pocos años las redes sociales se han convertido en nuestro día a día (para algunos aún muy jóvenes lo han sido siempre) y tendemos a creer que lo que sucede ahí dentro es la realidad, cuando la realidad es algo muy diferente. Cuando nos movemos en el mundo estamos obligados, queramos o no, a relacionarnos con todo aquel que se cruza en nuestro camino, nos caiga bien, nos resulte indiferente o nos de asco. Esto no sucede en Internet, donde bloqueamos todo aquello que no nos gusta, creando microcosmos en los que todo lo que existe nos da la razón. Así, por seguir con el ejemplo de las elecciones de los Estados Unidos, aquellos que detestaban a Trump estaban convencidos de que Hillary Clinton iba a salir vencedora, y aquellos que la aborrecían a ella lo estaban de que Donald Trump sería el vencedor (al final parece que fueron estos últimos los que se llevaron el gato al agua). Pero ninguno de los dos bandos parecía darse cuenta de que existía otro al que jamás veían en Internet porque lo tenían completamente bloqueado, y ese mundo que permanece bloqueado en nuestros dispositivos, y que a menudo es mucho mayor que aquel en el que nosotros nos movemos, también existe, hay que tenerlo en cuenta. Incluso existe otro, todavía mucho mayor, aunque con los años se irá reduciendo, que ni siquiera existe en Internet. Gente demasiado mayor para engancharse a las nuevas tecnologías, otros a lo que sencillamente no les gustan, otros de zonas rurales o remotas en las que no tienen demasiada importancia, o algunos que sencillamente prefieren el mundo real.

Yo, por mi parte, cuando veo una página que no me agrada, trato de prestarle también atención: salir, aunque sólo sea de tanto en tanto, de mi propia burbuja en Internet, para no verme digerido por ella. Incluso a veces me armo de valor e intento discutir (en el sentido de discrepar, por favor, no en el de pelear) con la gente que la administra o visita, lo que no siempre me ha ido demasiado bien, pero que a uno le den siempre la razón también llega a aburrir. Y les recomiendo probarlo, pues si bien algunas veces sale uno escaldado, otras aparece gente que, paciente y razonadamente, le hace a uno replantearse algunas cosas. Y replantearse las cosas siempre es bueno.

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