Hindies, hipsters y gafapastas (2)

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VÍCTOR LENORE, Indies, hipsters y gafapastas (2)

La introducción de Nacho Vegas a Indies, hipsters y gafapastas merece una mención aparte, pues casi supone un ensayo en sí mismo, con sus quince páginas, más o menos. El músico indie empieza contando cómo, en una conversación informal con sus amigos en una cafetería sale el tema de los hipsters, de los que poco o nada sabe nadie en el grupo (como, por otro lado, nos sucede a casi todos), y una voz se eleva para pedir que Nacho explique qué son, pues “está escribiendo algo sobre el asunto”. Explica que aún no ha leído siquiera la primera versión del libro que tiene que prologar, pero se anima a explicar que cree que los hipsters son una especie de derivación de lo indie pero parapetada en el glamour y el cinismo, como una especie de elite del buen gusto. Tras semejante explicación recibe una rotunda simplificación: “Vamos, los modernos de toda la vida, ¿no?”.

Lo gracioso de la escena es que nos han vendido tal imagen de los hipsters para que formemos parte de ellos pero sin identificarnos con ellos, que ni siquiera quien se supone que sabe sobre ellos, y al que de hecho le han encargado que escriba sobre el asunto, tiene muy claro qué o quiénes son.

A partir de ahí, Vegas echa marcha atrás para tratar de discernir cómo se ha ido formando este grupo social de tanta importancia en nuestro mundo actual. Y como no podía ser de otro modo, lo hace desde su experiencia personal, que se sitúa en el mundo de la música. A modo de paréntesis, debo decir que, a pesar de que fue el hecho de ver que estaba prologado por Nacho Vegas lo que me llevó a leer el libro, el prólogo habría sido más enriquecedor de haber sido escrito por otra persona, de otro ámbito diferente. Digo esto porque ya el cuerpo del libro está escrito por alguien muy involucrado en el mundo de la música, y es justo ahí donde mayor hincapié hace, e insistir aún más sobre ese mundo resulta redundante. Quiero dejar claro que me encanta la introducción de Vegas, pero si se trataba de hacer este recorrido de lado del mundo cultural, habría sido más variado y podría haber ampliado nuestra visión una introducción escrita por alguien que nos ilustrara el tema desde la perspectiva del mundo de la literatura, o de las artes plásticas, o del cine.

Como decía, Vegas hace un repaso al mundo de la música desde que él era joven hasta la actualidad, haciendo especial hincapié en que, a partir de los noventa, los músicos parecieron perder contacto con la realidad social, escribiendo canciones intimistas o más bien egoístas, o de tipo festivo únicamente, encerrándose en la premisa del “sexo, drogas y rock’n’roll”, lo que los hacía vivir en un mundo irreal, con la canción protesta prácticamente enterrada, en un momento social en el que se estaban dando terribles hachazos a nuestro sistema mientras nos hacían creer con sorprendente efectividad que nos encontrábamos en un momento idílico, casi inmejorable. No le falta razón, pues cuando la gente habla ahora de la crisis siempre hace referencia a cuando las cosas iban bien, fechando esa vaporosa situación en los momentos previos al estallido de la crisis, cuando conseguir un trabajo bien pagado era casi milagroso, no digamos uno estable, cuando incluso compañías estatales hacían trampas para no tener que contratar personal fijo (Correos, por ejemplo, tenía a la mitad de su plantilla con contratos temporales, y muchos tenían que firmar un contrato nuevo cada lunes, que terminaba el viernes, para no tener que pagar el fin de semana), la vivienda había alcanzado unos precios tan altos que las hipotecas iban en muchos casos mucho más allá de la edad de jubilación, los alquileres eran imposibles de pagar sin compartir piso con varias personas, la gente permanecía en casa de sus padres hasta pasados los 35 años, el salario mínimo era ridículo, la prestación por desempleo se había recortado en repetidas ocasiones… Y, a pesar de todo esto, los españoles estaban convencidos de que vivían una época de fabulosa prosperidad. Hay que decir que los equipos de marketing de los respectivos gobiernos se merecían un diez.

Vegas indica que los cantantes estaban tan alienados que, por primera vez, no fue la música la que sirvió de punta de lanza, como es habitual, para las protestas, sino que fueron las mismas protestas las que hicieron despertar a los músicos y darse cuenta de frente a qué estaban. Fue el 15M lo que hizo a muchos músicos volver a tomar conciencia de la realidad y salir del proceso de individualismo y hipsterización en el que, poco a poco, se habían ido metiendo. Afortunadamente, al menos de momento, no ha habido revueltas como otras bandas más despiertas de otros lugares se habían atrevido a predecir.

Nota: Nacho Vegas puede caer mal a muchos por su posicionamiento firmemente de izquierdas, irreconciliable con cualquier actitud de derechas o capitalista, pero hay que admitir que es consecuente con sus ideas como pocos. Digo esto porque acabo de ver el vídeo en el que, tras aceptar tocar en un festival patrocinado por Banco Sabadell (y sorprendido, como él mismo reconocía, de no haber recibido ninguna crítica por haberlo hecho), llevaba a cabo una acción de denuncia contra dicho banco a pesar de las presiones en contra de los organizadores al comenzar su concierto, al tiempo que anunciaba que los beneficios netos de su concierto irían destinados a ayudar a la Plataforma de Afectados por la Hipoteca en Asturias.

Perros e hijos de perra

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ARTURO PÉREZ-REVERTE, Perros e hijos de perra

Para ser sincero, no tenía mucha intención de leer esta recopilación de artículos de Arturo Pérez-Reverte. Por dos motivos. El primero, que tengo la impresión de que la calidad de los artículos de Reverte va bajando progresivamente. El segundo, que no comparto en absoluto su afición por los perros, y me venía venir una serie de loas desmedidas hacia estos animales. Tampoco me he equivocado mucho en esto último.

Pero por obra más de la casualidad que de otra cosa, terminé por leerlo. Y no me arrepiento, pues a pesar de seguir sin verles mucho sentido a un puñado de alabanza de los perros, si que se la veo a otras cosas que ahí iban apareciendo. Por ejemplo, la utilización de la figura del perro como reflejo de las diferentes épocas o situaciones históricas, o de los diferentes momentos de la formación de una persona. Hay en sus páginas muchos ejemplos de crecimiento, de maduración personal, de responsabilidad… todos ellos con un perro al lado que los acompaña, o más bien que los moldea, pues sin la presencia del animal sin duda habrían sido diferentes, y lo digo con el conocimiento de causa de alguien que también vivió algunos de ellos pero sin un perro a su lado, lo que los hizo diferentes. Ni mejores ni peores, sólo diferentes. No hecho en falta la experiencia pues, quizá, con mi carácter un perro me habría molestado, pero he de reconocer a Reverte la habilidad de hacernos comprender no lo que él o su hija en algún artículo sentían, sino lo que quienes en general han crecido con estos animales suelen sentir. Y eso tiene su mérito, sobre todo cuando casi nos hacen reconocer esas emociones.

Otra cosa interesante es que podemos leer a un Reverte humano en ocasiones, algo que al parecer sólo los perros pueden conseguir. Un Reverte que deja ver sus sentimientos y emociones, algo muy poco habitual en quien suele escribir parapetado tras una máscara pétrea que nos impide conocerlo. Es curioso: incluso nos permite contemplarlo llorar, algo que seguro que más de uno de sus lectores empezaba a creer imposible.

Estos artículos, sin duda, no necesitan de ninguna recomendación para los amantes de los perros, pero les aseguro a aquellos a los que no les gustan tanto, que no es sólo perros lo que encontrarán ahí dentro, y que merece la pena asomarse en esta ocasión para ver el resto.

La gobernación y administración de China

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XI JINPING, La gobernación y administración de China

La verdad es que no ha habido grandes sorpresas en la lectura del libro de Xi Jinping: frases extraídas de los textos chinos cuya aplicación real a la política actual nunca llega a desarrollarse en ninguno de los discursos, una forma de etérea propia de quienes no tienen nada sólido que decir y un buenismo exagerado que presenta a China como un país que parece que jamás hubiera tenido ningún conflicto generado por él mismo y que lo convierte en adalid de la paz y en el amigo dispuesto a llevar al planeta al desarrollo. Un discurso, en definitiva, que funciona en China pero no en el exterior, donde tendemos a, de entrada, poner en duda cualquier cosa que salga de la boca de un político, y no a verlos como a maestros de los que hay que aprender, situación ésta más próxima a lo que sucede en China.

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En general todo en los discursos de Xi JInping son buenas palabras (y de atenernos a ellas, sería sin duda el mejor presidente del mundo, el más humano, el más preocupado por sus conciudadanos y el más atento y agradecido con los demás países), pero jamás baja al terreno de la práctica, todo es muy teórico y puede significar muchas cosas sin concretar nunca ninguna (y en comparación todos los partidos políticos en España concretan al máximo, desde el mentiroso PP hasta el muy difuso Podemos). Es como si un día entrara el jefe a la oficina y dijera: “Como sabéis, la situación en el mercado no es buena, pero nosotros somos una empresa fuerte y unida que nunca dará de lado a ninguno de sus miembros productivos, aunaremos esfuerzos para protegerlos a todos y tratar de mejorar siempre su situación. Por eso debemos esforzarnos ahora más que nunca, porque nuestro futuro es prometedor y debemos estar unidos para llegar a él todos juntos”. A partir de ahí, esto puede querer decir que todos van a ver reducidos su sueldo por el mejor funcionamiento de la empresa, o que habrá que hacer horas extras que nadie pagará, o que no se admitirán discrepancias con el jefe porque eso significa que no estás dispuesto a apoyar a tu familia empresarial, o que hay que asumir nuevas responsabilidades sin ningún tipo de nueva gratificación… Las posibilidades son inmensas, pero ese es el tipo de retórica que utiliza, no sólo Xi Jinping, sino los políticos chinos en su conjunto.

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No voy a ponerme a criticar su discurso, pues creo que no estoy de acuerdo con ninguno de sus puntos, pues todos ellos ocultan algo que no mencionan, y supondría criticar la política china en su conjunto. Les dejo algunos de ellos, tal como están expresados, para que sean ustedes mismos, si quieren, quienes decidan cuáles son esas partes que se ocultan tras cada uno.

El partido y sus miembros han sido elegidos por el pueblo y por lo tanto debe trabajar para el pueblo, haciendo siempre lo mejor para este. Deben enseñarse los valores del socialismo con peculiaridades chinas desde la infancia para que la persona no crezca desviada; de pequeños no los entienden, así que tendrán que memorizarlos, y conforme ganen en experiencia en la vida irán comprendiendo lo que habían memorizado de niños. China no crece apoyándose injustamente en otros países, sino junto con ellos, siguiendo un camino en el que todos juntos se desarrollan. Internet debe estar protegido, porque si la red no es segura la patria tampoco puede serlo. Los chinos deben seguir el camino de estudiar de manera patriótica en el extranjero, para luego llevar de vuelta esos conocimientos adquiridos a la patria. La parte continental de China (sic) y Taiwán deben trabajar unidos por el bien común de la nación china de la que todos forman parte.

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Pero lo más interesante del libro son las fotos de Xi Jinping que lo acompañan, pues a mi modo de ver dicen más que todos sus discursos juntos. Y de entre ellas, creo que las más interesantes son las primeras, las que se encuentran tras el sumario, las cuatro primeras, las que muestran a un Xi Jinping todavía joven.

La primera fotografía, en blanco y negro, muestra a un Xi Jinping muy joven, en 1972, con ropas sencillas y un bolso al hombro. Mira a la cámara como miran los jóvenes, con ganas de avanzar, y muestra una sonrisa auténtica que ya no vamos a poder volver a apreciar en todo el libro. No sólo parece un joven simpático, sino que dan ganas de confiar en él. Si este chico emprendiera cualquier tarea, de seguro muchos lo seguirían, casi puedo asegurar que yo lo seguiría, porque muestra la actitud de alguien convencido de su tarea y que anima a uno a trabajar con él. Su actitud es desenfadada y no se encuentra firme para salir bien en la foto, sino que parece algo improvisado, lo que aumenta la confianza en él y casi provoca ganas de conocerlo para ser su amigo. Es sin duda una imagen llena de posibilidades, mi favorita de todo el libro, la que muestra el momento en el que todavía todo está por llegar y el camino puede ser magnífico, con múltiples oportunidades para hacer demasiadas cosas (y se le adivina la energía para hacerlas) y capacidad para animar a la gente a unirse a él a su paso. No parece un futuro presidente, pero sí un presente con ganas de fabricarse un futuro. Es por eso que contrasta tanto con lo que vendrá después, unas fotos de un Xi Jinping ya adulto en las que no logro ver nada más allá que otro chino acomodado en una situación sostenida tan sólo por consignas, o en las actuales, donde ya sólo puedo ver fachada y la persona prometedora del principio se ha diluido por completo.

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Las fotos segunda y tercera, a pesar de ser ya fotos de estudio con un fin exhibitorio, muestran a alguien que todavía conserva una expresión sincera, ya más estudiada pero sincera. En la primera mira al infinito con un compañero de la universidad, también con ropa informal aunque ahora ya evidencia ser un uniforme, las manos con los dedos entrelazados en una actitud de reposo pero con un pie adelantado que muestra un calzado sencillo (todo en la vestimenta lo equipara al pueblo), mientras es arropado por su compañero, que le pone la mano en el hombro como protección y apoyo. Sin duda se trata de alguien que ya ha empezado a destacar, y él lo sabe, pero que parece prestarse a la composición fotográfica como un trámite, con la mente puesta en cosas más elevadas. Algo que sigue presente en la siguiente foto de orla, donde aparece perfectamente vestido y peinado (parece que ha ascendido), y donde aún puede apreciarse ese futuro prometedor en su mirada.

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Han pasado ya cuatro años desde la foto de orla en la siguiente imagen, que ya es en color, y esa mirada y esa media sonrisa que antes embaucaban por su sinceridad se han convertido en algo estudiado, los sueños de futuro parecen haberse cambiado por un trabajo concreto. Este joven ya está desempeñando un papel. Su ropa está perfectamente estudiada para parecer alguien importante, con su camisa clara, su corbata y su peinado perfecto, pero al mismo tiempo alguien de la comunidad, con su chaqueta de trabajo, muy similar a la que otro chico lleva a su espalda. Mientras una anciana le cuenta algo, él se inclina para así escucharla mejor mientras sonríe aprobatoriamente y mira al infinito como meditando las palabras de la anciana como debe hacer un cargo dirigente siempre que el pueblo comparte con él sus cuitas. Aún transmite ese deseo de trabajar, pero todo se ha vuelto demasiado estudiado, ya no es esa persona a la que uno seguiría sino el político en ciernes al que han enseñado cómo actuar.

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Tras esto llegan las fotos de un Xi adulto que parece ya satisfecho de sí mismo, ha perdido las ganas de buscar un futuro, y si las conserva ya no lo aparenta. Los ojos vivos de antes ya no lo parecen tanto. Aparenta ser un hombre de negocios al que las cosas le van bien y eso ya es suficiente: su actitud recuerda a la de quien lleva a cabo sus negocios (sean estos personales o políticos, poco importa), y se siente satisfecho cuando cumple con su agenda. En eso consiste su labor y eso es suficiente. Son tres fotos, las que siguen, que parecen hechas porque tocaba hacerlas, falsas en la actitud y falsas en la situación. En la primera de ellas se lo ve probablemente sobre una embarcación en un río navegable, con un fondo nada atractivo a sus espaldas, pero del que él parece sentirse orgulloso. En la segunda lo vemos azada al hombre yendo al campo, con unos cuantos campesinos tras él que lo siguen a distancia, haciendo de líder, pero su actitud es impostada, su ropa no es para nada adecuada para las labores del campo y resulta poco creíble que vaya a ponerse a trabajar al llegar al final del camino. Lo que se ve de forma mucho más exagerada en la tercera, en la que maneja una pala y no podemos dejar de observar algo raro tanto en él como en el otro hombre que también está en primer término en la foto. Se trata de sus zapatos negros limpísimos y su ropa impecablemente planchada, ni lo uno ni lo otro han pasado por las vicisitudes de un día de trabajo en el campo. Sólo están posando en una falsa actitud de trabajo, algo que jamás habría podido pensar viendo al joven de la primera foto del libro.

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Tras esto ya llegan las fotos del presidente o futuro presidente Xi, que podrían resumirse bajo el mismo epígrafe: actuación. Todo es impostado, nada es real, hasta el punto de ser todas iguales. En todas aparece haciendo lo que se supone que debe hacer. Ni sabemos ni podemos saber cómo es este hombre, pues no hay naturalidad en ninguno de sus actos. Tras ver estas fotos cobra más fuerza la idea de lo que pudo ser, pues ahora tenemos plena constancia de que nunca fue. El hombre ha llegado al nivel más alto al que podía haber llegado, pero el soñador que vislumbrábamos en las fotos de juventud parece haberse perdido para siempre. Nunca sabremos si Xi Jinping podría haber sido un buen presidente para su país (personalmente creo que es una de las peores cosas que le podría haber pasado a China) pero, al menos en un principio, sí que aparentaba que podía serlo. Aquel joven que daba la sensación de que iba a ir siempre hacia adelante, ha supuesto (y expreso sólo mi opinión personal) un enorme paso atrás para un país que alardea de una cultura milenaria que la mayoría de su población desconoce (porque repetir ritos y lugares comunes no es conocer la propia cultura) y que parece empeñado en no dejarla evolucionar.

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El Galeón de Manila

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DOLORS FOLCH, FERNANDO ZIALCITA, HAN QI, CARMEN YUSTE, Los orígenes de la civilización: El Galeón de Manila

El galeón de Manila son las actas de una conferencia celebrada en Shanghai en el 2013, y se compone de cuatro ensayos académicos centrado en la ruta que unió Méjico con las Filipinas y las transformaciones que produjo en los países que tomaron parte en ella.

Para la escritura de los ensayos se eligió a una persona de cada uno de los cuatro países que se vieron involucrados en la ruta del galéon: España (Dolors Folch), Filipinas (Fernando Zialcita), China (Han Qi) y Méjico (Carmen Yuste).

El ensayo de Dolors Folch, “El Galeón de Manila”, explica los detalles de la necesidad de esa ruta marítima que fue abierta hasta China por los españoles, y los motivos que propiciaron la posibilidad de comerciar con este lejano país, que encabezan la necesidad de plata en China como moneda de cambio, en un momento en el que el papel moneda del gigante asiático estaba muy devaluado y sus monedas resultaban muy grandes y pesadas en relación a su valor.

Fernando Zialcita, en “El Galeón de Manila: cuna de una cultura”, habla de la formación de Filipinas como país y de la consolidación de la identidad filipina, en el que me ha parecido el más flojo de los cuatro ensayos, pues da la sensación de estar más centrado en una suerte de nacionalismo que en el suceso histórico en sí. El abuso de palabras en tagalo (o supongo que en tagalo, aunque no puedo asegurarlo), rompe continuamente el ritmo de la lectura, haciendo decaer el interés.

Más interesante resultaba la descripción que hace Han Qi de la dinastía Ming en “La influencia del Galeón de Manila sobre la dinastía Ming”, en donde hace un bosquejo de los problemas que acuciaban a China cuando llegaron los españoles, y explica cómo vieron una posible salida a esos problemas económicos en la posibilidad de la obtención de plata a través del comercio con los españoles, posibilidad que no supieron administrar todo lo bien que deberían haberlo hecho. También apunta los planes de conquista de China por parte de los españoles, que nunca llegaron a realizarse.

El último ensayo, “Nueva España, el cabo americano del Galeón de Manila”, de Carmen Yuste, nos explica el desarrollo que supuso para Méjico la actividad comercial producida por el galeón, y la corrupción que también trajo consigo.

El punto en común que siempre aparece en los ensayos es la necesidad que China tenía de plata, y cómo esa necesidad hacía que el valor de la que llegaba de Méjico se multiplicara al llegar allí, haciendo que mercancías de gran calidad resultaran enormemente baratas.

Las generalas de la familia Yang

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Hace una semana recibí unas entradas para ir a ver una ópera de Pekín. Evidentemente el espectáculo en sí me atraía, pero también me planteaba ciertas preocupaciones: un montón de personajes cantando en chino de una manera que en ocasiones ni los propios chinos pueden entender, al tiempo que me cuentan una historia de la que no voy a entender nada. Pero acepté.

La obra en cuestión era Las generalas de la familia Yang, y ni que decir tiene que inmediatamente me lancé a una labor de caza y captura del libreto a través de Internet, bien en español, bien en inglés, no me importaba eso demasiado, pero debía conseguirlo para poder disfrutar de lo que se me antojaba una oportunidad única. Sin embargo la labor fue infructuosa. Ni rastro del libreto por ningún lado. Y esto es extraño, o no tanto, puesto que China tiene una serie de elementos culturales que nos llaman mucho la atención a los extranjeros pero parece no saber explotarlos. Uno de estos llamativos elementos de la cultura china es su particular ópera, que permanece vetada para aquel que no domine el idioma. El gobierno chino debería abrir un portal en Internet con traducciones de los libretos para animar al público extranjero a asistir a los espectáculos, porque doy fe de que es un espectáculo. De esta manera no solo atraería a un mayor público de todo el mundo a una representación artística que a menudo vemos como un fósil de interés solo arqueológico, sino que llevaría por el globo una serie de historias que permanecen en el más absoluto desconocimiento, y que a los occidentales, con nuestra pasión por que nos cuenten aventuras exóticas y fantásticas, siempre nos han atraído.

Ante la imposibilidad de hacerme con el libreto, decidí buscar algún resumen del argumento o de la historia a la que la ópera hace referencia. Eso sí que fue más sencillo de encontrar, pero me proporcionó tan sólo una visión general de la obra (sobre una familia que ha perdido a todos sus varones y son las mujeres quienes deben encargarse de la defensa de la frontera), y en modo alguno la posibilidad de entender qué sucedía en cada momento.

Así que me presenté en el teatro sumido en la más profunda ignorancia y sin saber muy bien a qué iba a enfrentarme, eso sí, dispuesto a aceptarlo desde la inocencia, sin ideas preconcebidas. Y lo que empezó a desfilar ante mi vista captó mi atención desde un primer momento.

Lo primero en lo que un extranjero se fija al asistir a un espectáculo así es en el vestuario y en el maquillaje. Si bien ya estamos acostumbrados a ver vestimentas exageradas debido al teatro, al cine y a nuestra propia ópera occidental, el maquillaje escapa a nuestra concepción. En nuestra mentalidad la finalidad del maquillaje es perfeccionar la caracterización del personaje, haciendo que parezca una muñequita si es una princesa, dándole al actor el peor aspecto posible si es un pordiosero o realzando sus facciones para que causen un efecto diabólico si es el malo de la obra. Pero aquí no, aquí es diferente: el maquillaje busca igualar a los personajes y eliminar al actor. Si una actriz hace de dama principal, esa dama principal debe ser igual a todas las damas principales de todas las demás obras sin que sus facciones estropeen la ilusión. Y lo mismo con el resto de personajes, incluyendo los masculinos, que llevan sobre el rostro auténticas máscaras de maquillaje de vivísimos colores que destacan sobre una base del todo blanca, rematadas por larguísimas barbas postizas de colores. Ya pueden imaginar la cantidad ingente de material que hace falta para esto.

Pero lo llamativo del maquillaje no hace desmerecer el vestuario, que si bien puede darnos sensación de sencillez después de los exagerados límites a los que llegó en la ópera europea, resulta de una belleza embriagadora. Mención aparte merecen las mangas de los vestidos de los personajes femeninos y el uso que hacen de estas. Las actrices acostumbran a entrar en escena con las mangas plegadas en perfectos cuadrados blancos sobre sus manos y, de pronto, dejan caer los brazos haciendo que las mangas se desplieguen y lleguen hasta el suelo mientras continúan con su recitación y, sin detener la escena en ningún momento, con tres suaves golpecitos en el aire de su mano, y sin utilizar para nada la otra mano, la manga vuelve a quedar recogida y perfectamente doblada. Uno ve esto y no puede sino pensar: “Y a mí me cuesta horrores doblar una camisa”.

Lo que me lleva a hablar de los movimientos tan característicos de los actores sobre el escenario, siempre breves, coordinados a la perfección con los del resto de actores y al ritmo de la música, fruto de una ensayada y perfecta coreografía. En ocasiones su unión con la música resulta de lo más fluido y estilizado, y en otras casi cómico, como cuando mueven por un largo espacio de tiempo las manos frente al público al compás de lo que suena como una gigantesca y estridente pandereta (no vemos los instrumentos en ningún momento durante la representación, y esto es una pena, pues la visión de esos instrumentos musicales tradicionales chinos sería un impresionante añadido a la magia).

Pero la música no nos encandila tanto como la puesta en escena, sencilla, tan solo unos cuantos velos con el mobiliario indispensable, pero muy eficiente; nuestro oído, acostumbrado a melodías que fluyen de una manera más natural, no es capaz de apreciarla muy bien. En un momento dado incluso llegué a preguntar si las diferentes óperas compartían música, pues la que estaba escuchando y otras que en ocasiones he podido oír en la calle eran tremendamente similares. La respuesta, obvia a pesar de la pregunta, fue que por supuesto que no. Las óperas comparten un determinado estilo musical, pero contienen variaciones que al parecer escapan a nuestro oído, o escapaban al mío, menos experimentado y más duro para los matices. Y lo mismo sucede con las voces de los cantantes: aunque el objetivo parece ser el de unificar una voz para un tipo de personajes, siempre hay variaciones entre los cantantes. Esto último pude comprenderlo mejor, pues supongo que se tratará de las mismas diferencias que existen entre las voces de dos tenores o dos sopranos, siempre salvando las distancias, pues lo que aquí se equiparan son las voces de dos ancianas, o dos héroes, o el tipo de personaje que toque en cada momento. Algo así como lo que ya experimentamos nosotros en nuestra comedia áurea.

Por último, he de confesar que, dado que no podía seguir el argumento de la obra, y todo lo que podía apreciar ya se había presentado ante mis ojos y oídos (y algo tuvo que ver el sueño que ya me iba venciendo, lo reconozco, aunque, eso sí, por motivos totalmente ajenos a la representación), abandoné el recinto en el descanso, no sin lamentarme una vez más por no haber podido conseguir el libreto de un espectáculo que, con el tratamiento que se merece para su exportación, podría conquistar escenarios en lugares muy alejados de China.

Los villanos de la nación

JAVIER MARÍAS, Los villanos de la nación

Muchos de los actuales seguidores de Javier Marías no lo somos desde sus inicios, por un sencillo problema de edad, y si bien en lo referente a las novelas ese sea un problema fácil de solventar (pero no lo ha sido durante bastante tiempo en lo que respecta a El monarca del tiempo), no es tan sencillo cuando se trata de artículos, aunque quizá sea Marías una excepción a esto gracias a las recopilaciones de ellos que él mismo ha llevado a cabo. De todos modos, el hecho de haber leído previamente todos los artículos contenidos en Los villanos de la nación, recopilación llevada a cabo por Inés Blanca con lo publicado en prensa por el madrileño entre los años 1985 y 2009, no le resta un ápice de interés a la lectura del libro, pues resulta un viaje en el tiempo interesantísimo. Las columnas versan todas ellas sobre política y sociedad, así que una lectura reposada nos mostrará cómo ha ido cambiando España en todo este tiempo, siempre, por supuesto, bajo la clarividente mirada del autor.

Lo más curioso resulta comprobar que los problemas del país son los mismos que hace veinticinco años. En un magnífico artículo, más largo de lo habitual, titulado ‘La edad del recreo’, Marías hace un repaso a cómo ha “cambiado” la sociedad española a lo largo de la década de los ochenta, y en él relata los males que la han “envilecido”, aunque bien es cierto que trata esta época y sus consecuencias como un paréntesis debido a la particular historia de un país que acababa de dejar atrás una dictadura justo antes y que necesitaba sacudirse la rigidez a la que había estado sometido. Pero este paréntesis se revela ilusorio al seguir leyendo y comprobar que las preocupaciones del artículo reaparecen continuamente en los sucesivos, y cada vez con más fuerza, y cada vez de manera más preocupante, hasta llegar al punto de casi verdaderas agresiones psicológicas ante las que nos sentimos impotentes. Y esto se hace más patente en sus últimas columnas sobre política, en las que dibuja una sociedad en la que no sólo los políticos parecen seguir un camino distinto al de los ciudadanos (quizá una de sus mayores preocupaciones, pues muchas veces ha advertido sobre ello al referirse a los tiempos del franquismo), sino que ahora parecen hacerlo además con conocimiento de lo que sucede, con burla y desprecio, sabiéndose casi invulnerables y sabiéndonos impotentes, y teniendo la certeza, además, de una ciudadanía aborregada que no sólo no criticará sus desmanes, sino que los aplaudirá y aún los premiará, como deseosos de ser engañados, pues no de otra manera cabe interpretar que quienes más alzan su voz lo hagan siempre a favor del corrupto, del ladrón, del estafador, , del necio y del que se mueve por una voluntad totalitaria, casi fascista en muchas (muchísimas) más ocasiones de lo que sería deseable (y lo deseable sería ninguna).

Las columnas de Marías revelan una honda preocupación por la deriva de España, y lo peor es que nunca faltan voces que, ante las críticas, espetan: “Pues que se marche a otro país, si tan poco le gusta este”; o : “Que se vaya con los ingleses, que le caen tan bien”; o: “Es uno de esos que como ha vivido fuera se cree mejor que nosotros”. Opiniones todas tan paletas y que denotan tal carencia de inteligencia que no merecen la pena ser discutidas, pues quienes las profieren no se dan cuenta (¿se la darán?) de que no sólo indica machaconamente lo que hacemos mal, sino que además explica claramente cómo deberían ser la cosas (o más bien cómo eran antes de caer en esta espiral degenerativa), y de que estas críticas las lleva a cabo sólo quien se preocupa por el país, pues quien no se preocupara por él tampoco invertiría su tiempo y su esfuerzo en ello (bastantes recursos tiene el rey de Redonda para llenar sus colaboraciones semanales). Compárense las críticas de Marías, cuyo cumplimiento darían por resultado una sociedad más armoniosa o cuando menos más sensata, con las de, por ejemplo, César Vidal (gran villano de la nación, por otro lado), cuyo cumplimiento llevaría sólo a conseguir sus propios objetivos y, quién sabe, quizá a conseguir que España fuera una, grande y libre.

>Crónicas de la guerra civil

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MIGUEL HERNÁNDEZ, Crónicas de la Guerra Civil
Leyendo este libro da la sensación de que Miguel Hernández fue un ingenuo toda su vida. Cada uno de los artículos que componen el libro, no es tanto una crónica de la guerra, sino más bien una arenga para animar a los republicanos a participar en ella para detener a los fascistas. Ese es el término que utiliza él, fascistas, lo que produce cierta media sonrisa por sus palabras, que a pesar de buscar una gran fuerza, no dejan de tener cierta ingenuidad. Por otro lado él anima a la guerra no sólo a los soldados, sino que llama al frente a todos los republicanos que no están en él.
No es una joya literaria pero da un reflejo bastante exacto de su personalidad: un soñador dispuesto siempre a sacrificarse por sus hermanos, pero exigiendo también ese sacrificio por parte de ellos, siempre queriendo hacer el bien pero parece que sin un sentido demasiado crítico por las acciones de sus compañeros.
En conclusión, Hernández es mejor poeta que periodista, pero hay que tener en cuenta que no estamos ante crónicas periodísticas de la guerra como indica el título, sino ante auténticas arengas militares.
Mención aparte merece la edición realizada por el diario Público, que a pesar de tener un aspecto externo muy bueno y estar físicamente muy bien hecha, muestra un profundo desprecio por el texto que en ocasiones llega a contener hasta cinco erratas por página.