Fuguruma Memories

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KEI TOUME, Fuguruma Memories

Ian es una muñeca que vive con un fotógrafo. Sí, he dicho que vive con él, no que le pertenece, pues Ian tiene alma, como por otro lado también la tienen todos los demás objetos en la historia. Además, terminaremos por descubrir que Yoh, el fotógrafo, no es su legítimo dueño, al menos no el legítimo dueño del alma de la muñeca.

La mayor parte de los clientes de Yoh también son objetos, con cuyas almas parece que este singular fotógrafo puede relacionarse, generalmente objetos cuya vida útil, aquella para la que fueron ideados, ya ha terminado, o bien sus dueños han desaparecido ya del mundo, y acuden a él para solicitarle una fotografía. Porque Yoh no fotografía aquello que puede verse, sino el alma, los sentimientos, y en ocasiones el pasado de estos objetos, y eso es lo que ellos buscan, una imagen de su pasado para recordar lo que una vez fueron, cuál fue su función en este mundo.

Ian, sin embargo es un objeto singular, pues parece haber perdido su memoria, no puede recordar su pasado, para qué fue concebida, lo que la hace autoconvencerse de que Yoh es su propósito. Y es que ninguno de esos objetos parece poder seguir adelante sin su propósito en el mundo, como tampoco las personas pueden hacerlo. Sin embargo, para estar completos, no necesitan metas gloriosas, como en ocasiones se empeñan las personas. Hay un paraguas triste porque cree que su dueño se libró de él y ya no puede protegerlo de la lluvia, un tapón con forma de hada cuya misión era sencillamente guardar el perfume de su dueña y una muñeca cuya labor era dar compañía, y por lo tanto felicidad, a alguien. Sus misiones son sencillas y podrían parecer poca cosa, pero aún así son de vital importancia, no sólo por el servicio que prestan a los demás, sino porque es lo que los realiza.

Las fotografías, a su vez, suponen un recordatorio de eso cuando los objetos llegan a su vejez y se sienten inútiles: un recuerdo de que su existencia no es superflua, pues hubo un momento en que cumplieron con su función. Pero ahí no acaba su historia, pues el paraguas es recuperado por su dueño, el tapón pasa a hacer feliz a la hija de su dueña y la muñeca es rediseñada para acompañar a otra persona. Su función, su sentido en la vida, no termina al llegar a su vejez, como tampoco termina el de las personas. Si estos objetos pueden alcanzar un nuevo objetivo dado que sus circunstancias han cambiado, también pueden hacerlo las personas. El ejemplo perfecto es el del tapón del frasco de perfume, separado de su frasco y con las alas del hada rotas. Ya no puede tapar ningún recipiente porque este ya no existe, y el tiempo lo ha mellado. Pero ahora reconforta a la hija de su dueña, pues le sirve de recuerdo de ésta.

No nos volvemos inútiles con el tiempo, es sólo que nuestra utilidad cambia. Nuestras capacidades ya no son las mismas, puede que las sintamos más reducidas pero no es así, han cambiado, nada más.

Fresa y chocolate 2

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AURELIA AURITA, Fresa y chocolate 2

Ya tenía a mi disposición la segunda parte de Fresa y chocolate cuando leí aquella primera que con tanta insistencia denosté, así que dije, bueno, por otros veinte minutos tampoco pasa nada, bastante más tiempo me robó la lectura de la primera novela de Harry Potter y acabé por leerla igual. Así que me dispuse a leerla, y me encontré fue con una historia que espero que sea de ciencia-ficción. Y es que lo primero que el tomo advertía es que esta segunda parte había venido propiciada por el enorme éxito de público y crítica de la primera. Pues ya ven, o yo soy un insensible o el mundo ha perdido el norte.

Sin embargo he de comenzar con un reconocimiento, y es que esta segunda parte resulta más interesante, o al menos más entretenida, que la primera. El porqué de esto no es gratuito, pues no hace falta ser un lince para darse cuenta de que las insulsas escenas de sexo que ocupaban la totalidad de la anterior se han visto reducidas aquí a la mitad, lo que convierte a la otra mitad de la novela gráfica en algo que, como mínimo, provoca curiosidad, incluso con algún que otro momento de comicidad bastante conseguido, como es el caso del encontronazo de la protagonista con su vecino japonés y su posterior deriva, con un estilo muy parecido al de las novelas gráficas, también autobiográficas, del canadiense Guy Delisle (les recomiendo echar un vistazo a su visión crítica y cómica del mundo en Pyongyang, Shenzen, Crónicas birmanas o Crónicas de Jerusalén).

Sin embargo la cosa no pasa de eso, de ser más entretenida (que ya es algo, en comparación con la primera parte).  Esta vez asistimos a algunas peripecias en Japón, y eso es lo que mejora el asunto. Por lo demás, lo que aquí tenemos no es muy diferente de lo que vimos antes. La conclusión es la misma: puede leerse por curiosidad, pues el tiempo que nos roba es mínimo, pero no esperemos encontrar nada de provecho entre sus páginas.

El amor duele

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KIRIKO NANANAN, El amor duele

En lo referente a los cómics, la editorial Ponent Moon suele ser indicativo de calidad en casi todo lo que publica. Quizá no de obras maestras (aunque sí en algunos casos), como lo pretende en los resúmenes de algunas de sus solapas, pero sí de calidad. Esto viene a ser lo que sucede en el caso de El amor duele. Si uno lee lo que dice su solapa, puede tener la impresión de encontrarse ante la gran obra maestra del cómic del siglo XX. Ahí nos sorprenden con afirmaciones como “en veintinco punzantes capitulos Kiriko Nananan explora el amor en todo su cruel explendor”, “la verdad invisible de lo visible” o “autora nipona doctorada en hurgar en lo más hondo de nuestros sentimientos y dejarlos expuestos a flor de piel”. Las expectativas ante esto se vuelven muy elevadas, quizá demasiado, y lo que encontramos dentro no es tan especial, ni tan revelador, ni tan relevante. Muchas veces lo hemos visto ya en otros cómics japoneses u occidentales románticos. Jovencitos que se enfrentan a sus primeras relaciones y sus primeros desengaños, un sentimiento exacerbado que se convierte en aquello alrededor de lo cual gira toda su vida, la relación del sexo con el amor o la independencia de uno con respecto del otro, las relaciones formales y supuestamente adultas frente a la libertad de la soltería en las edades tempranas… todo esto ya nos suena conocido y muchas son las veces que lo hemos visto en relatos adolescentes.

Porque esa es la clave: adolescentes. El amor como centro gravitatorio de todo sólo aparece en las historias adolescentes o de temprana juventud, cuando las perspectivas de vida remiten a la autorrealización, a encontrarse a uno mismo, y los problemas vitales son más bien de índole inmediata. Cuando en nuestra existencia se cruzan los problemas sociales, económicos, familiares, las perspectivas de futuro y demás, no es que el impulso romántico desaparezca, pero queda suavizado y asimilado al resto de elementos de nuestra vida. Ningún adulto vive supeditado a ese único impulso romántico que con tanta fuerza nos arrastraba en nuestra juventud. Y no es que ya no lo sintamos: es que hemos aprendido a manejarlo. Las verdaderas preocupaciones son aquellas que no dependen enteramente de nuestra voluntad.

Así que las palabras de gancho de la solapa se quedan en eso: en unas simples palabras de gancho. Vemos a esos adolescentes poseídos por sus emociones, pero estamos muy lejos de sentirnos arrastrados por ellas, pues reconocemos al instante la influencia del momento vital de los protagonistas y la impostura de la autora.

Lo que realmente destaca de la novela gráfica son sus viñetas, que sí logran modificar nuestra perspectiva. Ni una sola viñeta nos muestra una visión general de la situación que se nos está contando, sino que todas se acercan demasiado a los protagonistas, eliminando el entorno y enfocándolos desde lugares poco habituales y en ocasiones podría decirse que incluso incómodos, ofreciendo así una visión subjetiva. Pondré un par de ejemplos de esto. En un capítulo dos chicas conversan en una cafetería sobre sexo. Una defiende la libertad en el sexo, y nosotros siempre la vemos con viñetas enfocadas desde atrás, siempre laterales, en picados y contrapicados, casi como si no pudiéramos tener una visión clara de ella. Mientras tanto la otra chica defiende lo hermoso de una relación clásica y de que el sexo esté ligado al amor, y todas sus intervenciones vienen acompañadas de viñetas que la muestran de frente y con su rostro muy cercano, de manera que parece evidenciarse su franqueza inocente frente a la esquividad de la otra chica.

En otra ocasión hay dos chicos practicando sexo (adelantaré que no hay ni una sola imagen erótica en el cómic, todos los dibujos estan cortados en el sitio adecuado para que no veamos nada pero lo entenfamos todo, así que no es la lectura adecuada para quien busque un cómic erótico), y ni un solo dibujo los muestra a los dos al mismo tiempo, sino que mientras muestra el rostro de la chica de frente practicándole sexo oral a él (repito, no se ve nada), sus viñetas se alternan con otras de la cara del chico desde un ángulo diferente cada vez y nunca mirando al lector, intercambiando de esa manera los roles clásicos del chico seguro y la chica tímida, y otorgando más seguridad a la chica, que mira de frente, y más inseguridad al chico, que evade siempre la mirada a pesar de que el cambio constante de perspectiva parezca empeñado en buscarla.

En resumidas cuentas, no vamos a encontrar nada nuevo ni revelador sobre el amor en esta novela gráfica, pero sí que vamos a poder disfrutar de una curiosa y estimulante forma de tratar el sentimiento con unas técnicas bastante cercanas a lo cinematográfico.

Dos años, ocho meses y veintiocho noches

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SHALMAN RUSHDIE, Dos años, ocho meses y veintiocho noches

Dos años, ocho meses y veintiocho noches es la historia de una guerra que afectará a toda la humanidad, en la que ésta hallará el camino de su salvación a través de la destrucción de los dioses o, al menos, de la firme voluntad de mantenerlos al margen de su mundo. La historia, como todas las historias en las que intervienen seres míticos, comienza hace mucho tiempo, cuando una yinnia (un ifrit femenino) se enamora de un humano y tiene con él muchos hijos que, con el devenir de los siglos, se convertirán en una descendencia que poblará todo el planeta, a la que se referirán como la duniazada. Varios siglos después de muerto su amante humano, un tipo escéptico con respecto a la existencia de Dios, en un futuro cercano al nuestro, sus huesos se removerán en su tumba para retomar la guerra que siempre tuvo con un enemigo intelectual, gran fanático religioso. Pero esta vez la guerra no será sólo intelectual, pues cuentan con el apoyo de los poderosos ifrits, que convertirán la contienda en algo muy real.

Como queda muy claro por su argumento, uno de los puntos principales de la última novela de Shalman Rushdie es el enfrentamiento entre la razón y la religión, enfrentamiento en el que el autor se posiciona inequívocamente del lado de la razón, a pesar de haber armado una historia muy relacionada con los mitos religiosos, en la que la tradición cristiana y musulmana tienen especial relevancia. Durante toda la novela, no sólo se pone en duda la existencia de una divinidad, sino que se juega con la idea de que el hombre crea y destruye a sus propios dioses, relegando así a cualquier entidad superior al campo de la fantasía. No sólo eso, sino que, aun en el caso de que existiera realmente una divinidad, su lugar no estaría junto a los hombres, que deberían aprender a vivir sin recurrir a ella. Una de las últimas frases de la novela lo expresa de forma bastante paternalista: “El miedo fue vencido, y gracias a su derrota los hombres y las mujeres pudieron dejar a Dios, igual que los niños y las niñas dejan atrás sus juguetes de infancia”. Es sólo tras la desaparición de Dios cuando los hombres logran vivir en paz los unos con los otros, a pesar de que la función de dioses en el relato recae sobre los ifrits, que saben que no son dioses, pero ejercen como tales.

En ocasiones el enfrentamiento con la religión parece bastante enconado. Una de las acusaciones que se deslizan en las páginas de la novela es su capacidad para reinventar la realidad a su antojo. En uno de los relatos que se intercalan en el principal, aparece una ciudad a la que se refieren por el altisonante nombre que, según dicen, los mismos dioses le habían dado en la antigüedad, “cuando la ciudad ni siquiera existía, puesto que era una de las más recientes del país”. De esta forma la religión deforma la realidad a su antojo y nos impide ver el mundo tal cual es, pues tenemos que cargar con los prejuicios sobre él que se han instalado en nosotros. “No hay persona que no sea víctima de su propia versión de la Historia”, se llega a decir.

Pero quizá el mayor malestar con la religión aparezca en un párrafo que casi inevitablemente nos hace pensar en la primavera árabe y en el extremismo religioso que vino tras ella, con el actual terrorismo islámico como máximo representante, en el que hace una cruel burla llena de preocupación de los estudiosos de la religión: “Pero cuando la invasión extranjera fue repelida, lo que vino en su lugar fue todavía peor, una banda de asesinos ignorantes que se hacían llamar los Empollones, como si la simple palabra pudiera otorgarles estatus de verdaderos académicos. Lo que sí habían estudiado a fondo los Empollones era el arte de prohibir cosas, y en muy poco tiempo ya habían prohibido la pintura, la escultura, la música, el teatro, el cine, el periodismo, el hachís, votar, la elecciones, el individualismo, la discrepancia, el placer, la felicidad, las mesas de billar, las caras bien afeitadas (en los hombres), las caras de las mujeres, los cuerpos de las mujeres, la educación de las mujeres, los deportes femeninos y los derechos de la mujer. Les habría gustado prohibir a las mujeres directamente, pero hasta ellos se daban cuenta de que no era del todo factible, de forma que se contentaban con hacer las vidas de las mujeres tan desagradables como fuera posible”.

El otro gran tema de la novela son las historias en sí. No en vano su título hace referencia a otro que nos recuerda la magia de contar historias por antonomasia: Las mil y una noches. Y son muchos los relatos que se van mezclando en esta historia épica. El realismo mágico (no se me ocurre otra forma para llamarlo, la verdad) inunda todas esas historias entre las que el lector va saltando, hasta constatar hacia el final que todas pertenecen a miembros de la duniazada y por lo tanto forman parte de la misma historia, que es la de la humanidad. En una muy reveladora frase incluso se afirma: “Somos la criatura que se cuenta historias a sí misma para entender qué clase de criatura es”.

Pero una escena me llamó la atención por encima de todas las demás, por el perfecto reflejo que supone de nuestro mundo occidental abrazado al capitalismo. En ella miles de obreros están extrayendo materiales para la construcción de una gran máquina a la que llaman “la máquina del futuro”. Los trabajadores viven en condiciones de esclavitud, pero ninguno se queja, todos están trabajando para construir algo que les han dicho que es absolutamente necesario para que el mundo siga funcionando sin cuestionárselo, y las consecuencias de no construirla serían catastróficas. Hasta que un día uno de los trabajadores, cansado de que lo exploten sin ver jamás el fruto de su trabajo ni saber si ese trabajo sirve para algo decide preguntar para qué sirve esa máquina del futuro, qué es lo que produce, qué es eso tan importante para todos que está consumiendo sus vidas. El capataz, airado, se muestra tal y como muchas veces vemos comportarse a demasiados políticos, banqueros y grandes empresarios, y responde con una obviedad: la máquina del futuro produce el futuro. Pero el obrero insiste, alegando que el futuro no es ningún producto. Es entonces cuando el capataz le dedica una respuesta que podría englobar a toda la sociedad occidental actual, en la que nos hemos instalado en un estado de cosas en el que hay que aceptar la verdad oficial y toda réplica es un acto de rebelión antisistema y de odio a la patria: “¿Qué fabrica? —gritó el mandamás—. ¡Fabrica gloria! ¡La gloria es el producto! Gloria, honor y orgullo. La gloria es el futuro, pero tú acabas de demostrar que en ese futuro no hay sitio para ti. Llevaos a este terrorista. No pienso permitir que infecte a este sector con su mente enferma. Una mente así transmite la peste”. Un argumento idéntico al que demasiado a menudo veo expresar en prensa y televisión, y que ha calado preocupantemente hondo por lo que también puede leerse en Internet.

En conclusión, parece que Dos años, ocho meses y veintiocho noches bebe de la idea de la novela total pues, si bien se centra en la dicotomía razón-religión, pretende llegar a todos los ámbitos de la existencia humana: la fe, la política, el sentido de la existencia, la literatura… Y todo ello con una cantidad casi infinita de referencias a la cultura popular actual, las mitologías grecorromana, nórdica o asiática, referencias bíblicas y del Corán… la lista es casi interminable, y el hecho de identificar tantas cosas y de tan diversas procedencias durante la lectura hace suponer que muchas otras más habrán permanecido sin identificar por mi desconocimiento.

 

La mujer de la habitación oscura

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MINETARO MOCHIZUKI, La mujer de la habitación oscura

Este cómic es sin duda uno de los precedentes de esas historias de terror japonesas sobre fantasmas con largas melenas negras, enmarcados en un ambiente de leyenda urbana. A mi modo de ver ese fue su gran acierto. Las leyendas japonesas de fantasmas, a pesar de ser misteriosas y muy interesantes, le quedaban ya un poco lejos al espectador actual para poder provocarle miedo. Su inclusión en un mundo urbano en el que la creencia o no en hechos sobrenaturales se mueve en forma de rumores les dio una nueva vitalidad que hizo que llenaran las pantallas de occidente a principios de siglo. Pero los occidentales nos aburrimos en seguida de las cosas, cada vez más rápido, y necesitamos de constantes novedades, así que la moda quedó atrás enseguida. Aquello comenzó en Japón en el año 1998, con el estreno en cines de Ringu, aquí conocida como The Ring, o La señal, y el estreno en una serie televisiva de dos cortometrajes televisivos, que un par de años más tarde tomarían forma en la conocida Ju-On, llamada en España La maldición, y en sus magníficas secuelas (si obviamos el horrible directo a vídeo de The Grudge 3, cuya “gran ocurrencia” es usar a Mr. Potato como elemento terrorífico).

Pero La mujer de la habitación oscura fue publicada en 1993 y hasta la llegada de este tipo de cine parece que no triunfó en occidente (no al menos en España, en donde su primera edición es de 2005). ¿Por qué? Más de uno querrá darme una colleja correctiva, porque tras buscarlo en Internet he visto que el señor Mochizuki, es un reconocido dibujante de historias de terror, pero creo que sus dibujos son el principal motivo por el que el éxito del cómic no sea tan elevado. Muchos hablan de un dibujo extraño y atrevido, de trazo deliberadamente hosco, lo cual no deja de ser cierto y además tendría cierto sentido, pues parece adecuado para volver extraño ese mundo en el que el lector tiene que asustarse, pero a mí me da la sensación de que sencillamente está mal dibujado. Al menos en lo que respecta a las expresiones faciales. Las viñetas están llenas de expresiones casi desencajadas ante las que el lector se queda más tiempo intentando averiguar qué es lo que pretenden expresar que disfrutando de la lectura. De esta manera, sucede algo que me parece un serio problema en un cómic: los dibujos suponen un problema para la lectura. En lugar de ser vehículo de la narración, la frenan y la dificultan.

Pero no todo es malo, pues si bien el dibujo le hace un flaco favor a la historia, ésta, por sí misma, tiene la fuerza suficiente para atrapar al lector, a pesar de la velocidad de los acontecimientos. Y también la suficiente habilidad como para engañarnos, haciéndonos creer durante casi toda la historia que se trata de una venganza personal, para que todo desemboque al final en una historia de fantasmas. Una adaptada, muy acertadamente, a ese entorno urbano que la convierte de pronto en algo muy próximo a nosotros. Algo que, pensamos sobreestimulados por la reciente lectura, podría pasarnos a nosotros.

 

Crimen y castigo

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OSAMU TEZUKA, Crimen y castigo

Esta versión de Crimen y castigo de Osamu Tezuka está muy simplificada, lo cual no deja de tener sentido, teniendo en cuenta que se trata de una versión infantil. Aunque el hecho de que su principal objetivo sea resultar atractiva al público infantil, uno que no es el mismo de nuestros días por otro lado, no es un impedimento para que resulte también atractivo para un público adulto que sea un poco observador.

Como punto en contra, he de admitir que la simplificación de la historia lleva a la eliminación de algunos personajes, haciendo que sus funciones sean asimiladas por otros, lo que reduce en gran medida la exposición de los problemas sociales y éticos que representan, aunque entiendo que poco ganaríamos machacando a un niño excesivamente con todo eso. Pero algo sí que hay que no me gusta, y es la simplificación de su final. Recordamos cómo en la obra de Dostoyevski, Raskólnikov, tras confesar, tenía que purgar sus culpas en la cárcel y no podía reincorporarse a la sociedad hasta haber “pagado su deuda”, reconvirtiéndose de esa manera en un ciudadano más dentro del orden social y abandonando aquellas ideas por las que un individuo (un genio, decía él) podía estar por encima de unas leyes que no eran más que una serie de convenciones sin valor establecidas por mediocres, que eran las que lo habían llevado a cometer el crimen. Todo muy correcto y muy dentro del orden social establecido. Podríamos decir que incluso muy democrático. Aquí todo termina con una confesión a gritos entre la multitud que nadie oye, con la que se libera toda la tensión interna del protagonista, y ahí acaba la cosa. Una moralina para niños (di siempre la verdad, admite si has hecho algo malo) que resulta preocupante como enseñanza, porque basa la redención en la propia confesión. Una idea tan cristiana que llevo ya un rato preguntándome por las convicciones religiosas de Tezuka.

Pero hay sobre todo un par de detalles que me han llamado mucho la atención. El primero de todos es la magistral forma en que construye la escena del crimen. Con un escenario único (las escaleras de la casa) que se repite a lo largo de muchas viñetas y en el que va cambiando la posición de los personajes, que se van moviendo de arriba a abajo por las tres plantas que se nos muestran, como si el lector estuviera ante una obra de teatro. Todo esto con los sucesos del crimen ocultos tras la puerta y sin mostrar sangre, que estamos en una historia infantil. El segundo es el episodio del carro, increíblemente alegórico para un cómic infantil y muy bien hilado con lo que vendrá después. Las cargas que se van imponiendo al pueblo que no puede soportarlas, quedan perfectamente representadas en la figura de ese pobre burro enflaquecido que debe tirar de una carreta en la que cada vez van subiendo más personajes gordos y bien vestidos que, para colmo, no dejan de burlarse de él. Además, y debido a la economía de espacio necesaria por ser esto un cómic, la revuelta estudiantil contra el poder no tardará en hacer acto de presencia.

Así pues, la necesaria simplificación para presentar una historia como Crimen y castigo al público infantil está perfectamente equilibrada con, por un lado, el ofrecimiento de un relato de calidad bien construido y, por otro, la presentación de una enseñanza para formar una conciencia.

Escucha la canción del viento, Pinball 1973

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HARUKI MURAKAMI, Escucha la canción del viento, Pinball 1973

Si tan sólo la mitad de lo que Murakami dice en el prólogo a estas dos novelas primerizas es cierto, no puedo sino quedar deslumbrado ante su genialidad. Murakami comenzó a ser un novelista de moda en España hace ya algunos años y, a partir de entonces, comenzaron a traducirse todos sus trabajos, para saciar el voraz apetito de aquellos lectores que acababan de descubrirlo, lo que convertía a toda nueva traducción al español en una nueva novela escrita por el autor, por vieja que esta fuera. Las dos que componen este volumen, las dos últimas en llegarnos, son también las dos primeras que el japonés escribió, y tan interesante como las novelas en sí resulta el prólogo que ha escrito para su reedición. En él, Murakami explica cómo comenzó a escribir y la poca formación que tenía para hacerlo, algo que quiso solucionar convirtiendo su novela en un espacio en el que poder ser sincero. Explica que quería escribir pero nunca lo había hecho antes, que tampoco había sido un gran lector, que nunca había leído a autores japoneses y por lo tanto no sabía cuál era la forma correcta de escribir para su público… En conclusión carecía de todas las bases para acometer la tarea que pretendía en su propio país.

Como ya he comentado, para solucionar este problema decidió escribir sin tener en cuenta todo eso que en teoría debería tener en cuenta, con el único objetivo de escribir con sinceridad. Si hemos de creerle (ya sabemos lo aficionados que son los escritores a la autobiografía-ficción) su decisión fue mucho más que acertada, pues Escucha la canción del viento es una novela que, por su estructura, más parece el fruto de una profunda meditación que de algo dejado al azar de la narración. Externamente parece improvisada, con capítulos en los que habla directamente al lector de sus pretensiones, otros en los que parece contar su vida, otros de semi aventuras juveniles y sentimentales, todo presentado de una manera en la que parece hablarnos cada vez de lo que se le está ocurriendo en cada momento. Pero resulta tan fácil unir las piezas y seguir el hilo que no puede ser sólo fruto del azar y la sinceridad.

La novela cuenta, en primera persona, las peripecias del protagonista, cuyo nombre nunca llegaremos a saber, junto a otros tres personajes más: un amigo desengañado del mundo, hijo de padres ricos y que desprecia a los ricos, que se hace llamar “el Rata”, un chino inmigrante llamado Jay, dueño de un bar en el que ambos pasan las horas muertas, y una chica con cuatro dedos en una mano a la que conocerá inconsciente en el baño del bar y con la que entablará una extraña relación. Sobre toda la historia planean las ideas de un escritor americano, Derek Heartfield, que dibujan la manera de ver el mundo del protagonista y su relación con los otros tres personajes, además de abrir y cerrar la novela de manera explícita. Y su inclusión no es casual, pues se trata de un escritor inventado, por lo que toda su filosofía vital también lo es, con lo que entenderán que no pueda uno terminar de creerse la supuesta sinceridad de la escritura de esta primera novela de Murakami, construida sobre un engaño al lector, a la manera en que muchas veces acostumbraba a hacer Borges.

Pinball 1973 retoma la historia de la primera novela, pero tres años más tarde de que tuvieran lugar aquellos acontecimientos. La historia, llena también de elementos sorprendentes hasta el punto de que casi parecemos estar en un realismo mágico japonés y urbano, es tremendamente melancólica. Por un lado, el protagonista, el mismo de la anterior, vive ahora en Tokio con dos gemelas con las que mantiene también una extraña relación, y ha abierto con un amigo una empresa de traducciones que le da para vivir de forma cómoda. Sin embargo se nos insiste sin cesar en sus tiempos en la universidad, en sus recuerdos de entonces, y en una máquina de Pinball con la que pasó largas horas jugando, excusa que sirve para meditar sobre el paso del tiempo y de cómo lo utilizamos. Ahora quiere volver a encontrar aquella máquina de pinball de su juventud, esa específica, y volver a jugar con ella, convirtiéndose la historia en una especie de recuperación del pasado.

Por otro lado, se nos cuenta también la historia de su antiguo amigo, “el Rata”, que pasa los días sin hacer nada, yendo al Jay’s Bar, y los fines de semana con una relación que no lleva a ningún sitio. “El Rata” no añora el pasado. Muy al contrario, se siente atascado en esa vida, no sabe muy bien cuándo se abocó a ella y necesita romper sus lazos con todo en esa ciudad para buscar un futuro. Su historia se contrapone a la del protagonista, aunque nos lleva consigo la misma carga melancólica.

Por supuesto no pueden faltar las innumerables referencias musicales, que parece que Murakami cultiva desde su primera incursión en el mundo literario, y que sin duda harán las delicias de quienes tengan una cultura musical superior a la mía, que muchas veces no paso de leer nombres extraños en sus novelas (creo que las novelas de Murakami deberían llevar al final una serie de códigos QR para escanear con el móvil y poder escuchar en el momento toda esa cantidad de canciones que siempre menciona).

Magia y nostalgia a partes iguales. Merece la pena.